
Bajé las escaleras casi en puntas de pie para no despertarlos.
Fui hasta el sillón y tomé mi cartera. La abrí, cuidándome de no hacer ruido, y saqué mis cigarrillos.
Necesitaba fumar aunque estuviera en ayunas.
La primera pitada me recordó el por qué nunca fumaba hasta después del desayuno pero así y todo disfrute del humo que me regalaba un poco de calma.
Sin encender las luces, y valiéndome del resplandor de la luna y los focos de la calle que se colaban en la casa, caminé hasta la cocina.
Me trepé a la mesada para tener un mejor acceso a la ventana sin que él me viera.
Hice un pequeño hueco, sosteniendo entre dos dedos las cortinas, para poder espiar.
Ahí estaba, caminando en círculos como un perro que marca territorio. Deambulaba sin rumbo entre las baldosas dejando correr las horas, a la espera de quien sabe qué.
Lo contemplé el tiempo que duró encendido mi cigarrillo. Iba y venía, y cada tanto dirigía una mirada hacia la casa como expectante.
Cuando fijó la vista a la altura de mi cuarto me paralicé. Detestaba percibir su cara de maniático en plena contemplación e imaginarme los pensamientos que cruzarían por su mente.
Dudé, porque no tenía un plan ni una vaga idea de como enfrentarlo, pero bajé de la mesada dispuesta a hablarle.
Giré la llave, saqué la traba y salí.
Sus ojos me atravesaron apenas estuve afuera.
Hubiera querido retroceder en ese mismo momento, pero me contuve.
No dejé que él se acercara y fui yo a su encuentro anticipándome a sus movimientos.
Yo:- ¿Qué hacés acá todavía? ¿No entendiste lo que te dijo Gerardo?
Rafael:- Se me quitó el sueño y regresé.
Yo:- ¿Qué respuesta es esa? Si no tenías sueño hubieras ido a caminar por todo Manhattan o te hubieras ido a tomar cerveza con un amigo, pero no hay necesidad de que vuelvas a esta casa a pasearte como un gato en celo.
Rafael:- Yo hago lo que me viene en gana, y además no molesto a nadie en la vereda.
Yo:- A mi me molestás. ¿No te das cuenta que me despertaste? Vos y tu jugueteo con esa botellita me despertaron.
Rafael:- No creo que haya sido eso pues no hacía tanto ruido. Más bien creo que te desveló tu consciencia, porque sabías que te habías comportado mal conmigo.
Yo:- ¿Qué? Vos te volviste completamente loco, mi querido. Mi consciencia está tranquila, la tuya es la que debería estar alertándote de que estás jodiéndome la paciencia.
Rafael:- ¡Vaya! Parece que la suave Miranda escondía un pequeño lobo con ganas de mostrar la dentadura...
Yo: - No estoy para cuentos de lobos, si me cambié y bajé a verte es para que terminemos con esto. ¿No te das cuenta que no te soporto? ¿No te da la cabeza para entender que no sos persona de mi agrado y que sólo quiero que desaparezcas de mi vida? ¿ No entendés español?
Rafael:(riendo)
- Pero que exagerada eres, Miranda. ¿Qué he hecho de malo? Enséñame dónde está mi gran pecado.
Yo:-Ay, Rafael...sos un tremendo pelotudo. Me cansaste, me agotaste, calmaste mi paciencia. No quiero verte más,¿podés respetar eso?
Rafael:- Lo dudo. Ya te dije que sé que no estás preparada para aceptar lo que nos pasa. El amor y el odio están unidos por hilo muy delgado. Aún no quieres aceptar lo que sientes por mí, pero lo acepto. Yo en cambio, lo reconozco y disfruto del amor que me une a tí. Te diré que se siente demasiado bello eso de andar enamorado por ahí.
Yo:- Ah, no, ésto me supera. Se ve que es una gran pérdida de tiempo intentar hablar con vos. Estás enfermo. Medicación necesitás, urgente nene.
Rafael:- No me gusta que me hables así.
Yo:- Y a mi no me gusta que me persigas todo el tiempo. Entendelo de una vez.
Rafael:- Insisto, no me gusta que me hables así.
Yo:- Y a mi me importa tres carajos lo que a vos no te gusta.¡Basta Rafael, basta!
Rafael:- Qué pena, Miranda que me hables así. Yo sólo intentaba estar cerca de tí, protegerte, cuidarte.
Qué pena que no puedas valorarlo.
Yo:(irónica)
- Una pena enorme...Ahora, si me permitís, vuelvo a mi cama.
Me alejé, sin mirarlo. Crucé la entrada y luego cerré la puerta con las dos llaves más la traba.
Por la escalera bajaba Gerardo, con cara de dormido, sobresaltado por nuestros gritos en la vereda.
Le hice señas de que estaba todo bien. Insistió para saber si era cierto y con mi último gesto entendió que no le mentía. Regresó a la cama, saludándome con la mano desde el quinto escalón.
Saqué otro cigarrillo de la cartera y fumé, de pie en la cocina, dilatando lo que seguía.
Cuando creí que había pasado un tiempo prudencial, me asomé por la ventana para ver si Rafael se había ido.
Con una alegría pasajera, comprobé que no había rastros, ni de él ni de su sombra.
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