viernes 13 de noviembre de 2009

La condena


Traté de explicarle que su manera de comportarse lo ubicaba en la vereda del abuso. Le dije que esa no era la forma de demostrarme su amor sino de robarme lo que de otra forma no podía conseguir.
Le hablé tratando de que entendiera, mientras intentaba separarme de su cuerpo que parecía no querer alejarse ni un milímetro de mí.


Sentí sus manos tibias deslizándose por mi contorno, colándose por cada espacio de piel. Me llenó de palabras de un amor rabioso y desquiciado que yo desconocía y que sólo lograban causarme nauseas y ganas de salir corriendo de ahí.

De espaldas a Manuel y con la pared como único refugio, pude oír el cierre de su pantalón deslizándose.
Cerré los ojos con impotencia al mismo tiempo que grité con toda la fuerza de mis pulmones y lo maldije de todas las formas posibles. Él sólo repetía que me iba a gustar, que sería como recuperar la pasión postergada por aquél tiempo...

Desde mi cartera, un sonido intermitente detuvo los movimientos de Manuel, como si el timbre estridente de mi celular lo hubiera devuelto por un momento a la realidad.

- ¿Es tu teléfono? - me preguntó

- Sí - contesté respirando nuevamente.

- No atiendas.

- Si no atiendo Javier se va a preocupar y va a salir a buscarme.

Manuel no tenía porqué saber que Javier no tendría la menor idea de por dónde comenzar a rastrearme y que desconocía la existencia de la casa de fin de semana. Mis palabras sonaron convincentes y por primera vez sentí que se alejaba de mi cuerpo.

- A ver, atendé, pero rápido.


Corrí a la cartera en busca del teléfono rogando que no dejara de sonar en el tiempo que me demorara en alcanzarlo.
Escuchar la voz de Javier fue como estar de regreso en nuestra cama, sintiéndome protegida y amada.

Lloré cuando me preguntó si todo estaba bien. "Vení a buscarme, pedile a mi mamá la dirección de la casa de fin de semana. Manuel se volvió loco", le dije entre sollozos. "Vení, por favor", alcancé a decirle antes de que Manuel me sacara el teléfono.

- Ay, Miranda, qué ganas de complicar las cosas- dijo mientras se acomodaba los pantalones - Ahora nos vamos a tener que ir. ¿Ves?, vos solita te buscás las cosas. Estás empecinada en dilatar nuestro encuentro y ya te dije que estamos destinados a estar juntos. Me vas a obligar a hacer cosas que no quiero.

- ¡Basta! ¡Te volviste loco! Lo de esta noche te convirtió en el ser más despreciable de este mundo. ¡Te detesto, me das asco!¡Asco!¡Asco! - le grité mirándolo a los ojos.

Fue apagando las pocas luces que había encendido al llegar y acomodando el vaso y la botella de whisky en su lugar.

- Vamos, dale - me dijo.

Tomé mi cartera y me alisé la pollera con ambas manos. Dos segundos más tarde estaba en la puerta, lista para salir.



No hablamos en todo el viaje. Tampoco hubo música. Todo era silencio y una plegaria en mi interior que rogaba que se mantuviera lúcido para manejar y que el efecto del alcohol no nos impidiera llegar a destino.

Cuarenta minutos después Manuel detenía el auto en la esquina en que me había levantado.
Abrí la puerta, dispuesta a salir del auto en una fracción de segundo pero me detuvo por el brazo.

- Andá, pero no pienses que esta va a ser la última vez que nos vamos a ver. Desde este instante empiezo a pensar la forma conservarte para siempre a mi lado.


Esa fue su sentencia.
Y mi condena.


lunes 9 de noviembre de 2009

Acosada


Se sirvió el tercer vaso de whisky mientras repetía como un autómata "nada de divorcio".

Me incorporé del sillón de un solo movimiento y me acerqué hasta donde él estaba.

- ¿Qué decís? - le pregunté - Quiero el divorcio, ¿no entendés? Ya no te amo, no hay nada más entre nosotros. ¿Me escuchás?

- Epa, sí que te escucho, pero la que no entiende sos vos.

- ¿Qué es lo que pretendés que entienda?

- Que no pienso separarme de vos, ni hoy ni nunca. Así que va a ser más fácil que te saques de la cabeza esa idea ridícula - contestó.

- Mirá Manuel...

- Shh - me interrumpió - basta. Este es nuestro momento, disfrutemos - dijo.

- ¿Disfrutar? No hay nada para disfrutar, Manuel, sólo quiero que entres en razón.

- Bailemos, dale, como cuando éramos novios - dijo mientras colocaba un cd en el equipo.

- ¡Te volviste loco, Manuel! - lleve mis manos a la cara y me refregué los ojos sin entender lo que pasaba.

Manuel se acercó a mi lado e intentó tomarme de la mano para invitarme a bailar. Me solté y volví a sentarme en el sillón pero se sentó conmigo, demasiado cerca.

- Amor, basta de este juego - dijo - Volvamos a ser los de siempre, yo te amo.

- Ay, Manuel, por favor - se me llenaron los ojos de lágrimas ante la impotencia que me provocaba su parte más irracional - No quiero saber nada con vos. Te quiero lejos, ¿entendés? Le-jos - enfaticé.

Extendió su mano y me acarició los hombros sin importarle lo que le decía, como si un muro inmenso lo separara de la realidad de mi discurso y habitara en un mundo en el que sólo era válida su verdad.
Volví a levantarme para escapar de su incómodo roce. Él se levantó detrás de mí y se acercó otra vez sin soltar el vaso de whisky que volvió a recargar antes de decirme:

- Siempre vas a ser mía, eso está escrito.

Me pregunté en que parte de su cabeza estaría escrito que yo era de su propiedad. En qué espacio de su mente enferma la obsesión no lo dejaba razonar como un ser normal.

- Me quiero ir, llevame - dije mientras giraba para tomar mi cartera.

No me escuchó. O no le importó lo que decía.
Se acercó por la espalda y me tomó de la cintura. El olor a alcohol me envolvió hasta darme nauseas.
Sentí su boca junto a mi cuello y un balbuceo que repetía un te amo resbaladizo y pegajoso.
Intenté despegarlo de mi cuerpo pero su metro noventa me lo impedía.
Me empujó de un solo paso hacia la pared del living hasta sentir el frío de la pared junto a mis mejillas. Una mano me rozó las caderas hasta encontrar el final de mi pollera. Sentí entonces su piel recorriendo la desnudez de mis nalgas hasta llegar a mi intimidad.



Creo que grité.
Creo que mordí la mano que me acariciaba la cara.
Creo que lloré desde las entrañas sin saber si estaba despierta o presa de la peor pesadilla.


jueves 5 de noviembre de 2009

¿Divorcio?



En medio de la noche oscura, llegamos.
Estacionó su auto frente a la entrada y silbando la música que aún sonaba, se bajó. Yo hice lo mismo, sin que me quedara otra opción más que seguirlo en sus movimientos.

Entró primero y encendió las luces de una casa llena de recuerdos, buenos y malos.
El lugar olía a encierro y supuse que hacía mucho que Manuel no la visitaba. Tal vez hubiera cambiado algunos hábitos desde que estaba sin mi compañía.

- ¿Qué te sirvo para tomar? - me preguntó mientras llenaba de whisky un vaso.

- Agua, por favor - dije sin querer que el alcohol se adueñara de mí una vez más.

- Bueno, un vaso de agua para la señora - repitió en voz alta - Estás muy callada, ¿no era que querías hablarme?

- Sí, claro, es que esto de que me traigas hasta acá me desconcertó bastante.

- No entiendo el desconcierto, es nuestra casa de fin de semana, ¿qué tiene de malo?

- Es que me parece que tenés otra expectativa con el encuentro. Sólo eso - respondí.

- Ajá, mirá vos. ¿ Y que se supone que yo espero de esta charla, según vos? - preguntó.

- No sé, una reconciliación tal vez - dije, mientras me sentaba al borde del sillón, como quien está dispuesto a irse en cinco minutos.

- ¿Acaso hay otra opción? - bebía grandes sorbos de whisky mientras hablaba - Miranda, está claro que lo nuestro es inevitable. Yo sabía que tarde o temprano querrías volver a casa para seguir con nuestra vida habitual.

- No, Manuel - hice una pausa - No es así. Yo ya no te amo, tenés que entenderlo. Pasaron demasiadas cosas entre nosotros, sobre todo, la incorporación de un tercero a tu vida.

- ¿Laura? - preguntó.

- Laura. Saber que hacía tiempo que estabas con ella, dudar de tu paternidad, presenciar tus extraños comportamientos, me desencantó por completo hasta el punto de darme cuenta que lo nuestro era algo enfermizo pero que el amor se había terminado.

Traté de medir mis palabras para evitar una escena de gritos o de violencia. Lo veía relajado y eso me hacía temer mucho más que si hubiera estado encolerizado.

- ¿Qué viniste a decirme, entonces? - preguntó mientras se servía el segundo vaso.

Hice otra pausa. Revolví en el casillero de mi memoria aquello que había ensayado en el camino. Ninguna frase diplomática aparecía en mi mente. Todo era un enorme vacío del que pendía una idea principal que giraba a gran velocidad por mi cabeza.

- Vine a pedirte el divorcio - dije finalmente.


Rió.
Rió como una hiena, sacudiendo el contenido del vaso, salpicando la alfombra.
Rió como si todo fuera una fiesta, como si presenciara una comedia en la que yo era la protagonista.

Sentí vergüenza por haber confiado en una reacción adulta de su parte.
Me sentí ingenua por haber creído que Manuel tenía una veta lúcida y humana que lo dejaría mirar más allá de su ego.


- Ni lo sueñes, mi amor - dijo - Nada de divorcio.


Y fue un látigo que hizo arder mis ilusiones dejándolas en carne viva.
Una sentencia que alertaba cual sería el desenlace.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Un paso en falso




- Manuel, necesito verte para hablar - dije

- Necesitás verme, claro. Lo sabía - contestó.

- Sólo voy a estar un día más en Buenos Aires, ¿podremos encontrarnos un rato? - pregunté temiendo una negativa.

- Por supuesto, tengo ganas de verte. Dejame que piense... - hizo una pausa - Te paso a buscar en una hora por la esquina de teatro. ¿Estás cerca de ahí?

- Bastante, pero es tarde - miré a Javier buscando una aprobación y sólo encontré un rostro contemplativo y expectante.

- ¿No era que necesitabas hablar?

- Si, está bien. En una hora estoy ahí.


Sentí alivio por haber dado el primer paso frente a una situación postergada en el tiempo aunque no me gustaba la idea de tener que verlo a esa hora de la noche.
Javier no se opuso al encuentro y trató de convencerme de que tal vez era el único momento que él tenía disponible, así que me di un baño, me cambié y esperé a que llegara el taxi.


Javier me acompañó hasta el punto de encuentro y esperamos juntos, sentados en el asiento de atrás, mientras el reloj del taxi transformaba en pesos el tiempo de espera. Vimos estacionar el auto de Manuel a unos metros de donde estábamos y, después de un beso y un abrazo tierno, me bajé, prometiendo llamarlo para que viniera a buscarme.

Caminé temblorosa hasta la esquina. Abrí la puerta del acompañante y sólo atiné a subirme sin saludar. La presencia de Manuel me provocaba una mezcla de melancolía y resentimiento que se manifestaban como un dolor punzante en la boca del estómago.

- Hola, tanto tiempo - dijo sonriendo.

- Hola - contesté sin mirarlo a los ojos - ¿hablamos acá?

- No, no, este encuentro merece algo mejor - dijo - ya se a donde voy a llevarte.

- No vayamos lejos, estoy muy cansada y mañana a la noche viajo a Usa - agregué.

- Lo lamento, yo tengo pensado un lugar que te va a gustar -dijo.

- Manuel, este encuentro es sólo para que hablemos, no veo razón para que busques un lugar que me guste. Cualquier esquina o bar me da lo mismo.

-¡Mirandita, parece que te olvidaste con quien estás! Ya tengo decidido el lugar, así que vamos.


Puso en marcha su auto y aceleró por la avenida. Encendió el estereo y puso su disco de jazz favorito, mientras yo miraba a través de la ventanilla intentando descifrar el destino.
Con angustia, vi como tomaba el acceso a la autopista y tuve la certeza de que me llevaba al lugar al que jamás hubiera querido ir.

- ¿Estamos yendo a la casa de fin de semana? - pregunté rogando que respondiera que no.

- Siempre tan astuta -se limitó a decir.

- Pero...

- Nada de peros. Es el único lugar en el que podemos hablar tranquilos.


Intuí que su expectativa era otra, que por enésima vez se negaba a comprender la realidad.
Pensé miles de variables: Decirle que detuviera el auto y bajarme en medio de la autopista, explicarle que quería el divorcio mientras manejaba, callarme y aguantar hasta llegar a destino, llamar a Javier.
Tomé el celular de mi cartera y comencé a marcar el número cuando me interrumpió.

- Ni se te ocurra - dijo - en este auto no hay lugar para nadie más.

Tuve la certeza, entonces, de que cualquier opción que yo eligiera sería desacertada.
Manuel ya tenía un plan en su mente y nada ni nadie lo harían cambiar de rumbo.
Me limité a guardar el teléfono y a pensar la forma de decirle todo apenas hubiéramos llegado. Enumeré hipótesis de posibles respuestas y la forma de refutar cada una de ellas hasta lograr convencerlo. Imaginé un papel de víctima que apelara a su corazón de piedra, otro en el que no diera lugar a un no de su parte, en el que impusiera la única verdad que existía entre nosotros: un amor enfermizo de su parte que había terminado por contagiarme hasta dejarme durante años en terapia intensiva.

Lo único que no evalué era la posibilidad de que esa noche y ese encuentro se convirtieran en una gran paso en falso en mi camino con un único resultado: un nuevo(y gran) problema.




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lunes 2 de noviembre de 2009

Llamada postergada



Nos despedimos de Clara y del Tano con un abrazo eterno y la promesa de volver para el nacimiento de su hijo.
A ellos los esperaba la luna de miel y a nosotros el regreso a New York en 48 horas.
El salón quedó vacío y la fiesta comenzó a convertirse en recuerdo.




Javier y yo nos quedamos en la casa de Clara para poder disfrutar de dos días tranquilos, al menos en apariencia.
En las primeras 24 hs nos dedicamos a visitar a nuestras familias y amigos. Casi no dormimos en el afán de aprovechar el tiempo con nuestros afectos.
Al llegar la noche, recostados en la cama, la pregunta se hizo inevitable.


- ¿Vas a aceptar mi propuesta? - me preguntó Javier

- ¿Vos que creés? - respondí con otra pregunta.

- Creo que estás muerta de miedo - dijo - Tus experiencias pasadas me parece que te hacen dudar.

- ¡No, no dudo! Te amo, Javi, eso es una certeza, pero existe un problema grande llamado Manuel... no sé si va a darme el divorcio. Vos no lo conocés, está obsesionado conmigo y sé que es capaz de cualquier cosa para impedir mi felicidad si no es a su lado.

- Te entiendo, amor, sólo quiero saber si vos querés casarte conmigo, más allá de Manuel o de quien sea.

- Claro que quiero -dije

- Entonces decímelo.

- Me quiero casar con vos. ¡Sí, quiero! - bromeé.

- Entonces es necesario que hables con Manuel y que puedas sentirte libre, para que empecemos a vivir una vida juntos, con proyectos en común y sin fantasmas del pasado.

- Pero es difícil.

- No dije que sea fácil, pero más complicado va a ser intentarlo desde Estados Unidos. Tenés que aprovechar que estás acá y hablar personalmente. Sólo nos quedan 24 hs, Mir.


Javier tenía razón. Intentar dilatar el llamado y postergarlo para otra oportunidad no hacía que el problema desapareciera ni que encontrara solución mágicamente.
Era hora de desprenderme de ese chaleco de fuerza que me oprimía y que me restaba movilidad a la hora de proyectar mi futuro.

Eran los doce de la noche cuando decidí tomar el teléfono y marcar el número de la casa de Manuel, la que alguna vez había sido nuestra casa.
Javier me observaba sentado sobre la cama, pendiente de mis movimientos.

El sonido de la llamada llenó el espacio que me separaba de Manuel hasta que del otro lado, esa voz que hubiera querido no oír nunca más, atendió.

- Hola

- Hola, Manuel, necesito hablar con vos - dije con los nervios apretados en un puño.

- ¡Miranda! Sabía que volverías a buscarme.




Y ese fue el inicio de una llamada que hubiera querido postergar por siempre.


jueves 29 de octubre de 2009

Después de la fiesta




Sentadas en un paisaje de vasos rotos, papel picado y pisos sucios, tuvimos un momento para estar tranquilas y hacer los comentarios post- fiesta, imprescindibles entre amigas.

- ¡Uf, qué fiesta!- dijo Clara mientras se desprendía la correa de las sandalias.

- Ni me lo digas. Demasiadas emociones, amiga.

- Contame, ¿qué pasó con Octavio? - me preguntó.

- De todo. Todo- le contesté sabiendo que Clara entendería.

- ¿Todo? - rió - Sos tremenda, Mir. ¿Por qué? ¿Cuándo? - quiso saber.

- Y...que se yo, estaba demasiado borracha, me viste. Fui al baño porque no me sentía bien y se metió conmigo. Cuando me di cuenta estábamos los dos revolcándonos y ahí fue cuando me sentí peor.

- No, Mir, no te culpes. Nadie tiene que enterarse. A veces uno mismo se castiga complicándose las cosas. Uno elige estar aliviado o complicado con una situación. Creo que en tu caso es normal que optes por la segunda opción, como si no te permitieras vivir tranquila... - dijo muy seria.

- Eso sonó fuerte - le respondí - supongo que un poco de razón tenés.

- Es que estando tan bien con Javier no tenías necesidad de rebobinar la historia con Octavio. ¿Entendés?

- Sí, lo entiendo. El punto es que yo no tenía intención de rebobinar, sino de ponerle punto final. Supongo que extrañaba su cercanía o que quise probar que todavía podía ser influenciable a mis encantos. No sé, una pavada, Clara...

- Ya fue, olvidate de él. Ahora concentrate en Javier y en la propuesta de matrimonio.

- Sí, pero todavía no le contesté - le dije con un dejo de tristeza.

- ¿Por? Yo pensé que le habías dicho un si rotundo.

- No, no pude. El fantasma de Manuel se me apareció cuando pretendía abrir mi boca - contesté.

- Y claro, no es fácil. Hay que entender que no sos libre y que plantearle a él tu libertad puede ser un momento complicado.

- ¿Complicado? - reí - Va a ser espantoso. Lo conozco, voy a tener que pensar bien la forma de hablarlo porque su primera respuesta seguro será un no.

- Bueno, Mir, creo que llegó el momento de que empieces a definir cosas en tu vida. Si querés empezar a ser feliz tenés que hacerlo desde ahora.


La palabra ahora hizo eco en mis oídos.
Ahora. Demasiado tiempo había pasado desde que había creído que sería feliz al lado de Manuel.
Mi vida había girado ciento ochenta grados y mi hoy era una fotografía distinta de una Miranda transformada, con ganas de intentar otra vez, pero con otro protagonista que me daba muestras de un amor sincero y leal.


- La pregunta es: ¿vos querés casarte con Javier?- me interrumpió Clara mientras yo pensaba.

- Sí. Creo que es el amor que siempre estuve esperando.



Vi a Javier caminar entre los restos de la fiesta, con un ramillete de flores improvisado con un centro de mesa. Llegó a mi lado y me los entregó como si fueran una ofrenda. No dijo nada, sólo me miró y yo supe lo que pasaba por su mente.
Era simple de comprender la mirada de Javier y cada uno de sus gestos.
Detrás de sus pupilas, un océano de agua transparente me regalaba tranquilidad y la seguridad de saber que nada turbio podía alojarse en un alma sincera.


Y sentí que estaba convencida como nunca antes lo había estado.

lunes 26 de octubre de 2009

La boda- última parte



Parecíamos felices.
La sombra de Octavio era eso, una sombra que se veía solamente cuando los focos lo iluminaban, parado junto a la pared como un humilde espectador.

Clara sonreía, muerta de alegría y de amor en un día inolvidable que yo había estado a punto de empañar por culpa de mi estabilidad emocional.
El flash nos apuntó una y otra vez, a pedido de mi amiga, para inmortalizar el momento.

- Saco fotos para que miremos cuando seamos viejitas, con nuestros amores y tu sobrino en camino- decía.

Yo me limitaba a devolverle la sonrisa mientras cruzaba los dedos para que de una vez por todas el sueño de Clara se hiciera realidad. Por ella y por mí.


Llegó el momento de arrojar el ramo.

- ¡Vamos! ¡Vengan todas las solteras! - gritó Clara.

Yo me mantuve al margen, abrazando a Javier por la espalda mientras él le dedicaba su atención a una porción de cheese cake.

- ¡Dale, Mir! - dijo - ¡Vos estás separada, no casada!

Me tomó del brazo y me ubicó delante del grupo de mujeres que se empujaban como si estuvieran en medio de una rebaja de zapatos de marca.

- ¡A la una, a las dos y a las tres! - gritó.

El ramo inició su viaje por el aire, flameando sus cintas de raso en lo alto hasta emprender el descenso como un avioncito de papel.
Aterrizó justo entre mis manos, sin que me diera cuenta.
Las solteras me miraron con un dejo de desprecio como si les hubiera usurpado la posibilidad de conseguir una pareja para toda la vida.
Clara me abrazó, riendo a carcajadas, como si ese fuera el broche de oro para una fiesta memorable.

Posé junto a la feliz pareja, sosteniendo las flores algo aplastadas, en lo que imaginé que sería una postal para nuestra vejez.


Javier me llamó con un dedo y fui a su encuentro.

- Creo que valió la pena venir hasta acá - me dijo - Fui testigo del momento que, por tradición, puede simbolizar el inicio de nuestra vida juntos.

- Bueno, es sólo un ramo - le respondí muerta de miedo.

- Claro que es sólo un ramo aunque no deja de tentarme la idea.

- ¿Qué idea? - le pregunté.

- La de casarnos y formar una familia - respondió.

- Creo que vos también estuviste tomando en exceso.

- No, amor, estoy más lúcido que nunca. Me gustaría que nos casáramos.

- ¿Es una propuesta? - le pregunté.

- Sí, lo es.



Después de darle el beso más tierno, corrí hasta Clara y le dije:

- Me propuso matrimonio, pero yo ya estoy casada.

- Y eso que importa, te divorciás y listo- agregó feliz con la noticia.

- No va a ser fácil que Manuel acceda.

- Lo obligamos, no te preocupes - sentenció - que te deje vivir de una vez.


Clara se dio vuelta y comenzó a gritar:

- ¡Mi mejor amiga se casa! ¡Miranda se nos casa!

Los invitados aplaudieron mientras Javier me miraba lleno de amor.

A lo lejos, Octavio también me miraba pero con una extraña mezcla de tristeza y celos.