Traté de explicarle que su manera de comportarse lo ubicaba en la vereda del abuso. Le dije que esa no era la forma de demostrarme su amor sino de robarme lo que de otra forma no podía conseguir.
Le hablé tratando de que entendiera, mientras intentaba separarme de su cuerpo que parecía no querer alejarse ni un milímetro de mí.
Sentí sus manos tibias deslizándose por mi contorno, colándose por cada espacio de piel. Me llenó de palabras de un amor rabioso y desquiciado que yo desconocía y que sólo lograban causarme nauseas y ganas de salir corriendo de ahí.
De espaldas a Manuel y con la pared como único refugio, pude oír el cierre de su pantalón deslizándose.
Cerré los ojos con impotencia al mismo tiempo que grité con toda la fuerza de mis pulmones y lo maldije de todas las formas posibles. Él sólo repetía que me iba a gustar, que sería como recuperar la pasión postergada por aquél tiempo...
Desde mi cartera, un sonido intermitente detuvo los movimientos de Manuel, como si el timbre estridente de mi celular lo hubiera devuelto por un momento a la realidad.
- ¿Es tu teléfono? - me preguntó
- Sí - contesté respirando nuevamente.
- No atiendas.
- Si no atiendo Javier se va a preocupar y va a salir a buscarme.
Manuel no tenía porqué saber que Javier no tendría la menor idea de por dónde comenzar a rastrearme y que desconocía la existencia de la casa de fin de semana. Mis palabras sonaron convincentes y por primera vez sentí que se alejaba de mi cuerpo.
- A ver, atendé, pero rápido.
Corrí a la cartera en busca del teléfono rogando que no dejara de sonar en el tiempo que me demorara en alcanzarlo.
Escuchar la voz de Javier fue como estar de regreso en nuestra cama, sintiéndome protegida y amada.
Lloré cuando me preguntó si todo estaba bien. "Vení a buscarme, pedile a mi mamá la dirección de la casa de fin de semana. Manuel se volvió loco", le dije entre sollozos. "Vení, por favor", alcancé a decirle antes de que Manuel me sacara el teléfono.
- Ay, Miranda, qué ganas de complicar las cosas- dijo mientras se acomodaba los pantalones - Ahora nos vamos a tener que ir. ¿Ves?, vos solita te buscás las cosas. Estás empecinada en dilatar nuestro encuentro y ya te dije que estamos destinados a estar juntos. Me vas a obligar a hacer cosas que no quiero.
- ¡Basta! ¡Te volviste loco! Lo de esta noche te convirtió en el ser más despreciable de este mundo. ¡Te detesto, me das asco!¡Asco!¡Asco! - le grité mirándolo a los ojos.
Fue apagando las pocas luces que había encendido al llegar y acomodando el vaso y la botella de whisky en su lugar.
- Vamos, dale - me dijo.
Tomé mi cartera y me alisé la pollera con ambas manos. Dos segundos más tarde estaba en la puerta, lista para salir.
No hablamos en todo el viaje. Tampoco hubo música. Todo era silencio y una plegaria en mi interior que rogaba que se mantuviera lúcido para manejar y que el efecto del alcohol no nos impidiera llegar a destino.
Cuarenta minutos después Manuel detenía el auto en la esquina en que me había levantado.
Abrí la puerta, dispuesta a salir del auto en una fracción de segundo pero me detuvo por el brazo.
- Andá, pero no pienses que esta va a ser la última vez que nos vamos a ver. Desde este instante empiezo a pensar la forma conservarte para siempre a mi lado.
Esa fue su sentencia.
Y mi condena.








