
Estuvimos casi dos meses encontrándonos con Octavio en un café, a las apuradas, sin tiempo más que para mirarnos y arrojar sobre la mesa las palabras que se acumulaban en nuestra garganta en el tiempo en que no nos veíamos.
Lentamente, como una ínfima gota que va cayendo sobre el suelo hasta formar un charco, nos fuimos volviendo imprescindibles, necesarios, nos fuimos queriendo.
Una noche, a la salida del teatro, Octavio me esperaba en la puerta, a la vista de todos, oculto apenas detrás de un inmenso ramo de flores.
Justo esa noche yo había arreglado que Clara me pasara a buscar para irnos a tomar algo por ahí, así que apenas la divisé, me acerqué a ella y le dije:
- Decile a Octavio que no quiero que nos vean.Que me espere en el café de siempre, pero que no se siente.Yo en cinco minutos voy a buscarlo.
Clara, como la buena amiga que era, no dudó en llevar mi mensaje ni en entender que nuestra salida iba a quedar para otro día.
Tomé un taxi, luego de despedir a Clara, y pasé por el Café a buscar a Octavio.Le hice señas desde el auto, y apenas me vio se subió, con una sonrisa inmensa que llenaba todo el espacio.
El taxista preguntó a dónde íbamos, y lo único que salió de mi boca fue "lejos".
Octavio me miró intentando decirme sólo con sus ojos que entendía mi respuesta, y agregó:
- Llévenos al Tigre por favor.
El Tigre era un lugar alejado, con calles arboladas , donde nadie podría vernos a esa hora.
Caminamos por sus calles durante bastante tiempo, hasta que muertos de hambre decidimos parar a cenar en el único restaurante que encontramos abierto, justo frente al río.
Yo no estaba preocupada por Manuel,ya que tenía la coartada de Clara.Eso hacía que estuviera totalmente distendida y a gusto.
- Creo que es la primera vez que me siento libre desde que nos vemos -le dije.
- Se te nota en la expresión - me respondió
Comimos en una mesa contigua a la ventana, como si fuéramos amores de siempre, que gritaban lo que sentían ante el mundo, sin que importara nada.
Tanta era la calma que me invadía, que por primera vez me nacieron las ganas de compartir con él todo lo que me pasaba.Necesitaba contarle sobre Manuel, sobre su engaño.No me importaba que me viera vulnerable, y extremadamente tolerante.Ni siquiera me preocupaba que me tomara por loca, o estúpida. Octavio me había demostrado de diferentes maneras que me quería, de una forma similar a la de Manuel en un principio, pero que a su vez, era totalmente diferente.
Octavio sustentaba con hechos y presencias sus palabras.
Manuel, en cambio, era un personaje creado por una seguidilla de frases de amor dichas en el pasado.
Cuando salimos del restaurante, caminamos otro rato junto al río, fumando un cigarrillo, envolviendo con el humo esas ansias de abrazarnos y detener el tiempo para siempre.
- Quiero contarte algo - le dije
- Tengo toda la noche - me respondió
Notó en mis ojos un dejo de tristeza, y sólo se acercó a darme ese abrazo que nos debíamos desde el primer día.
Músculos, entrañas, piel y huesos latiendo en ese abrazo postergado, que me invitaba a confiar en Octavio, a creerle y a volver a creer...