
Pasé esa madruga y la siguiente desvelada.
Creía que la noche podía traerme respuestas que la vigilia diurna no me daba.
Durante el día, debía convivir con la preocupación de Javier, que agigantaba la mía sin que se lo hiciera saber.Ese tipo está loco, decía, me da miedo no saber cuál puede ser su próxima jugada.
Yo asentía con la cabeza, con la mirada fija en una pelusa sobre la alfombra, o en los zapatos de Javier prolijamente acomodados junto al placard.
Mientras él hablaba yo tejía planes que deshacía al instante. Ninguno era lo suficientemente contundente como para detener a un Manuel enfermo. Nada era lo bastante liberador.
Así, durante la noche, en el silencio que me regalaba el sueño de Javier y la quietud de una ciudad adormecida, me acariciaba la panza y diseñaba un escape definitivo de la vida de Manuel.
Había una sola alternativa posible: someterlo a un análisis de adn que derribara sus ilusiones como un viento que arranca el árbol de raíz.
Dos mañanas más tarde lo llamé.
Atendió con voz esperanzada, y me saludó con una hilera de elogios y palabras empalagosas.
Fui al punto, sin detenerme ni para respirar entre palabra y palabra.
- Manuel, quiero que te hagas un adn. Creo que es la única manera de que te convenzas de que este hijo que espero no es tuyo y puedas rehacer tu vida.
Hubo un enorme silencio del otro lado de la línea. Tuve que mirar dos veces el visor de mi teléfono para comprobar que la comunicación seguía activa.
- Manuel...¿estás ahí?
Lo oí llorar y después maldecir en un balbuseo, como si se hablara a sí mismo.
- Está bien -dijo - ¿Cuándo?
Esa misma tarde nos encontramos en la clínica.
Estaba aún más demacrado que la última vez que lo había visto. Las bolsas debajo de sus ojos denotaban más noches de insomnio que las mías; su paso ralentado simbolizaba el desgano que le provocaba la vida misma.
Yo no lo supe en ese entonces.
No pude descifrar las señales que todo su cuerpo enviaba como avioncitos de papel hacia todos los costados.
De haberme dado cuenta, me hubiera detenido a leer el mensaje desalentador que traían escrito.
Estaba frente a mi ex marido, acompañándolo en la víspera de su propio final y hasta impulsándolo, sin saberlo, a que no revirtiera su fatal destino.