
Nada es cien por ciento perfecto. Nunca.
El departamento ideal puede esconder humedad en el fondo del placard,
el vestido nuevo puede achicar al primer lavado y el trabajo que
parecía perfecto puede consumirnos el ánimo bajo las órdenes de un supervisor sin modales.
Así pasó con los hombres de mi vida.
El que parecía haber sido tallado a mano para ajustarse al formato
de marido soñado, terminó por moldearse a la medida de mis pesadillas.
Aquel que corrió a mi rescate lo hizo montado sobre un caballo de madera y con la espada desafilada, se perdió en el bosque y se distrajo con la primera mujerzuela que se le cruzó.
Hasta que llegó él.
No traía capa, ni galera.
No agitaba las riendas de un corcel adiestrado ni desplegaba promesas que no pudiera cumplir.
No se escondió ante mis desplantes y toleró mis caprichos con una sonrisa honesta.
Mi príncipe azul no salió de un cuento ni me lo enviaron a domicilio en una caja mágica.
Era imperfecto, muchas veces predecible y otras tantas demasiado ingenuo.
Pero también divertido, fiel, tolerante, sensible y tierno, y cuando estaba con él volvía a creer que era posible amar desde las entrañas.
Sobre todo cuando lo veía planear nuestra boda como quien planea el acontecimiento de su vida, con anotaciones de puño y letra en un cuaderno de tapas azules que tachaba y volvía a escribir según fueran cambiando sus ideas.
Y mucho más todavía cuando, desde la puerta que da a la cocina, lo vi ocultar el anillo de compromiso en un brownie de chocolate.