Mostrando entradas con la etiqueta Octavio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Octavio. Mostrar todas las entradas

viernes, 22 de enero de 2010

Los preparativos


Fueron setenta y dos horas de intensos preparativos.
Ponernos en contacto con el hotel de Bahamas para que se ocupara de adaptar un espacio en la playa para la ceremonia, avisar a nuestras familias, elegir la ropa, los zapatos, pedir otra vez permiso en la agencia para ausentarnos una semana y coordinar hasta el más mínimo detalle.

Nos quedábamos despiertos hasta que mediara la madrugada haciendo ajustes de último momento a nuestro manual de boda. Faltaba lo esencial:¿Quién iba a casarnos? Llamamos nuevamente al hotel en busca de una solución y la encontramos. Contaban con una empresa que proveía de jueces de paz para ceremonias no religiosas, justo lo que buscábamos.

La mejor parte de los preparativos fue que Javier me confesara que Clara y El Tano iban a estar presentes en el casamiento. Él se había ocupado de interrumpirlos en su luna de miel para darles la noticia y, considerando lo cerca que estaban de Nassau, no habían dudado en confirmar su asistencia.

Sólo faltaba la ropa. Elegir un vestido de novia para la boda de los sueños no es tarea fácil. Sobre todo,si la ceremonia no se realiza en un lugar tradicional. La playa me condicionaba a algo sencillo aunque me permitía jugar un poco con los accesorios. Después de un día entero de pensar y pensar, me decidí por un solero blanco, unas sandalias y un peinado semi recogido con flores.
Javier, en cambio, lo tuvo claro desde el primer momento: pantalón de lino en color arena y camisa blanca.

Dos días antes comenzaron a llenarse nuestras casillas de e-mail al borde del colapso. Confirmaciones que llegaban desde el hotel y los amigos que enviaban buenos deseos e intenciones de que tuviéramos una vida feliz.

Pero hubo un mail que no auguraba nada de eso. En su texto sólo se limitaba a cuestionarme sobre mi decisión y me acorralaba con preguntas del estilo:

- ¿Estás segura que es el hombre de tu vida?
- ¿Estás dispuesta a pasar el resto de tus días con él?
- ¿No debería ser yo ese hombre que te acompañe en el altar?


Respondí en voz baja cada pregunta y descubrí que no había un solo NO de mi parte.
Así que, antes de eliminar su mail de la bandeja de entrada,le respondí:

Octavio: Gracias por tu mail.Sin quererlo me hiciste dar cuenta que la decisión de casarme con Javier es la más acertada que tomé en toda mi vida.
Ojalá que vos también logres ser feliz.
Miranda.




Miré el vestido colgado en la puerta del placard, contemplé el cuerpo de Javier mientras salía de la ducha envuelto en una toalla, disfruté de su sonrisa al descubrir que yo lo miraba y me dejé caer en la cama con los brazos abiertos, extasiada de alegría.

lunes, 26 de octubre de 2009

La boda- última parte



Parecíamos felices.
La sombra de Octavio era eso, una sombra que se veía solamente cuando los focos lo iluminaban, parado junto a la pared como un humilde espectador.

Clara sonreía, muerta de alegría y de amor en un día inolvidable que yo había estado a punto de empañar por culpa de mi estabilidad emocional.
El flash nos apuntó una y otra vez, a pedido de mi amiga, para inmortalizar el momento.

- Saco fotos para que miremos cuando seamos viejitas, con nuestros amores y tu sobrino en camino- decía.

Yo me limitaba a devolverle la sonrisa mientras cruzaba los dedos para que de una vez por todas el sueño de Clara se hiciera realidad. Por ella y por mí.


Llegó el momento de arrojar el ramo.

- ¡Vamos! ¡Vengan todas las solteras! - gritó Clara.

Yo me mantuve al margen, abrazando a Javier por la espalda mientras él le dedicaba su atención a una porción de cheese cake.

- ¡Dale, Mir! - dijo - ¡Vos estás separada, no casada!

Me tomó del brazo y me ubicó delante del grupo de mujeres que se empujaban como si estuvieran en medio de una rebaja de zapatos de marca.

- ¡A la una, a las dos y a las tres! - gritó.

El ramo inició su viaje por el aire, flameando sus cintas de raso en lo alto hasta emprender el descenso como un avioncito de papel.
Aterrizó justo entre mis manos, sin que me diera cuenta.
Las solteras me miraron con un dejo de desprecio como si les hubiera usurpado la posibilidad de conseguir una pareja para toda la vida.
Clara me abrazó, riendo a carcajadas, como si ese fuera el broche de oro para una fiesta memorable.

Posé junto a la feliz pareja, sosteniendo las flores algo aplastadas, en lo que imaginé que sería una postal para nuestra vejez.


Javier me llamó con un dedo y fui a su encuentro.

- Creo que valió la pena venir hasta acá - me dijo - Fui testigo del momento que, por tradición, puede simbolizar el inicio de nuestra vida juntos.

- Bueno, es sólo un ramo - le respondí muerta de miedo.

- Claro que es sólo un ramo aunque no deja de tentarme la idea.

- ¿Qué idea? - le pregunté.

- La de casarnos y formar una familia - respondió.

- Creo que vos también estuviste tomando en exceso.

- No, amor, estoy más lúcido que nunca. Me gustaría que nos casáramos.

- ¿Es una propuesta? - le pregunté.

- Sí, lo es.



Después de darle el beso más tierno, corrí hasta Clara y le dije:

- Me propuso matrimonio, pero yo ya estoy casada.

- Y eso que importa, te divorciás y listo- agregó feliz con la noticia.

- No va a ser fácil que Manuel acceda.

- Lo obligamos, no te preocupes - sentenció - que te deje vivir de una vez.


Clara se dio vuelta y comenzó a gritar:

- ¡Mi mejor amiga se casa! ¡Miranda se nos casa!

Los invitados aplaudieron mientras Javier me miraba lleno de amor.

A lo lejos, Octavio también me miraba pero con una extraña mezcla de tristeza y celos.


martes, 20 de octubre de 2009

La boda- parte 9



Comimos el postre en absoluto silencio.
Cada tanto se escuchaba una voz por lo bajo, la de Lucía que dialogaba con Gerardo, temerosa de interrumpir el mutismo reinante.
Todo era incómodo, hasta el mínimo sonido de la cuchara rozando el plato.

Por suerte, los parlantes vibraron otra vez con música de los años ochenta y el silencio se llenó de acordes que nos permitieron relajarnos, al menos por un rato.

Aproveché el bullicio para recargar energías y correr hacia el baño a retocarme el maquillaje.
Apliqué una brocha de rubor en las mejillas y un poco de brillo en los labios, antes de salir.
En el pasillo, recostado sobre la pared que no se veía desde el salón, estaba Octavio.


- Así que estabas de novia. No sé como interpretar entonces lo que pasó hoy entre nosotros - dijo.


Hice un minuto de silencio. Traté de pensar una respuesta sincera que no me condenara por el resto de mis días.

- Interpretalo como la conclusión de lo nuestro - respondí - y agradecele al alcohol. De otra manera no creo que hubiera ocurrido.

- Pero...yo pensé que... - comenzó a decir.

- Dejá - lo interrumpí- evitemos las frases que ilusionan en vano. Ya las dijimos una vez y acá estamos. Vos con la rubia, yo con Javier. Basta, tratemos de no lastimarnos.

- ¿Qué me querés decir? ¿Que lo nuestro está terminado? - me preguntó sorprendido.

- Creo que vos lo terminaste el día en que me pediste un tiempo ilimitado vía mail para después enterarme que ibas a ser padre. ¿No te parece motivo suficiente para interpretarse como un final?

- Pero nosotros nunca hablamos, yo no te pude explicar - agregó.

- Claro, ese fue el problema, que nunca hablaste.


Y lo dejé con la boca entreabierta, balbuceando excusas que me negué a oír mientras retomaba el camino a la mesa.


Tomé de la mano a Javier y lo invité a bailar junto a Clara y su flamante marido.
Los cuatro, por primera vez en la noche, podíamos disfrutar de un momento juntos sin que nada ni nadie lo opacara.



sábado, 17 de octubre de 2009

La boda- parte 8



- Hola, amor - escuché al oído.

Al darme vuelta lo vi a Javier, de impecable traje y amplia sonrisa.

- No pensarías que iba a ser tan mal novio como para no acompañarte en esta noche, ¿no?

No pude responderle. Solo lo abracé y me quedé pegada a su pecho, envuelta en su perfume.
Tomó mi cara entre sus manos y, después de decirme que estaba hermosa, me besó.
Confirmé que solo alguien realmente enamorado podía elogiarme en el estado en que me encontraba.

- ¿No te alegrás de verme? - me preguntó.
-¡Claro que sí! Es que estoy shockeada por la sorpresa, amor - le respondí.

En el fondo de mi ser creía ser sincera, aunque la culpa me carcomía por dentro.

Presencié los saludos pertinentes hacia Clara y El Tano y la complicidad en los ojos de Lucía, que había sido responsable de darle las indicaciones a Javier.

En medio de la pista, todos festejaban la llegada de mi novio, mientras yo buscaba con impaciencia a Octavio, para anticiparme al desastre que podía provocar un acercamiento de su parte en ese momento. Necesitaba hablarle, decirle que se mantuviera distante, que todo había sido un error.

La música se detuvo para que volviéramos a la mesa. Javier buscó una silla para sentarse a mi lado, cuando vi que Octavio regresaba para tomar ubicación.

- ¿Qué tal? Soy Octavio - se presentó.
- Hola, soy Javier, el novio de Miranda.

Un aire denso llenó el espacio que me separaba de Octavio, y yo bajé la mirada, muerta de vergüenza.

- Ah, mirá vos. No sabía que estuviera de novia - dijo.

- ¿No le contaste, amor? - me preguntó Javier.

Le hice señas de que no le diera importancia, para luego aclararle, por lo bajo, que era una relación pasada, que no debía hacerse problema.

Pero el problema ya estaba metido entre nosotros, no tanto por la desconfianza de Javier, que se mostraba celoso como cualquiera que debe enterarse que su novia no le aclaró a su ex de su existencia, sino porque las incómodas miradas se había adueñado de la fiesta.

Javier miraba con mala cara a Octavio, Octavio me miraba con desconcierto a mí. Lucía y Gerardo contemplaban la escena como espectadores de una miniserie de suspenso y yo fijaba la vista en mi helado con frutos rojos, imaginando lo lindo que sería que el plato se convirtiera en un túnel que me llevara lejos de allí.

jueves, 15 de octubre de 2009

La boda- parte 7



- Salgamos de acá antes de que alguien nos vea - dijo.


Fueron las primeras palabras de Octavio, las que me devolvieron a una realidad que incluía el pelo desaliñado y el maquillaje aún más corrido que antes.


- Andá vos, necesito arreglarme. ¿Dónde quedó mi carterita?


Me agaché para mirar por debajo de la puerta y alcancé a verla, apoyada junto al espejo. Cuando intenté levantarme, un malestar que no podía detectar de donde provenía se ocupó de recordarme que la mezcla de alcohol y sexo no traía buenas consecuencias.

- ¿Te sentís bien? - me preguntó Octavio - ¿Estás pálida?

- Hmm, no, la verdad es que no me siento para nada bien. Tengo una calesita instalada entre mi estómago y mi cabeza.

Me abrazó y me dio un beso en la frente que me obligó a cerrar los ojos y sentir como todo daba vueltas en mi interior.

- Andá, andá, dejame sola -dije

- Bueno, no tardes.

Se acomodó el pelo y alisó su camisa con ambas manos antes de atravesar la puerta. El ruido de la música se coló por la abertura y la imagen de Clara disfrutando de su fiesta fue lo único en lo que traté de pensar para intentar sentirme mejor.

Busqué en mi cartera el rubor y el brillo para labios aunque hubiera necesitado un producto capaz de borrar las ojeras y la culpa que me invadía en igual proporción.
Algo tan pesado como un montón de piedras se adueñó de la boca de mi estómago y no tuve otra alternativa que volver al baño para expulsarlo. Vomité litros de alcohol y otro tanto de preocupación y vergüenza.

Me mojé la cara y traté de retocar la palidez de mis mejillas. Después me ocupé de delinear lo morado de mis labios y de cubrirlos con un poco de color.
Aquella que veía frente al espejo era una Miranda confundida, desorientada, que maquillaba su cara y sus dudas como único recurso.

¿Qué había hecho? ¿Qué ganaba al revolcarme con Octavio en el baño de la fiesta de mi mejor amiga? ¿Cuál era el rumbo que pretendía que tomara mi vida a partir de ese hecho? ¿Qué lugar ocupaba Javier en la historia?

Miles de preguntas pulseaban buscando una respuesta que yo era incapaz de darme a mi misma.
Ni siquiera había podido hablar con Octavio para saber cuáles eran sus intenciones para conmigo.


Una señora entró al baño y fue la excusa perfecta que encontré para volver al salón. La música y las luces parecían empeorar mis sensaciones, hasta que la vi a Clara, haciéndome un gesto para que me acercara.
Me abrazó sin dejar de bailar y me dijo al oído:

- Te quiero, amiga. Perdoname por poner a Octavio en tu mesa. Creeme que no fue culpa mía.

- No te preocupes, tal vez mañana tenga que agradecértelo.

Me miró sin entender, esperando que completara mi respuesta.

- Nada - agregué - cuando termine la fiesta te cuento, ahora divertite que es tu momento.


Traté de mover los pies y de recobrar un poco de la gracia que la noche me había robado.
Mientras intentaba bailar con Clara y el resto de los invitados mis ojos sólo buscaban reconocer la silueta de Octavio entre la gente.
No lo veía por ningún lado. La mesa estaba vacía y en la pista de baile no podía encontrarlo.
Me tranquilicé cuando vi su saco colgado sobre el respaldo de la silla.

- Al menos no se fue - pensé - Ya encontraré un momento para hablar con él y aclarar todo.

Seguí bailando, esforzándome por lucir contenta, cuando alguien me abrazó desde atrás.

Me di vuelta, segura de que iba a sorprenderme la cara de Octavio, regalándome una sonrisa.

Lo que jamás hubiera imaginado es que la sorpresa llegaría, pero no precisamente de la mano de Octavio.

jueves, 8 de octubre de 2009

La Boda - parte 6





Me detuve unos segundos a contemplar su imagen en el reflejo, sin entender el sentido de su presencia.
Mi mente, perturbada por el efecto del alcohol, no era capaz de hilvanar una frase que sonara apropiada para el momento. Creía que preguntarle si se había equivocado de baño resultaría infantil y absurdo; hacerle un escándalo por seguirme era más ridículo todavía.

Esperé alguna reacción de su parte mientras la música llegaba desde lejos junto con los aplausos de la gente, recordándome el lugar en el que estaba.

Atiné a moverme, juntando fuerzas para avanzar hacia la puerta junto a la que se encontraba Octavio, con la única intención de volver al salón para estar cerca de Clara. La culpa de sentirme una mala amiga era el único indicio de cordura en mi persona.

Cuando estuve frente a él, intenté correrlo con un sólo gesto para que me dejara abrir la puerta, pero no se movía.

- Dejame pasar, quiero estar con Clara, es su casamiento - dije.

- Resulta raro que te acuerdes ahora, después de haberle restado protagonismo en lo que va de la noche- respondió con ironía.

- Dale, dejame ir.

- ¿Para qué creés que te seguí hasta el baño? - me preguntó.

- No tengo idea, pero si querés hablar conmigo no creo que sea el momento oportuno.

- Lo que menos tengo es ganas de hablar. Estás demasiado linda- dijo- y demasiado borracha.


Se hizo un silencio en el que sólo alcancé a mirarlo por un momento a los ojos.
Lo que siguió, pasó con tanta velocidad que no tuve tiempo de razonar.


Su respiración cerca, muy cerca, y la humedad de sus besos con los que había soñado apenas un tiempo atrás. Sus brazos guiándome hasta uno de los baños antes de que cerrara la puerta con desesperación y buscara con esmero la forma de desvestirme sin hacerlo.
Sentí el frío de los azulejos sobre mi espalda cuando mis manos, sin fuerzas, lucharon por alejarlo de mi lado.


El espacio se llenó de su presencia, de su perfume, de ese encanto que había extrañado.
Todo se tiñó de recuerdos, de planes del pasado, de espera y ausencias que creí saneadas por el efecto reparador de Javier.
Era Octavio, el asunto inconcluso, el tercer punto suspensivo que había quedado pendiente por culpa de otra mujer que esa noche no existía.


El impulso me ganó la pulseada y me dejé llevar por la inconsciencia.
Mis piernas se entrelazaron a las suyas con impaciencia, como si mi cuerpo implorara que fuera mío una vez más.
Lo escuché murmurar en mi oído palabras de amor y me quedé en silencio, dejando que el sonido de su respiración entrecortada marcara el ritmo del deseo.

Y fuimos uno, en un momento robado al destino, recortados de las miradas del mundo.
Dos siluetas, dos cuerpos tan desnudos como sus almas, saldando una deuda pendiente antes que la magia de la noche se extinguiera y nos dejara inmersos en la miseria de la duda y el desconcierto.






lunes, 5 de octubre de 2009

La Boda - parte 5


Lucía corrió al medio del salón a rescatarme y me pidió que me calmara. Con paciencia logró que entrara en una "temporaria" razón y que accediera a regresar a la mesa.


- Qué momento, ¿no? - escuché que decía Gerardo.


- Como se nota que sos hombre - le respondió Lucía - Si ustedes no resuelven los asuntos entonces no pretendan que nosotras nos comportemos como si nada hubiera pasado.


- Bueno, che, no te la agarres conmigo. Fue sólo un comentario...


- ¿No ves que la pobre Miranda está borracha? - la oí decir.


- Eh....naahh....sólo tomé un poqueteto de mash... - la interrumpí - Eshtoy bien, ¿vesh?



Cuando intenté incorporarme para demostrarles a ambos que podía pararme en una sola pierna y flexionar la otra como si fuera bailarina clásica, sentí que el piso se alejaba de la suela de mis zapatos y dejaba de sostenerme. Por suerte, Lucía estaba atenta y me acercaba la silla evitando que me cayera al piso.

- Quedate ahí sentada y no tomes más, es el casamiento de Clara, che, hacé un esfuercito - me dijo - Mirá, ahí te hace señas, decile que estás bien.

Creí notar un gesto de Clara desde la otra mesa que denotaba su preocupación. Le levanté un pulgar y le guiñé un ojo para que se quedara tranquila, aunque creo que mi cara en ese momento debía ser la radiografía perfecta de una persona con grandes dosis de alcohol en sangre, imposible de disimular.

Vi como la parejita regresaba a la mesa y sentí la mano de Lucía presionándome la rodilla mientra me decía por lo bajo: Tranquila, me lo prometiste por Clara.

Noté con alegría que no se hablaban entre ellos. Beatríz tenía parte del maquillaje corrido, lavado por las lágrimas y recordé las veces en que mis ojos se habían visto de igual manera.
Al rato, ella tomó el abrigo de su silla y dijo:

- Disculpen, me siento mal, me voy a ir.

Supuse que Octavio se iría con ella y una extraña mezcla de tristeza y fastidio me recorrió el cuerpo. Pero él ni se molestó en saludarla, como si estuvieran peleados a muerte. Ni la miró siquiera cuando se alejaba.

- ¿Contenta? - me dijo

-¡Uf! ¿No me vesh? Shoy la imagen de la felishidad.

- Sos la imagen de una patétita borracha - agregó - pero a vos todo te queda bien.

Mi mente reaccionó ante su mensaje. Me estaba halagando, aún en el estado miserable en que me encontraba.
Me pareció absurda y hasta incomprensible la situación. Su novia acababa de irse hecha una furia por su culpa y él no mostraba ningún reparo en tratar de agradarme.
Desconcertada, decidí alejarme un rato de su vista y le dije a Lucía:

- Sha vengo, voy al baño a arreglarme el make up.

Traté de mantenerme erguida y de sostener el equilibrio siguiendo una linea recta imaginaria. Caminé muy lentamente, con un notorio bamboleo que hacía que el resto de los invitados parecieran moverse de izquierda a derecha a cada paso.
Con paciencia, logré llegar al baño, justo en el momento en que comenzaba a sonar el vals. Las mujeres que estaban dentro, salieron corriendo para no perderse los primeros acordes de la noche. Quedé sola frente al espejo, observando mi cara desfigurada por el efecto del vino.

De pronto, el reflejo me devolvió la imagen de alguien más.
Era Octavio.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

La boda- parte 4




Le hacía señas al mozo para que me recargara el vaso casi vacío mientras esperaba que Beatríz me diera una respuesta.
Con la vista nublada, tardé en darme cuenta que lo que rodaba por la mejilla de la rubia eran lágrimas y no papel picado.
Su rostro se había desfigurado, su mirada contemplaba fijamente el plato y su cuerpo no emitía ninguna señal de estar viva. La angustia o la vergüenza la habían paralizado.

De pronto, juntó fuerzas como para arrojar la servilleta sobre la mesa y atravesar el salón en busca de una salida que le devolviera el aire que había perdido. Que yo le había robado con mi pregunta.

Percibí entonces los ojos de Octavio, observándome de manera inusual, y me recordó a mi padre, con la mano en alto y un dedo sobresaliendo, encargado de retarme por haber cometido una travesura.

- Perdió el bebé, Miranda - me dijo.

- ...


No supe qué responderle y sólo hice una mueca con la comisura derecha del labio en señal de ingenua torpeza.
Pero no era ingenua. En el fondo me alegraba la noticia y temía que se me notara.
Me sentí una persona desagradable, una desalmada que merecía quemarse en el infierno. Yo había pasado por esa situación y sabía que la noticia era devastadora para cualquier mujer.
Pero no podía lamentarme. Quizás, muy en el fondo, sentía un atisbo de pena. Sólo eso.

- ¿Y por qué seguís con ella si ya no hay motivo que los una? - pregunté ante la incomodidad de los que estaban presentes en la mesa.

- No pienso mantener esta conversación con vos ahora, tengo que ir a buscarla.


Se levantó y se alejó de mi vista, dejándome con la palabra a medio decir y la copa a medio tomar.

Impotente, en medio de una situación que me convertía en la "destrozadora oficial de bodas", en lugar de calmarme y contar hasta mil, pegué un grito que hizo que el ochenta por ciento de los invitados se volteara para verme.

- ¡Vení acá, cobarde! ¡¡¡ Mentirosooooo!!!


Y ese era el principio de una pendiente demasiado empinada que me vería rodar hasta tocar fondo.

lunes, 28 de septiembre de 2009

La boda- parte 3


Lo miré con mis ojos cargados de ira para después girar mi cabeza hacia Beatríz y decirle:

- Eso, soy la mejor amiga de Clara.

Me disculpé porque sonaba mi celular y me alejé unos metros de la mesa para poder atender. Era Javier.

- Hola, bonita. ¿Cómo la estás pasando?

- Genial, ni te imaginás - lo dije con ironía aunque Javier jamás lo interpretó de esa forma.

- Ay, qué suerte. No paré de pensar en vos y en como estaría saliendo todo. ¿Cómo está Clara?

- Divina, aunque creo que voy a matarla - dije espontáneamente.

- ¿Por? ¿No te dejó que te sacaras la primera foto con ella? - preguntó.

- Algo así - forcé una risa - Era chiste. ¿Vos cómo estás?

- Bien, la producción salió perfecta. Mañana ya regreso a New York, así que ya la próxima vez que te llame voy a estar acostado en nuestra cama, extrañándote más que ahora, pensando en que no veo la hora de abrazarte otra vez.

- Ya falta poco, amor.

- No te noto muy efusiva. ¿Pasa algo?- preguntó.

- No, tal vez sea el efecto del alcohol.

- ¿Tomaste mucho?

- Demasiado si tengo en cuenta que la fiesta aún no empezó y que no probé bocado.

- ¡Mir, controlate! No sea cosa que arruines la fiesta.

- No, no, quedate tranquilo. (la fiesta ya está arruinada, pensé)

- Bueno, cielo, me tengo que ir a la cena de cierre. Hablamos mañana, divertite mucho y besos a Clara. Te quiero.

- Yo también- dije fríamente - Cuidate.


Apenas corté, me ubiqué en el asiento que me correspondía. Al lado de Lucía y justo frente a Octavio y compañía.
El aire se cortaba con el filo de un cuchillo y, a excepción de Beatríz, nadie emitía sonido.

"Oti", ¿viste que lindas las flores del centro de mesa?, "Oti", abrazame que tengo frío, "Oti", servime un poquito más de agua.

Oti, Oti, Oti... El eco de su vocecita aguda en mis oídos me invitaban a fantasear con la idea de clavarle el taco aguja del zapato de Lucía en medio de los ojos o de tomarla de la nuca y aplastar su cabeza en medio del salmón ahumado que habían servido de entrada.

Metí dos bocados de pescado en mi boca y al menos un cuarto litro de vino.
Cuando trajeron el plato principal, mi estómago ya se había empalagado de "Otis", "Bichis" y "Cuchi Cuchis", impidiendo que pinchara aunque sea una papa a la crema.

El único anzuelo para permanecer sentada en esa mesa y soportar el franeleo constante de la rubia insípida era conservar mi copa siempre llena. El mozo ya había optado por mantenerse a mis espaldas para no tener que correr ante cada uno de mis llamados.

Me di cuenta que me había excedido con el alcohol cuando quise ir a hablarle a Clara y caminé hasta la mesa principal flameando como un barrilete entre el resto de los comensales.

- Clara, ¿por qué mierda lo sentaste a Octavio en mi mesa? - dije deslizando las palabras con menor velocidad que la usual.

- No, negra, no fue mi culpa - dijo angustiada - A último momento cancelaron Oscar y la mujer porque parece que a ella la operan de urgencia mañana y la gente del salón los reacomodó. Le dije al Tano que hiciera algo, pero empezamos a discutir, porque él es su amigo, ¿viste? y bueno, no daba tampoco que nos casáramos peleados. ¿Entendés?

- Si, si... -balbuceé - Okey.

Me alejé sin dejar que Clara terminara de completar lo que estaba diciendo.
Vi como los mozos se movían en círculos, al igual que el resto de los invitados. Todo giraba en mi cabeza. Mi cabeza era la que giraba.

Me senté nuevamente en mi lugar y sin razonar ni un segundo, escupí lo siguiente:

- ¿Y? ¿Qué tal el embarazo, nena? ¿Ya le pediste a "Oti" que se case con vos o pensás ser una madre soltera?


Sentí el pie de Lucía golpeándome a la altura del tobillo y noté que Gerardo centraba su mirada en el plato de comida.
Después, el movimiento incómodo de Octavio en la silla y los ojos desorbitados de Beatríz que parecía estar a punto de llorar.

Y de golpe, me convertí en la bruja más sexy y más borracha de la fiesta...








miércoles, 23 de septiembre de 2009

La boda- parte 2



Llegó el día añorado por Clara, el de la ceremonia por Iglesia y la fiesta.
Estuve con ella en todo momento y hasta me cambié en la habitación del hotel donde pasarían la noche de bodas.
Ella estaba tan linda como jamás la había visto. Rebelde como siempre, había optado por un vestido color crudo en lugar del tradicional blanco. Un escote profundo dejaba su espalda al descubierto y un ramo de camelias y rosas, sostenido entre ambas manos, daba el toque preciso para que estuviera realmente hermosa.


Ya en la Iglesia, me ubiqué en la primera fila de asientos junto a la familia de mi amiga. Nerviosa ante la espera por verla entrar comencé a observar a la gente ubicada en los asientos posteriores.
Cinco filas más atrás pude distinguir a Octavio, que esta vez no estaba solo. A su lado, una rubia desteñida que le llegaba casi al hombro, gracias a los diez centímetros que le añadían sus tacos, miraba a su alrededor con cara de aburrida. Tenía un vestido verde, de ese verde que no es ni el de la esperanza ni el de los árboles. Un verde insípido que combinaba a la perfección con su apariencia.

Sonó la marcha nupcial y se abrieron las enormes puertas de acceso para dar paso a la novia, visiblemente emocionada. Fui testigo de la mirada que intercambiaron con El Tano cuando por fin estuvieron juntos frente al altar. Una mirada del amor más profundo que me llenó de nostalgia. Alguna vez yo había sentido lo mismo por Manuel... ¿cuánto duraba el amor y el destello en los ojos? ¿Cómo podía morir esa sensación de que el otro es la excusa perfecta para sentirnos felices?


Ya en el atrio pude abrazar a los recién casados y dejar una estela de rimmel en la mejilla de Clara, que hacía fuerza por contener las lágrimas y sonreía iluminando la noche.
Cuando noté que Octavio se acercaba a saludar, me escapé a los jardines laterales para fumar un cigarrillo. No quería cruzar palabra con él, ni mucho menos verme obligada a padecer la presentación de su nueva novia...



La recepción del salón estaba delicadamente decorada en color marfil, con pequeños arreglos de flores y velas.
Me convertí en la sombra de Lucía y Gerardo para no quedarme sola y accesible para Octavio. Lucía me pellizcaba el brazo cada vez que él andaba cerca para que yo pudiera girar hacia el otro lado. Sólo me movía con naturalidad para alcanzar algún trago de la bandeja del mozo.
Al momento de ingresar al salón principal, ya había tomado tres copas de champagne y dos daikiris.

Las puertas se abrieron y caminamos buscando nuestra ubicación en una mesa. Una tarjetita con nuestros nombres nos indicaba que debíamos sentarnos junto a la mesa principal. Sin duda Clara quería tenernos cerca en esa noche tan especial.
Leí el resto de los nombres: Lucía, Gerardo, Julio (el primo de Clara), Octavio, Beatriz.

No alcancé a recuperarme del asombro cuando vi acercarse a Octavio y a la rubia -que sin duda debía ser Beatriz- buscando su lugar en la mesa.

- Parece que es acá - dijo ella con la misma cara de aburrida que le había visto en la Iglesia.

Sentí el pellizcón de Lucía y le devolví el gesto con el pie, tratando de expresarle mis ganas de desaparecer en ese mismo instante.

- Hola, Miranda - dijo Octavio - Ella es Beatriz, las presento.

- ¿Qué tal? - dije mientras acercaba mi mejilla a la de la pigmea sin intenciones de mostrarme amable.

- ¿Vos sos...? - preguntó curiosa.

- Yo soy - comencé a decir, llena de ironía, revolviendo en mi mente para encontrar una frase letal, justo cuando Octavio me interrumpió.

- Ella es la mejor amiga de Clara - dijo.


Miré a mi alrededor. Las copas dispuestas sobre la mesa, los cubiertos a ambos lados de los platos, las sillas vestidas con una funda clara.
Y no pude decidir cual de todos los objetos usar para revolearle por la cabeza a Octavio ante su desubicada respuesta que me dolía en el medio del alma.

martes, 22 de septiembre de 2009

La boda - parte 1



Traté de acompañar a Clara en todo los preparativos. Elegimos juntas el tocado y los zapatos y hasta le sugerí que le agregara más volumen a la cola de su vestido.
La ceremonia de civil fue el primer encuentro que tuve con Octavio, al que fue solo.
Clara - intentando preservarme de una crisis neurótica- había omitido contarme que así como yo iba a ser testigo por su parte, El Tano había elegido a Octavio para que lo fuera por la suya.
Así que ahí estábamos los dos, a ambos lados de la feliz pareja, fingiendo una sonrisa y una calma artificial.

Tenía pensado no hablarle ni mirarlo, pero comprobé una vez más que hay cosas que me propongo que finalmente no puedo llevar a cabo y sólo quedan en la mera intención de mi mente.

- ¿Te dieron permiso para venir? - le pregunté mientras esperábamos a los novios para cumplir con la tradición de arrojarles arroz.

- No seas irónica. Sabés que yo no tengo que pedirle permiso a nadie.

- Yo no opino lo mismo - contesté, siempre dándole la espalda con la excusa de estar atenta a la aparición de mi amiga.

- ¿ Y a vos? ¿A vos te subieron al avión y te despidieron desde abajo?

- ¡Por favor! No vino por cuestiones laborales.

- Bueno, ella tampoco vino por lo mismo. ¿Ahora qué sigue? ¿Por dónde pensás atacarme?

- ¿Atacarte? ¿Yo? No tengo intención de atacarte, ¡qué sentido tendría? - repliqué.

Los novios atravesaron la puerta y los gritos de festejo de parientes y amigos me impidieron escuchar lo que continuó diciendo Octavio.
Me preocupé por abrazar a Clara y volcarle un puñado de arroz en el escote de su vestido azul. Después posamos para la foto y nos distribuimos en distintos autos para llegar al lugar del almuerzo.

Supe por mi amiga que Octavio sólo se quedaría una hora ya que tenía una reunión laboral que le había sido imposible posponer.
Después del plato de entrada noté en sus movimientos que había llegado el momento de retirarse y respiré aliviada cuando vi que comenzaba a saludar a los presentes y se despedía hasta el día de la fiesta.

Se acercó a saludarme, me miró a los ojos y después de darme un beso en la mejilla me dijo al oído:

- No tuve oportunidad de decirte que me alegro de verte y que estás cada día más linda.

Y así, mientras yo sostenía un grisín en mi mano derecha, lo vi alejarse entre en los invitados.


Esa fue la primera vez en que me sentí débil ante sus encantos.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Vestida para la ocasión





Estaba tan feliz con la noticia de Clara que me olvidé por completo de las fotos y la carta de Manuel y corrí a abrazar a Javier, llena de emoción.










- ¿Vas a venir, no? - le pregunté.

- ¿Estoy invitado?

- ¡Obvio! Es mi mejor amiga, como una hermana te diría. Por supuesto que estás invitado.



- Entonces vamos - sonrió - Hace bastante que no ando por Buenos Aires, así que me parece una buena excusa para visitar a mis afectos.


Le devolví una enorme sonrisa mientras mi cabeza festejaba a escondidas la idea de que Octavio me viera acompañada. Me sentí humanamente mal por mi pensamiento, pero no podía evitarlo. No quería aparecer sola en esa fiesta a la que él seguramente iría acompañado por la "rubia oxigenada" luciendo el embarazo.
Al llegar a ese punto de mi reflexión sentí una mano estrangulándome la boca del estómago y percibí que mi rostro se transformaba sin poder ocultarlo.

- Estás pálida - dijo Javier.

- Debe ser porque al final no desayunamos - mentí - Dale, tomemos el café y vayamos de compras. Necesito un lindo vestido de fiesta para el casamiento de mi amiga.

- Ya veo en qué vas a gastar tu nuevo sueldo. Mujeres... - suspiró Javier.


Traté de concentrarme en el hombre que tenía frente a mis ojos. Incapaz de negarse a un plan que me incluyera como compañía, siempre dispuesto a complacerme y mimarme sin oponerse a mis caprichos.

Salimos de recorrido por el Soho, donde me compré un vestido negro de organza con una faja en la cintura y un par de sandalias soñadas, decoradas con una flor marfil, único toque de color para la ocasión.

Javier sólo se compró una corbata. Tenía un traje apenas estrenado y zapatos a los que sólo les faltaba un buen lustre.

Tomamos un Creme Caramel con dos cookies en Starbucks y nos olvidamos del almuerzo.

Apenas regresamos al departamento tomé prestada la notebook de Javier para escribir un mail.


Amiga, ya tengo la ropa para tu fiesta. ¿El regalo te lo compro acá o espero a estar en Buenos Aires? Contame si ya te hiciste ecografía...¡quiero ver a mi sobrino! (dije sobrino en lugar de sobrina, así que como soy medio bruja andá pensando nombres de varoncito).
En quince días estoy por allá así te ayudo con los últimos preparativos.
Viajo con Javier, me imagino que está invitado...Por favor ubicanos lejos de la mesa de Octavio.
Gracias Clari, no veo la hora de darte un abrazo.
Te adoro, Mir.


Claro que a mi nunca me salían los planes tal como los pensaba.




lunes, 31 de agosto de 2009

¿Desliz o venganza?



Me pasó a buscar puntualmente.
Estaba realmente lindo, vestido de absoluto negro y bronceada la piel.

Apenas me vio, sonrió.

- Estás muy linda - dijo

- No te quedás atrás - respondí con algo de audacia.


Fuimos a cenar a un restaurante que, según me dijo en el camino, estaba bastante de moda y que había ganado popularidad por lo íntimo del ambiente.
Mesas bajas, velas y el mejor sushi, acompañado de un buen vino.

Hablamos mucho, sólo al comienzo me contó la propuesta laboral, la modalidad de trabajo y un estimado del salario, que era muchísimo más tentador que lo que ganaba en el teatro.
El resto de la noche, nos fuimos conociendo.

Javier era argentino, nacido en Rosario. A los veintidós años había decidido ir de aventura por el mundo junto con un amigo y terminaron en Nueva York, después de ser camareros durante mucho tiempo en Miami. Por las tardes, había estudiado fotografía, dedicándose por completo a esa pasión y retratando todo lo que se cruzaba en su camino, casi como un adicto. Después de presentar su trabajo en muchas empresas, fue Alan quien le había brindado la oportunidad de un empleo como fotógrafo, cinco años atrás.
Estaba soltero. Solterísimo.

A medida que pasaba la noche e iba haciendo efecto el vino, yo alternaba mis pensamientos entre lo atractivo de Javier y mi odio hacia Octavio. Repasaba las malas experiencias, sumaba desilusiones, restaba desaciertos y el resultado, entre copa y copa, era buscar un escape en Javier. Divertirme, cambiar el rumbo, poner punto final a lo que me perjudicaba, sin pensar más allá.

Una osadía inusual me encontró acariciándole el pelo mientras él manejaba por la calles de New York en el regreso. Estaba mareada, pero consciente. Y nunca tan audaz.
Por supuesto, que el final es casi obvio.

Fuimos a su departamento y, antes de que pudiera mirar la decoración del living, ya estábamos quitándonos la ropa.
Puro impulso, sensaciones. Era libre de mi pasado por un rato. No había Manueles ni Octavios. Ni buenos, ni malos.
Javier y yo, motivados por la atracción del momento.


Amanecimos juntos, abrazados.
Preparó el desayuno y lo trajo a la cama mientras abría la ventana para que entrara el sol.
Me miró, sonrió y no me importó si la noche había sido una equivocación o una hazaña.
Me sentía feliz.


Claro que la felicidad era efímera. Sobre todo considerando que siempre había alguien dispuesto a recordarme que debía pedir permiso para disfrutar.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Detrás de la actriz



La semana se convirtió en un caldero donde se mezclaban la partida de Clara, mi desilusión por la paternidad de Octavio y la propuesta de Manuel.
Todo revuelto, crudo, cocinándose en mi cabeza.

El toque de condimento llegó de la mano de Laurie. Miranda, no creo que duremos mucho tiempo en escena. Las críticas suelen afectar la boletería y esto, más allá del arte, es un negocio.

A ocho días del estreno, Laurie sentenciaba el final de mi ilusión de triunfar en Broadway.
El era entendido en ganancias y pérdidas de producciones teatrales. Yo, sólo de aquellas del corazón.

Lo miré con desazón y le pedí que me contara cuáles eran sus planes a corto plazo. Si esto no se revierte bajamos el telón.

Habíamos terminado una nueva función con varias butacas vacías que ya no se llenaban con familiares y amigos. Los aplausos sonaban opacos y sin entusiasmo. El brillo sólo le pertenecía al vestuario y ciertos toques de maquillaje.

El éxito me esquivaba en mi vida personal y profesional. Las dudas se convertían en mi almuerzo diario. Octavio, Manuel, Nueva York, ¿qué hacer con ellos?
La distancia no favorecía ninguna de mis decisiones. De haber estado cerca de Octavio hubiera podido mirarlo a los ojos y saber al menos si estaba enamorado de ella, de mí. Con Manuel, lo mismo.

Até los cordones de mis zapatillas, me recogí el pelo con una hebilla y me despedí de los actores.
Vi a Laurie hablando con otro productor que fruncía el ceño cuando salía.

Al llegar a la puerta, dos hombres me miraron. ¿Miranda Rey? preguntó el más alto. Se acercaron apenas hice un gesto afirmativo.Me entregaron su tarjeta y comenzaron a hablar.


El día que el teatro bajó el telón por última vez, yo ya no formaba parte del elenco.


jueves, 13 de agosto de 2009

Desconsolada



En esos minutos en que abracé a Clara sentí el doble de mi propio peso en cada párpado.
La tristeza, la duda y la indignación se habían apoderado por completo de mi mente y no quedaba lugar para un mínimo de razonamiento.

Cuando Clara me alejó de su lado, para acomodarme el pelo y secarme las lágrimas en un gesto de ternura, se encontró con mi mirada perdida, viajando a miles de kilómetros de donde estábamos.

Insistió en que le prestara atención a lo que estaba por decirme. Juraría que tuvo que repetirlo varias veces aunque no podría precisar cuántas.

- Mir, escuchame. Tenés que ser fuerte, que no se acaba el mundo - dijo - Tal vez era algo que estaba en tu destino. Quien sabe lo que viene sea mejor para vos, ¿entendés?


Ni un gesto de mi parte. No podía asimilar lo que ella me decía ni aunque hubiera sabido que sus palabras eran un mantra divino.
Mi cuerpo estaba frente a Clara pero mi mente buscaba oxígeno en alguna verdad que no estaba en condiciones de suponer, ni con fuerza suficiente como para averiguar.

- Miranda, basta. Mañana tenés función, vos no podés estar así. Está tu carrera en juego, tu sueño, tu oportunidad - volvió a decirme - Entremos, dale. Te hago un tecito y nos sentamos juntas a charlar de otras cosas, ¿querés?

Yo no quería, pero me obligó a entrar.

No lo supe en ese momento, pero más tarde Clara me contaría que mi cara de desilusión era tan notoria que apenas atravesamos la puerta El Tano le hizo un gesto de advertencia, indicándole que después hablarían.
Cuando me lo contó sentí culpa pero a ella no pareció importarle. Vos sos mi amiga, me dijo, él llegó después. Y con eso dio por sentado lo que yo ya sabía, que su amistad era incondicional.


Cuando recobré el mínimo de lucidez, después de fumar casi medio atado y tomar un té sin azúcar, me senté frente a la computadora y escribí:

Octavio, sin duda no te imaginabas este mail.
Te aseguro que yo tampoco.
Cuando me pediste que respetara tu decisión de alejarte un tiempo, lo primero que hice fue bloquearte porque no quería enterarme nada de vos. Claro que en mi interior sabía que si tenías ganas de ubicarme encontrarías la forma. Después de todo no hubiera sido tan difícil, ¿no? Ahora entiendo porqué no diste señales...

Por más que decidí mantenerme fuera de tu alcance, hoy las noticias vinieron a mí. Me cayeron encima con todo el peso de lo que habíamos construido y proyectado para los dos, sin aviso.

Así, inerte y desconsolada como estoy ante la novedad, decidí escribirte.
Sólo quiero decirte que me decepcionaste más que el mismísimo Manuel, y eso es decir demasiado. ¿Y sabés por qué? Porque de vos jamás, pero jamás, hubiera esperado semejante acto irracional. Mucho menos que me lastimaras de esta forma.

De nada sirve lo que te escribo ahora, lo sé.
No puede borrarse lo que pasó y hacer de cuenta que nunca existió. Qué fácil sería ¿no?

Sólo me quedaría desearte suerte, si acaso pudiera.
Pero ni eso me sale decirte.

Miranda.



Apreté enviar y me quedé contemplando un rato la copia en el buzón de salida, dándole voz a mis propias palabras, intentando convencerme del final.


Estaba con la mente ausente y los ojos fijos en el monitor, cuando sonó mi celular.

Era Manuel.

viernes, 7 de agosto de 2009

Rimmel




Encendí un cigarrillo antes de que Clara comenzara a hablar.


Clara
- Hablé con en El Tano. Le dije que me contara por qué motivo te había mandado un mail pidiéndote tiempo.

Miranda
- Bueno, decime. No des tanta vuelta. Si es malo prefiero saberlo de una sola vez.

Clara
- Y... es malo, amiga. No sé cómo decírtelo.

Miranda
- Clara, ¡por favor! Ya está, tarde o temprano me lo vas a decir, entonces hablá.

Clara
- ¿Viste que él andaba con la rubia?

Miranda
- Sí, eso lo sabemos. ¿Qué pasa con la rubia?

Clara
- Está embarazada.

Miranda
- ¿Qué? ¿Cómo embarazada? ¿De Octavio?

Clara
- Sí, Mir, de Octavio. Si fuera de otro no te lo contaría como algo malo...

Miranda
- No puede ser, no. Si Octavio es un tipo inteligente...no pudo descuidarse así. Es imposible Clara, ¿estás segura?

Clara
- Me lo dijo El Tano y es su mejor amigo. Yo creo que...

Miranda
- Que me tengo que olvidar, ¿no? ¿Eso me ibas a decir?

Clara
- Sí, es lo mejor.

Miranda
- ¿Me decís vos cómo hago para olvidarme del tipo del que me enamoré y por el cual dejé mi matrimonio? Por él estoy acá, ¿entendés?

Clara
- No, Mir. No mezcles las cosas. Vos dejaste a Manuel porque era una basura que te cagaba con una loca, y vos estás acá porque era tu destino. Acá pudiste intentar ser algo más corriéndote de la mirada de tu entorno. ¿ O no lo ves?

Miranda
- No veo nada, Clara. No puedo ver nada.



Realmente no podía ver.
Las lágrimas me nublaban la vista y la tristeza me apretaba la garganta.

Apagué el cigarrillo con el taco, presionando con rabia las baldosas.
Tenía la mente en blanco cuando Clara me abrazó.
Apoyé mi cabeza en su hombro y dejé que mis lágrimas cargadas de rimmel corrieran sobre el blanco de su camisa.

martes, 4 de agosto de 2009

La mala hora



Mi sexto sentido me torturaba.
Desde que me levantaba, hasta la hora de dormir, sentía el peso de un nubarrón cargado de tormenta sobre la nuca y una piedra del tamaño de un pomelo en la boca del estómago.
Algo andaba mal.

Lo único que me hacía olvidar de a ratos el sentimiento premonitorio, era Clara.
Paseamos todo lo que pudimos y hablamos hasta quedar afónicas.

Por supuesto, fue ella la que me contuvo cuando los medios se ocuparon de la obra.
Después de haber rescatado mi persona - conste que no mi talento - se dedicaron a criticar la puesta en escena, la dirección, la pobre interpretación y hasta la coreografía.

El ánimo en el teatro no se parecía en nada al del estreno, cuando las carcajadas y las miradas esperanzadas se asomaban entre las bambalinas. Ahora todo era silencio en los camarines, interrumpido por algún rumoreo en voz baja que sin duda tenía que ver con las noticias.

La cara de Laurie evidenciaba preocupación y eso se trasladaba a todos los que conservábamos la ilusión de protagonizar un éxito. A la prensa no le había gustado. Era una realidad y había que asumirlo.

La sensación de que algo malo estaba por ocurrir seguía latente, acompañándome por donde fuera. Había algo más, que no tenía que ver con el hecho de estar protagonizando un fracaso, y que aún no podía descifrar qué era.

Hasta que llegué a casa después de la función y vi las señas de Clara, alertándome de que tenía algo para decirme.
Le pregunté si me acompañaba a la puerta a fumar, aprovechando que la noche estaba linda. Por la mirada del Tano, que nos atravesó la espalda, supongo que intuía que ella iba a contarme lo que él había revelado sobre Octavio. Su cara de resignación fue lo último que recuerdo haber visto antes de concentrarme en las palabras de Clara.

La verdad que tenía para decirme confirmaba que mi sexto sentido funcionaba como un reloj.
Ese reloj marcaba el inicio de la mala hora.

viernes, 31 de julio de 2009

Recreo


No le respondí. Preferí que el silencio dijera todo por mí.

Claro que eso no significaba que me alegrara su mail, ni que me resignara a ese tiempo entrecomillado al que me sometía sin quererlo. Lo único que podía pensar era en su decisión. ¿Qué podía hacer ante un pedido de su parte ? ¿Había forma de modificar lo que él sentía o de eliminar los fantasmas que lo perseguían aún estando a la luz del sol?

Sentí un poco de impotencia que se agravó al acomodar las flores y recortar las hojas menos verdes. Un pensamiento insólito se clavó en mi desconfianza y, sin quererlo, la idea de que Octavio disimulaba una verdad fue creciendo con el paso de las horas.


Miranda
- Clara, creo que Octavio sigue con la rubia.

Clara
(entrando en la cocina con el resto de las flores)
- ¿Qué dice el mail? No me dijiste.

Miranda
- Me pide un tiempo. Dice que está torturado con la idea de que todos los hombres de Nueva York quieran conquistarme por un par de fotos mías que salieron en los medios.

Clara
- ¡Qué exagerado! Y bueno, es hombre, ¿qué pretendés?

Miranda
- Octavio no es así. Se bancó una relación clandestina mientras yo estaba con Manuel, ¿entendés? Pensá que debería tener más certezas que dudas sabiendo que yo dejé mi matrimonio por amor a él.

Clara
- Te entiendo, ¿y entonces ?

Miranda
- Se me metió en la cabeza que sigue con ella. Creo que por eso manejó todo por teléfono, para no verte.

Clara
- Pucha, puede ser. El Tano debería saber, ¿no? Será su mejor amigo pero también es mi pareja. Y hay ciertas cosas que una novia puede lograr que un amigo no. Dejámelo a mí.



Necesitaba un recreo después de tanto ajetreo emocional. Clara estaría a mi lado sólo por tres días y pretendía aprovecharla. El éxito me invitaba a dormir abrazados y Rafael ya no me acosaba. Tenía que permitirme disfrutar y, para eso, no debía permitir que se filtraran motivos que arruinaran mi momento.

Si era tiempo lo que él necesitaba, iba a dárselo.

Apelé a lo más racional de mí y me prometí no pensar en él.
Sólo me atreví a recordar su nombre en dos oportunidades.
La primera, cuando lo bloqueé de mi casilla de correo.
La segunda, cuando tiré las flores que me había regalado.



miércoles, 29 de julio de 2009

Flores en agua



Clara y El Tano se instalaron en la casa de Lucía y Gerardo.
De sólo pensar que durante los próximos días iba a poder compartir el desayuno con mi amiga me daban ganas de saltar en el lugar como cuando era chica y me alegraba con los sobres que contenían las figuritas del álbum que me faltaban.

Esa noche fuimos a cenar todos juntos. Competimos, sin quererlo, para ver quién hablaba más en la mesa. Queríamos decirnos todo al mismo tiempo, comer, pedir más vino y hasta brindar por el reencuentro y el estreno. Demasiado. Un exceso de felicidad impensado.

Claro que en el paseo de vuelta pude tener a Clara para mí sola. Me pegué a su lado para fumar mientras andábamos y para que me pusiera al tanto de lo que pasaba en Buenos Aires.

No sabía nada de Manuel, lo que me dejaba tranquila aunque siempre a la espera de que en algún momento decidiera fastidiarme con su incapacidad para resignarse. Mamá y papá le habían dado un regalo para mí, que me lo daría al llegar a la casa de Lucía, y que resultó ser una cadenita con dijes que auguraban buena suerte al por mayor.

Con El Tano las cosas iban muy encaminadas, lo que me daba un plus de alegría al ver como brillaban sus ojitos al mirarlo de reojo mientras me lo contaba.

Llegó el turno de Octavio.

- Hace unos días que ni El Tano ni yo lo vemos. Sólo lo llamé dos veces por teléfono para hablar de tus notas que aparecían en la web y para tratar de convencerlo de que viniera. Pero bueno, no pudo, ¿viste?

- Sí, ya me lo contaste. ¿Cómo fue que te dijo que no podía venir? ¿Qué excusa te dio?

- Ya te dije, la falta de guita, Miru. Ah, y tenía un proyecto grande en el laburo, creo.

- Bueno, me alegro por él.

- Dale, zonza, alegrate en serio. Seguro que te mandó mail. ¿Ya los chequeaste?


Al llegar a casa fue lo primero que hice. Abrí mi cuenta de Gmail y ahí estaba.


Para:mirandarey@gmail.com
De:octavio@gmail.com
asunto:¡Exitos!

Mir, no sé si alcanzo a saludarte y pegarte un abrazo virtual antes del estreno. De todas maneras sabés que voy a estar ahí presente en una butaca especial, al menos con mi imaginación.

Me hubiera gustado estar en este día y entregarte las flores en mano, pero...también me hubiera gustado que muchas cosas fueran distintas.
La idea que me persigue desde que leí tu nota y fantaseé con los tipos que puedan andar detrás tuyo, no me deja dormir. No sólo eso, ya se adueñó bastante de mis días. Ese pensamiento, que tal vez te parece ridículo, me asalta sin aviso mientras me lavo los dientes, cuando manejo y cada vez que quiero concentrarme en algo. Ahí está, jodiéndome sin tregua.

Tal vez sea una señal, un aviso de algo que no podés decirme, no sé. ¿Tendré que entender que la distancia te hará enamorarte de otro?

Por ahora, sólo se me ocurre pedirte un tiempo para ver como sobrevivo a esta pequeña tortura que me inventé para tener algún motivo nuevo para enojarme con vos.

Cuidá mis flores.

Y perdoname.

Yo





Cerré los puños al mismo tiempo que mis ojos, llena de desencanto y bronca.
Conté hasta doscientos, encendí un cigarrillo y puse las flores en agua.






lunes, 27 de julio de 2009

El estreno



Se levantó el telón ante una sala llena.

Los minutos previos habían estado plagados de nervios y flores. Seis ramos llegaron a mi camarín durante la tarde. Uno de Laurie, otro de Lucía y Gerardo, uno de Mamá y Papá, otro inmenso y blanco de Octavio, uno más pequeño de Clara y el último, de Rafael. Me emocionaba ser la receptora de tanto afecto, al menos por un rato.

Después, la concentración final mientras preparaba mi voz para salir al escenario.

Una magia particular se percibía entre las bambalinas.
Nunca me imaginé que decenas de luces y un aplauso cerrado me hicieran sentir tan diminuta. El peso de la alegría era tan grande que supuse que mis piernas no serían lo suficientemente fuertes para sostenerlo. Fue raro, y maravilloso a la vez, distinguir esa masa de espectadores anónimos a la que creía estar acostumbrada en Buenos Aires pero que a miles de kilómetros se sentía tan distinto.
Si uno llevara una lista de acontecimientos inolvidables de la vida sin duda ese día estaría entre los primeros cinco de la mía.


La función fue un éxito. Lo que sucedió después, aún más.

Lucía y Gerardo me esperaban en la puerta del teatro, pero no estaban solos. A sus espaldas, semi escondidos, distinguí los rostros de mi querida amiga Clara y de El Tano.
El abrazo que nos dimos nos dejó los huesos cansados y el corazón latiendo acelerado.

Sólo se quedaban tres días que los imaginé como una tregua en medio de todo lo que me había pasado y de esa soledad a la que no podía acostumbrarme.

Cuando la emoción dio paso a la razón hice la pregunta obligada:

Miranda
- Clar, ¿hablaste con Octavio?

Clara
- Mmm...sí. Me dijo que te mandara un par de flores en su nombre.

Miranda
- Ah...¿no las mandó él?

Clara
- No, no, sólo me dio la plata. Las mandé yo junto con las mías. Ojo, que me dijo que fueran blancas, eso sí.

Miranda
- ¿ Y no podía venir?

Clara
- No, dijo que se había quedado sin un peso después del viaje anterior pero que le hubiera encantado estar acá.

Miranda
- Bueno, mala suerte, ¿no?

Clara
- Dale, che, no pongas esa cara. Es el día del debut, estamos nosotros, ¿que más querés?

Miranda
- Nada, nada. Tenés razón, me sobran motivos para estar feliz hoy. Gracias por venir, amiga, fue una enorme sorpresa...


Pero en parte le mentía.
Me faltaba un motivo para coronar el día.
Me faltaba Octavio.




Nota extra: Gracias a todos los que me mandaron mails y mensajes por mi cumpleaños. Siempre es bienvenida una cuota adicional de afecto. ¡Gracias!