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sábado, 12 de diciembre de 2009

Feliz rutina



Hubo un rotundo sí de mi parte que llegó luego de una negociación.
Iba a haber ritual de boda, que podría devenir en casamiento real el día en que obtuviera el divorcio, pero antes tenía que prometerme que jamás volvería a desconfiar de mi palabra. Ni siquiera de mi silencio.

Prometió sin dudarlo y un dejo de remordimiento al recordar a Octavio me arrugó el alma.
Una dosis de perdón hacia mi misma, seguida de una lista de justificativos, me permitieron hacer un bollito con la culpa y echarlo al tacho de basura.



- ¿Eso es un sí de verdad? Decime: Sí, quiero, como en las películas - se rió entusiasmado.

- Sí, quiero, Javi. Obvio que quiero.


La sonrisa de Javier llenó la habitación de luz y el corazón se le transparentó a través de la camisa.





Y así volvimos a la rutina de fotos, publicidades y campañas amenizadas por sesiones de amor y compras en el supermercado bien agarrados de la mano, marcando un límite invisible entre nuestro mundo y el ajeno.

Nos mudamos a un planeta propio en el que brotaban sonrisas de las macetas y las ilusiones se hamacaban en el tender.
Desayunábamos en la cama, impregnados de proyectos soñados por las noches y dibujados a mano en servilletas de papel.

Mi pequeño barco sin timón sentía que por primera vez se tomaba un descanso en las tranquilas aguas de la feliz rutina.

Y una felicidad tan esperada sólo podía venir en tamaño extra large.

jueves, 3 de septiembre de 2009

In Fraganti



El sábado siguiente fue mi última función.
Laurie entendió mi alejamiento de la obra y hasta se mostró feliz. Me alegro de haberte dado una pequeña mano - dijo - ahora ya podés seguir sola.

Rafael no lo tomó de la misma manera. Una vez que se bajó el telón, se acercó a reprocharme el porqué de mi abandono (?). Lo ignoré, sabiendo que era la mejor alternativa y, además, gozando de la seguridad que me daba el sentirme nuevamente acompañada por una figura masculina como la de Javier, quien me esperaba en el camarín.

Hacía apenas unos días de nuestro primer encuentro pero Javier no escatimaba a la hora de manifestarme su interés. Me pasaba a buscar por el teatro y cenábamos en algún restaurante o cocinaba en su departamento. Siempre me traía flores o algo que le hubiera hecho recordarme durante el día, como un libro de fotografías de actrices de los años cuarenta que me dio apenas terminó la función.

Me despedí del elenco y le di un fuerte abrazo a Laurie, prometiéndole una cena de agradecimiento para cuando quisiera venir a visitarme. Rafael me dio la espalda cuando me acerqué a saludarlo, supongo que fastidiado por la presencia de Javier.

Salimos del teatro, abrazados y aislados del mundo, completamente concentrados en la mutua compañía y en ese idilio de los romances repentinos.
Cuando estábamos por cruzar la calle, mientras esperábamos la luz verde del semáforo, me sorprendió con un beso de esos que tienen el encanto del impulso, hasta que algo me distrajo.

Una voz familiar, cargada de furia, gritaba mi nombre en plena calle.

- ¡Miranda, hija de puta!

Fue lo último que escuché antes de que el primer puño impactara en la cara de Javier.

martes, 25 de agosto de 2009

En movimiento



Tardé dos días en llamar a Javier para manifestarle mi intención de aceptar la propuesta.

En mi interior ya había decidido que era una buena posibilidad que no podía desperdiciar, sobre todo, considerando las palabras de Laurie que anticipaban el final de la obra, pero esperé un tiempo prudencial para dar mi respuesta con la clara intención de no sonar desesperada.

- Hola - atendió Javier.

- Hola, Javier, habla Miranda. Soy la chica de... - comencé a decir.

- No hace falta que me aclares, estaba esperando tu llamado - me interrumpió.

- Ah, genial - dije - Era para decirte que estuve analizando la idea y creo que puedo ser capaz de intentarlo.

- Es una excelente noticia - respondió con entusiasmo - ¿Puedo invitarte a cenar para contarte un poco más de la propuesta?

- Sí, claro, no hay problema - contesté sin dudar.

- Perfecto, ¿te parece que pase a buscarte en dos horas? - preguntó.

- Dale, me parece. ¿Recordás la dirección?

- Claro, tengo buena memoria para los asuntos de importancia - contestó.


Corté con la certeza de saber que estaba yendo por el camino correcto, que no había casualidades y que la aparición de Javier era mucho más que un simple encuentro en mi travesía.

Subí a mi cuarto y, después de bañarme, me enfrenté al placard en la búsqueda de un look adecuado. Como hacía mucho calor, opté por un vestido color claro, casi blanco, y unas chatitas plateadas que combinaban con el herraje de mi cartera. Cuando estaba lista subió Lucía, que se ofreció a prestarme su mejor perfume.

- Esto es más que una cena de negocios, ¿no? - me preguntó sentada en el borde de mi cama.

- No creo, Lu - respondí - por lo pronto es una posibilidad nueva, que llega justo en el momento en que empezaba a creer que todo volvía a desmoronarse.

- ¿Pero qué tal está Javier? ¿Es lindo? - siguió.

- Sí, es muy atractivo. ¿Eso te alcanza para hacerte la película? - me reí.

- Me sobra, Mir. No veo la hora de que conozcas a un tipo como la gente. Voy a cruzar los deditos, ¿me dejás?

- Te dejo que cruce los dedos para que esta sea una buena posibilidad laboral - respondí.

- Bueno, bueno, por algo se empieza - contestó.


Un rato después sonaba el timbre que anunciaba el inicio de mi nueva movida sobre el tablero de ajedrez.
El mismo que tantas veces me había visto derrotada en sus casilleros.

domingo, 23 de agosto de 2009

Pies al cielo



- Dale, ¿por qué no? - fue mi forma de aceptar que me lleve.


Su auto estaba a pocas cuadras, en el estacionamiento de la agencia. Caminamos a paso lento, hablando de cosas triviales que aflojaban la tensión que suele existir entre dos personas que acaban de conocerse.

Esperé junto a la entrada a que retirara su auto. Apenas me subí, pude ver que el asiento de atrás apilaba carpetas con producciones fotográficas y un bolso que supuse que contenía material de trabajo. Detectó mi mirada y me permitió que curioseara aquello que me interesaba.
Tomé la carpeta más grande y descubrí un mundo de mujeres en blanco y negro y tonos sepia. Miradas impactantes, siluetas casi celestiales. Imaginé mi perfil en alguna toma de su lente, mis hombros al descubierto, el pelo cayendo apenas sobre un costado. Sentí entusiasmo y él lo percibió en la dedicación con que me detenía en cada imagen.

- ¿Te gustan? - preguntó cuando ya estábamos por llegar.

- Sí, me encantan. Siempre me gustó la fotografía pero jamás sospeché que alguien podría verme como un objeto que merezca ser retratado.

- No sos precisamente un objeto - rió - Te corregiría diciendo que sos algo que podría hipnotizar a cualquier ojo con buen gusto.

- ...

- ¿Dije algo malo? -quiso saber.

- No, no, sólo que me sorprendió tu definición. No la esperaba -dije tímidamente.

- ¿ Es acá ? - preguntó cuando estábamos a diez metros de la puerta de entrada.

- Sí, acá vivo -dudé - ¿Querés pasar y mostrarme el resto de las fotos?

- Me encantaría, pero no quiero invadirte. Creo que necesitás pensar la propuesta sin nada que te influencie. En ese caso, la influencia seríamos yo y mis ganas de que posaras ante mis ojos.

- Bueno, como prefieras. Lo pienso y los llamo. Te llamo.- me corregí.

- Perfecto. Gracias por - hizo una pausa - por dejar que te acompañe.

Lo saludé y me bajé del auto con su perfume colgando de mi nariz. Mis pies parecían separados del suelo y mi cuerpo invadido por sensaciones encontradas.
Abrí la puerta aún nerviosa por el encuentro, rebobinando sus palabras y sus gestos.

Apenas vi a Lucía en la cocina le dije:

- Voy a renunciar al teatro. Tengo un nuevo trabajo.


viernes, 21 de agosto de 2009

¡Click!



- Hola, encantado, soy Alan - dijo el más bajo mientras estrechaba mi mano.

- Yo soy Javier - agregó el compañero, más alto y muchísimo más atractivo.

- Bueno, ya saben que soy Miranda Rey, no hace falta que me presente - dije sonriendo.

- Por supuesto que no, eso sería una redundancia - siguió Alan en perfecto inglés.

- Me gustaría que me dijeran por qué motivo me buscan. ¿Son de migraciones? Puedo mostrarles mi permiso de trabajo, tengo todos los papeles en orden - volví a sonreír.

- No - rió Javier - no hace falta, no tenemos nada que ver con el gobierno. ¿Podremos invitarte con un café en el bar de enfrente?

- Por supuesto, esto ya empieza a intrigarme - dije.


Nos sentamos en la única mesa disponible junto a la ventana. El reflejo de la luz caía sobre el perfil de Javier y me regalaba una porción de su masculinidad y unos inmensos ojos negros que me miraban.

- Los escucho.

El que hablaba era Alan, que parecía ser quien manejaba los negocios. Cada tanto, Javier agregaba un comentario y volvía a incomodarme con su mirada. No porque lo hiciera de manera incorrecta, sino porque lograba que mi cuerpo respondiera de forma extraña al encanto que escondían sus ojos.

- Queremos proponerte que trabajes para nosotros - continuó Alan, logrando que volviera a concentrarme en su discurso.

- ¿Algún papel en una obra? ¿Televisión? - pregunté controlando mi ansiedad.

- No precisamente. Queremos que te dediques a la moda - sonó convencido de su plan.

- ¿A la moda? Yo no soy modelo - agregué desorientada.

- Tenés todo para serlo - metió su bocadillo Javier y yo le devolví una tímida sonrisa como agradecimiento.

- Tenemos algunos clientes que están buscando una cara nueva para su marca. Sería cuestión de presentarles una serie de fotos para que ellos den la última palabra, pero conocemos su gusto y creemos que sos la imagen perfecta para ciertos productos - siguió Alan - Javier es el fotógrafo de la agencia, podrían combinar, si te interesa, para hacer la producción fotográfica.

- ¿Puedo pensarlo? Yo soy actriz y acabo de encontrarme con la posibilidad de actuar en un mercado apropiado para mis expectativas. No sé si deba dejar ese camino - dije con sinceridad pero sin descartar la propuesta.

- Podés pensarlo, claro - se sumó Javier - Pero deberías considerar esta oportunidad como un escalón que puede llevarte más alto.

- Bueno, yo los llamo. ¿Si?

La reunión terminó al despedirnos en la puerta con la promesa de mi llamado.

Hice dos pasos en dirección a la avenida cuando un chistido me obligó a darme vuelta.


- Perdoname - gritó desde unos metros más atrás - ¿te puedo alcanzar a tu casa?


Era Javier, el fotógrafo de ojos negros.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Detrás de la actriz



La semana se convirtió en un caldero donde se mezclaban la partida de Clara, mi desilusión por la paternidad de Octavio y la propuesta de Manuel.
Todo revuelto, crudo, cocinándose en mi cabeza.

El toque de condimento llegó de la mano de Laurie. Miranda, no creo que duremos mucho tiempo en escena. Las críticas suelen afectar la boletería y esto, más allá del arte, es un negocio.

A ocho días del estreno, Laurie sentenciaba el final de mi ilusión de triunfar en Broadway.
El era entendido en ganancias y pérdidas de producciones teatrales. Yo, sólo de aquellas del corazón.

Lo miré con desazón y le pedí que me contara cuáles eran sus planes a corto plazo. Si esto no se revierte bajamos el telón.

Habíamos terminado una nueva función con varias butacas vacías que ya no se llenaban con familiares y amigos. Los aplausos sonaban opacos y sin entusiasmo. El brillo sólo le pertenecía al vestuario y ciertos toques de maquillaje.

El éxito me esquivaba en mi vida personal y profesional. Las dudas se convertían en mi almuerzo diario. Octavio, Manuel, Nueva York, ¿qué hacer con ellos?
La distancia no favorecía ninguna de mis decisiones. De haber estado cerca de Octavio hubiera podido mirarlo a los ojos y saber al menos si estaba enamorado de ella, de mí. Con Manuel, lo mismo.

Até los cordones de mis zapatillas, me recogí el pelo con una hebilla y me despedí de los actores.
Vi a Laurie hablando con otro productor que fruncía el ceño cuando salía.

Al llegar a la puerta, dos hombres me miraron. ¿Miranda Rey? preguntó el más alto. Se acercaron apenas hice un gesto afirmativo.Me entregaron su tarjeta y comenzaron a hablar.


El día que el teatro bajó el telón por última vez, yo ya no formaba parte del elenco.


martes, 4 de agosto de 2009

La mala hora



Mi sexto sentido me torturaba.
Desde que me levantaba, hasta la hora de dormir, sentía el peso de un nubarrón cargado de tormenta sobre la nuca y una piedra del tamaño de un pomelo en la boca del estómago.
Algo andaba mal.

Lo único que me hacía olvidar de a ratos el sentimiento premonitorio, era Clara.
Paseamos todo lo que pudimos y hablamos hasta quedar afónicas.

Por supuesto, fue ella la que me contuvo cuando los medios se ocuparon de la obra.
Después de haber rescatado mi persona - conste que no mi talento - se dedicaron a criticar la puesta en escena, la dirección, la pobre interpretación y hasta la coreografía.

El ánimo en el teatro no se parecía en nada al del estreno, cuando las carcajadas y las miradas esperanzadas se asomaban entre las bambalinas. Ahora todo era silencio en los camarines, interrumpido por algún rumoreo en voz baja que sin duda tenía que ver con las noticias.

La cara de Laurie evidenciaba preocupación y eso se trasladaba a todos los que conservábamos la ilusión de protagonizar un éxito. A la prensa no le había gustado. Era una realidad y había que asumirlo.

La sensación de que algo malo estaba por ocurrir seguía latente, acompañándome por donde fuera. Había algo más, que no tenía que ver con el hecho de estar protagonizando un fracaso, y que aún no podía descifrar qué era.

Hasta que llegué a casa después de la función y vi las señas de Clara, alertándome de que tenía algo para decirme.
Le pregunté si me acompañaba a la puerta a fumar, aprovechando que la noche estaba linda. Por la mirada del Tano, que nos atravesó la espalda, supongo que intuía que ella iba a contarme lo que él había revelado sobre Octavio. Su cara de resignación fue lo último que recuerdo haber visto antes de concentrarme en las palabras de Clara.

La verdad que tenía para decirme confirmaba que mi sexto sentido funcionaba como un reloj.
Ese reloj marcaba el inicio de la mala hora.

miércoles, 29 de julio de 2009

Flores en agua



Clara y El Tano se instalaron en la casa de Lucía y Gerardo.
De sólo pensar que durante los próximos días iba a poder compartir el desayuno con mi amiga me daban ganas de saltar en el lugar como cuando era chica y me alegraba con los sobres que contenían las figuritas del álbum que me faltaban.

Esa noche fuimos a cenar todos juntos. Competimos, sin quererlo, para ver quién hablaba más en la mesa. Queríamos decirnos todo al mismo tiempo, comer, pedir más vino y hasta brindar por el reencuentro y el estreno. Demasiado. Un exceso de felicidad impensado.

Claro que en el paseo de vuelta pude tener a Clara para mí sola. Me pegué a su lado para fumar mientras andábamos y para que me pusiera al tanto de lo que pasaba en Buenos Aires.

No sabía nada de Manuel, lo que me dejaba tranquila aunque siempre a la espera de que en algún momento decidiera fastidiarme con su incapacidad para resignarse. Mamá y papá le habían dado un regalo para mí, que me lo daría al llegar a la casa de Lucía, y que resultó ser una cadenita con dijes que auguraban buena suerte al por mayor.

Con El Tano las cosas iban muy encaminadas, lo que me daba un plus de alegría al ver como brillaban sus ojitos al mirarlo de reojo mientras me lo contaba.

Llegó el turno de Octavio.

- Hace unos días que ni El Tano ni yo lo vemos. Sólo lo llamé dos veces por teléfono para hablar de tus notas que aparecían en la web y para tratar de convencerlo de que viniera. Pero bueno, no pudo, ¿viste?

- Sí, ya me lo contaste. ¿Cómo fue que te dijo que no podía venir? ¿Qué excusa te dio?

- Ya te dije, la falta de guita, Miru. Ah, y tenía un proyecto grande en el laburo, creo.

- Bueno, me alegro por él.

- Dale, zonza, alegrate en serio. Seguro que te mandó mail. ¿Ya los chequeaste?


Al llegar a casa fue lo primero que hice. Abrí mi cuenta de Gmail y ahí estaba.


Para:mirandarey@gmail.com
De:octavio@gmail.com
asunto:¡Exitos!

Mir, no sé si alcanzo a saludarte y pegarte un abrazo virtual antes del estreno. De todas maneras sabés que voy a estar ahí presente en una butaca especial, al menos con mi imaginación.

Me hubiera gustado estar en este día y entregarte las flores en mano, pero...también me hubiera gustado que muchas cosas fueran distintas.
La idea que me persigue desde que leí tu nota y fantaseé con los tipos que puedan andar detrás tuyo, no me deja dormir. No sólo eso, ya se adueñó bastante de mis días. Ese pensamiento, que tal vez te parece ridículo, me asalta sin aviso mientras me lavo los dientes, cuando manejo y cada vez que quiero concentrarme en algo. Ahí está, jodiéndome sin tregua.

Tal vez sea una señal, un aviso de algo que no podés decirme, no sé. ¿Tendré que entender que la distancia te hará enamorarte de otro?

Por ahora, sólo se me ocurre pedirte un tiempo para ver como sobrevivo a esta pequeña tortura que me inventé para tener algún motivo nuevo para enojarme con vos.

Cuidá mis flores.

Y perdoname.

Yo





Cerré los puños al mismo tiempo que mis ojos, llena de desencanto y bronca.
Conté hasta doscientos, encendí un cigarrillo y puse las flores en agua.






lunes, 27 de julio de 2009

El estreno



Se levantó el telón ante una sala llena.

Los minutos previos habían estado plagados de nervios y flores. Seis ramos llegaron a mi camarín durante la tarde. Uno de Laurie, otro de Lucía y Gerardo, uno de Mamá y Papá, otro inmenso y blanco de Octavio, uno más pequeño de Clara y el último, de Rafael. Me emocionaba ser la receptora de tanto afecto, al menos por un rato.

Después, la concentración final mientras preparaba mi voz para salir al escenario.

Una magia particular se percibía entre las bambalinas.
Nunca me imaginé que decenas de luces y un aplauso cerrado me hicieran sentir tan diminuta. El peso de la alegría era tan grande que supuse que mis piernas no serían lo suficientemente fuertes para sostenerlo. Fue raro, y maravilloso a la vez, distinguir esa masa de espectadores anónimos a la que creía estar acostumbrada en Buenos Aires pero que a miles de kilómetros se sentía tan distinto.
Si uno llevara una lista de acontecimientos inolvidables de la vida sin duda ese día estaría entre los primeros cinco de la mía.


La función fue un éxito. Lo que sucedió después, aún más.

Lucía y Gerardo me esperaban en la puerta del teatro, pero no estaban solos. A sus espaldas, semi escondidos, distinguí los rostros de mi querida amiga Clara y de El Tano.
El abrazo que nos dimos nos dejó los huesos cansados y el corazón latiendo acelerado.

Sólo se quedaban tres días que los imaginé como una tregua en medio de todo lo que me había pasado y de esa soledad a la que no podía acostumbrarme.

Cuando la emoción dio paso a la razón hice la pregunta obligada:

Miranda
- Clar, ¿hablaste con Octavio?

Clara
- Mmm...sí. Me dijo que te mandara un par de flores en su nombre.

Miranda
- Ah...¿no las mandó él?

Clara
- No, no, sólo me dio la plata. Las mandé yo junto con las mías. Ojo, que me dijo que fueran blancas, eso sí.

Miranda
- ¿ Y no podía venir?

Clara
- No, dijo que se había quedado sin un peso después del viaje anterior pero que le hubiera encantado estar acá.

Miranda
- Bueno, mala suerte, ¿no?

Clara
- Dale, che, no pongas esa cara. Es el día del debut, estamos nosotros, ¿que más querés?

Miranda
- Nada, nada. Tenés razón, me sobran motivos para estar feliz hoy. Gracias por venir, amiga, fue una enorme sorpresa...


Pero en parte le mentía.
Me faltaba un motivo para coronar el día.
Me faltaba Octavio.




Nota extra: Gracias a todos los que me mandaron mails y mensajes por mi cumpleaños. Siempre es bienvenida una cuota adicional de afecto. ¡Gracias!

viernes, 24 de julio de 2009

Ensayo final



Los sucesivos días de ensayo fueron más de lo mismo.
Un ritual metódico que incluía camarines, arreglos de vestuario, conversar un poco con el resto de los actores y, al finalizar, tomar cerveza en algún bar.

La publicación de mi foto en ciertos periódicos significó, para algunos del elenco, considerarme una molesta rival en el camino a la posible fama. Me costó varias sonrisas post ensayos que intentaran verme como una más del elenco.
A esa altura ya me había acostumbrado a la idea de que tal vez esas miradas celosas regresaran el día del estreno.
Por suerte, Lucía y Gerardo festejaban a la par mía cada pequeña nota que incluía mi nombre o mi foto en los diarios y hasta un par de comentarios que se oyeron en la radio.

Era raro estar ahí disfrutando de un inmerecido reconocimiento, sobre todo, porque los elogios hacían más referencia a mis virtudes físicas que a mis aptitudes interpretativas.
Esto último no le cayó de buena manera a Octavio, que una vez que se enterara por medio de Clara, me envió un mail diciendo: Espero que sepas cuidarte. Imagino una hilera de hombres intentando conocer en vivo a esa Miranda de la que hablan los medios.

Supongo que a través de la boca de Clara, y la exageración que la caracteriza, lo mínimo que se habrá imaginado era mi foto en primera plana del New York Times y un séquito de maduros esperándome en la puerta del teatro con los labios entreabiertos dejando a la vista sus colmillos.

No le contesté. Si no había tenido el gusto de conocer mi forma de comportarme en determinadas situaciones, no se las iba a explicar vía mail.

El ensayo final fue un rotundo éxito. Laurie y el resto de la producción aplaudieron entusiasmados cuando sonó la nota final. Habíamos logrado un musical digno y, en lo personal, me asombraba por lo pasable que resultaba mi voz en los pasajes cantados.


En el teatro sólo se oían risas y festejos, y se veían rostros orgullos delante de los flashes.

Todo estaba listo para el estreno.
Para que se levantara el telón y que el tiempo de la felicidad empezara a correr.




martes, 21 de julio de 2009

El Reportaje



La semana traía de todo. Palabras de amor llegando del sur, clases de canto donde mi voz aprendía a sonar dignamente y ensayos tortuosos...

Comencé a dedicarle tiempo al guión, al que sólo había mirado por arriba, sin demasiada dedicación. Me puse en contacto con mi personaje segundón, una rubia descocada, con el corazón herido, que ya no confiaba en los hombres y que sólo se acercaba a ellos en busca de dinero.
Me desanimé un poco al notar que no tenía demasiado texto, aunque su presencia fuera la que causara varios conflictos en la obra.
Mi personaje imponía su estampa, sin pasar jamás desapercibida por el resto de los personajes. Supuse que el mismo efecto causaría en el público y practiqué miradas fulminantes y poses de mujerzuela dispuesta a cazar candidatos que me aseguraran el éxito a pesar de mi pobre parlamento.

Los ensayos comenzaron.
Un Laurie sonriente y amable, un camarín compartido con Daphne, la protagonista del musical, y un par de miradas insinuantes por parte de Rafael, con quien compartía casi todas las escenas, empezaron a formar parte de mi rutina entre las bambalinas.
Había un par de líneas que me obligaban a mantener un diálogo con él, en pleno intento mío por conquistarlo, lo que requería de una gran concentración de mi parte para no vomitar sobre su traje a rayas. La sola idea de pensar en un posible entusiasmo de su parte me generaba repentinas nauseas y debía apelar a más de una técnica para lograr acariciarlo.

Lo mejor, llegó casi a fin de semana.
Al final del ensayo, en el que se veían los progresos a nivel coreográfico y la letra fluía con gran facilidad, noté que tres periodistas aguardaban a que termináramos.
Fue ahí cuando Laurie me indicó que acompañara a Daphne y a Eddy, el protagonista masculino, para que fuéramos entrevistados.

Fue una charla amena, seguida de fotos en conjunto e individuales.
Me emocionaba fantasear con la idea de que algún editor eligiera la foto en que posábamos los tres y que mi cara con peluca platinada llegara a manos de desconocidos.

Lo que jamás hubiera imaginado, era que la foto que dos de los medios gráficos eligieran fuera mi retrato.
Lo más impactante no era eso, sino las palabras situadas al pie: " Incipiente talento extranjero impacta en el Off Broadway" y "Un rostro que fulmina a la platea".

Hablaban de mí.

sábado, 18 de julio de 2009

Alegría por tres



Después de mi clase de canto, y llevándome a cuestas las felicitaciones de la profesora por mis grandes avances, decidí ir a caminar por el Soho.


Una vez ahí, la idea de pasear sola y poder disfrutar de la ausencia de Rafael, dejó de parecerme una buena alternativa cuando vi a Laurie tomando café en el mismo bar al que yo acababa de entrar.
Apenas me vio le hizo señas a su acompañante, un hombre unos diez años mayor que él, y se acercó a saludarme.

Hablamos sólo unos minutos, los suficientes como para pedirme disculpas por el episodio de la mañana y por haber sido descortés sobre el final.

Sin duda, lo que yo creía que podía llegar a jugarme en contra en mi carrera, sólo había sido un inoportuno traspié producto de mi personalidad impulsiva.

Todo está en orden - pensé mientras lo saludaba con la promesa de vernos en el ensayo.

Tomé un capuccino macchiato junto a la vidriera, mientras dejaba mi mente en blanco por una media hora.

Lentamente, volvía a ser la misma Miranda de antes de conocer a Rafael.




Cuando llegué a la casa de Lucía, lo primero que hice fue tomar el teléfono y marcar el número de Clara. Realmente extrañaba a mi amiga.


Clara
- Hola.

Miranda
- ¡Hola amiga!

Clara
- ¿Mir? No te puedo creer...¡justo estábamos hablando de vos!

Miranda
- ¿Hablando? ¿Quiénes?

Clara
- El Tano, Octavio y yo...

Miranda
- Escuchame atentamente, Clara. No se te ocurra decir nada que les permita darse cuenta que estamos hablando en clave. Vos sólo decime si o no a lo que yo te pregunto. ¿Dale? Bueno, tampoco seas muy obvia, no digas "si, no, si, no" como un ping pong, ¿okey?

Clara
(comprendiendo)
- Ah, dale, dale.

Miranda
- ¿Está solo o está con la chiruza?

Clara
- Sí, está bien.

Miranda
- ¡Genial! ¡Te preguntó por mí?

Clara
- Como siempre, Miru.

Miranda
- ¡Ay, qué lindo!¿Sigue saliendo con la enana pigmea?

Clara
- Me mataste...hace unos días te hubiera dicho que sí, hoy no sé. Está raro el clima.

Miranda
- ¿El clima? ¿Qué clima?

Clara
(riendo)
- Ay, nena. ¡Al final la lerda sos vos!

Miranda
- Ah...perdoname. ¿Te parece que están raras las cosas entre ellos, decís?

Clara
- Tal cual, tal cual. Uh, esperá, esperá, que alguien te quiere hablar. Besit...

Antes de que pudiera despedirse por completo, Octavio le robaba el tubo y me sorprendía del otro lado del teléfono.

Octavio
- Hola bombona.

Miranda
- Epa, como estamos de cariñosos. ¿Te suprimeron la dósis de mimos marca rubia desteñida?

Octavio
(divertido)
- No cambiás más, eh. Igual sabés que yo te quiero así, ¿no?

Miranda
- Bueh, quién sabe. Digamos que sí, pero no es un sí rotundo, que te quede claro.

Octavio
- ¿Y para que sea un sí rotundo que debería pasar?

Miranda
- Primero, enterarme que a la mongui esa no la ves más. Segundo, que me demuestres que me amás más allá de un par de mails. Tercero...

Octavio
- ¿Tercero?

Miranda
- No sé, a veces creo que te exijo demasiado.

Octavio
- Veo que soplan aires de cambio en Nueva York. Me alegra que seas capaz de reconocer algunas cosas.

Miranda
(cambiando el rumbo de la charla)
- ¿ Vos para que me querías hablar?

Octavio
- Para desearte suerte. Me dijo Clara que empezás los ensayos el lunes.

Miranda
- Ah, sí, sí, gracias. ¿Sólo eso te contó?

Octavio
- Sí. ¿Había más para contarme?

Miranda
(recordando el mail a Clara dónde le contaba la aparición de Rafael)
- Supongo. De todas maneras, lo que te comentó es lo más importante hoy por hoy. Bueno, tengo que ir cortando. Ya sabés que acá no pago nada, no me gusta abusar.

Octavio
- ¿Te puedo llamar yo en estos días?

Miranda
- Sí, dale, anotá mi celular y de paso dáselo a Clarita. Es xxxxxxxx. ¿Anotaste?

Octavio
- Sí, lo agendé en el mío. Te llamo. Cuidate mucho y no te olvides de mí. Te quiero.

Miranda
- Yo también. Besos.


Después de unos cuantos días de angustia, la recompensa había llegado por triplicado.
Mi apuesta a Broadway seguía intacta y con un plus de reconocimiento por parte de mi profesora.
Mi amiga Clara me demostraba, una vez más, lo enorme que era como amiga y, como frutilla del postre, un Octavio "disponible" al menos en apariencia, volvía a recordarme que mi paso por New York tenía un único objetivo: Volver a convertirme en la persona de la que él se había enamorado.

viernes, 17 de julio de 2009

Nuevas dudas



Laurie tardó poco más de diez minutos en llegar.

Desde la ventana vi como detenía su auto justo frente a la puerta, delante de Rafael, que seguía caminando en círculos por la vereda.

Llevaba un piloto negro y un rostro enfurecido. No se parecía en nada al Laurie que me había brindado la posibilidad de incorporarme al elenco de su obra, ni al que había elogiado mis recetas en la cena improvisada por Gerardo.

La cara de Rafael se transformó al verlo y retrocedió unos pasos al detectar que él se le acercaba.

Yo contemplaba la escena sin entender bien lo que ocurría, con la sola esperanza de que todo terminara de una vez. Si había problemas entre ellos, si un pasado turbio los enlazaba en algún punto del destino, no era mi problema ni me interesaba formar parte de una historia de la que conocía sólo un fragmento.

Laurie se detuvo a poca distancia de Rafael, con el torso erguido y los brazos en jarra, desafiante.
Rafael asentía en el inicio de lo que parecía una discusión. Al rato, gritaban ambos.

Encendí un cigarrillo tras otro y, sin espacio para buscar un cenicero, dejé caer las cenizas sobre el piso lustrado. El único movimiento de mi cuerpo se centraba en ese ir y venir de mi mano a los labios y en una boca entreabierta que exhalaba humo y asombro.

La lluvia empañaba parte de la imagen logrando que mi esmero por intuir la realidad se duplicara en esfuerzo. No podía distinguir quién era el bueno, quién era el malo. Quién ganaba y quién perdía en el reclamo.

Hasta que hubo un silencio flotando entre sus cuerpos estáticos, que duró apenas unos segundos.
El tiempo suficiente para que Laurie lo tomara de un brazo a Rafael y lo sentara en el auto contra su voluntad.

Lo dejó encerrado al conectar la alarma y caminó hasta la puerta de entrada.

Oí el timbre, extenso y sin intervalo.
Bajé corriendo las escaleras, diseminando cenizas a cada paso.
Corrí la traba, giré ambas llaves y abrí.

Un Laurie completamente mojado sonreía ante mi presencia.

Laurie
- Ya está, podés quedarte tranquila.

Miranda
- ¿Decís que no me va a molestar más?

Laurie
- Te lo aseguro. Te doy mi palabra.

Miranda
- Gracias. De verdad te lo agradezco. Esta situación me tenía muy mal.

Laurie
- Te entiendo...Bueno, me voy. Nos vemos la semana que viene en los ensayos.

Miranda
- Dale, nos vemos. Y gracias otra vez.


Se alejó unos pasos en dirección al auto, cuando un pensamiento me atravesó la mente de lado a lado. Mi voz fue más rápida que la razón y, sin buscar la forma apropiada, se escapó por el aire:

- ¡Laurie, Laurie! - grité, y él retrocedió - Hay algo que no entiendo. ¿ Por qué me mentiste?

- ¿Mentirte? ¿Con qué? - me preguntó desorientado.

- Claro, si fueras vos el que duda de la paternidad...¿por qué él te obedece? Digo, pienso, ¿ no será que no es así la historia?

- No tengo motivos para mentirte, Miranda - dijo sin sonar convincente.

- Sí, los tenés. De otro modo no me hubieras dicho lo del ADN. Su madre es la que murió, no vos. ¿Ya te lo hiciste, no? ¿Es tu hijo?


Laurie se quedó callado.
En lugar de responderme, retomó el camino al auto, se subió y arrancó.


De pie junto a la puerta, en esa mañana tormentosa, sólo me quedaba rezar para que mi manía de jugar al detective no me dejara fuera del único proyecto que podía devolverme a mi vida normal.


martes, 14 de julio de 2009

Desafortunada llamada





Laurie atendió después de que sonara dos veces.


Laurie
- Hola.

Miranda
- Hola, Laurie, habla Miranda, la amiga de Gerardo. La actríz.

Laurie
- Qué sorpresa, Miranda. ¿ Cómo van tus clases de canto?

Miranda
- Bien, bien, pero no es de eso que quiero hablarte. Tengo una emergencia.

Laurie
(intrigado)
- Decime. ¿Qué pasó?

Miranda
- Estoy asustada. Hay un actor que integra el elenco de la obra que me persigue desde el día en que salí de la audición. En un principio consideré que fuera mi amigo y hasta vino a casa de Gerardo a cenar con nosotros, pero el asunto se complicó con el paso de los días. Empezó a seguirme, a acosarme constantemente, a observarme toda la noche desde la vereda. Ahora está del otro lado de la puerta de calle, y no sé qué hacer.

Laurie
- ¡No me imaginé que llegara a tanto este loco! ¿Hablamos de Rafael?

Miranda
(desconcertada)
- ¿Qué? ¿ Lo...conocés?

Laurie
- Si, y lo lamento. Conociéndolo me imagino que debés estar asustada.

Miranda
- ¿Pero lo conocés porque ya actuó para ustedes?

Laurie
- No precisamente. ¿Sigue ahí?


Me asomé de costado, por un pequeño hueco de luz entre la ventana y la cortina.
Rafael seguía en la vereda, bajo una lluvia cada vez más copiosa.


Miranda
- Sí, sigue en la vereda, paseándose como un perro. ¿Me vas a decir de dónde lo conocés o voy a tener que conformarme con el misterio?

Laurie
(luego de dudar unos segundos)
- Dice que es mi hijo.

Miranda
- ¿Qué? ¿Cómo que dice? ¿Es o no es?

Laurie
- No sé que te habrá contado él, pero... - hizo una pausa- él es hijo de una novia que tuve en España, mucho antes de conocer a Diane. Pero no sé si es hijo mío.

Miranda
- ¿Y no lo averiguaste? Digo, existe prueba de ADN para eso, ¿no?

Laurie
- Es que su madre murió. Fue ahí cuando él apareció. Se presentó un día en la puerta de mi oficina con una historia de resentimiento dispuesta a escupírmela en la cara. Traté de ayudarlo, ante la duda de paternidad que me torturaba, pero...

Miranda
- ¿Pero?

Laurie
- No sé, es difícil hablar de alguien que no sé si lleva mi sangre. Detesto que te haya pasado esto porque me expone a tocar un tema que nadie conoce, ni siquiera Gerardo.

Miranda
- Por eso no te preocupes. No voy a divulgar tu vida privada.

Laurie
- Rafael no es un chico normal. Estuvo dos veces preso. Tiene serios problemas psicológicos. Creo que hace todo esto sólo para cobrarse una deuda conmigo.
Dejemos de hablar, que ahora tu preocupación es otra. Estoy a diez minutos de la casa de Gerardo. Voy para allá.



Apenas corté, encendí un cigarrillo y me asomé otra vez a la ventana, pero esta vez lo hice desde el entrepiso, que me permitía estar cerca pero sintiéndome un poco más protegida.

Mientras lo observaba, en ese ir y venir pausado y metódico, pensaba que aquello que ocultaban sus ojos debía tener mucho que ver con Laurie.

Por un momento sentí pena, hasta que recordé la conversación telefónica.
Estuvo preso dos veces, había dicho Laurie.

Y yo no le había preguntado por qué.

sábado, 27 de junio de 2009

Instrucciones para cantar


Entre los mails con Octavio, la vida en New York continuaba a un ritmo desconocido, marcado por un nuevo desafío.

Llegué al departamento de Cecil, la profesora de canto, a la hora que habíamos quedado.
Era una mujer de unos cincuenta años, de pocas palabras pero mucha técnica. Tal como me había contado la esposa de Laurie.

Me pidió que le mostrara el libreto para hacer foco en aquello que me tocaba cantar. Sus instrucciones fueron concretas, todo pasaba por la relajación, la postura, y el uso del diafragma, cosa que sonaba fácil en la teoría. La práctica no fue tan sencilla y se nos fue la clase entre respiraciones profundas y columnas de aire.
La esperanza de que la próxima clase fuera un poco más atractiva era lo único que me motivaba al saludarla.

Estaba llegando a la puerta de salida del edificio, cuando reconocí el cuerpo de Rafael, recostado sobre la pared, del otro lado del vidrio.
Instintivamente miré hacia ambos lados, buscando un vía de escape, una salida de emergencia ante incendios o catástrofes. No distinguí más que un matafuegos y una escalera que me devolvía al departamento de Cecil. Supuse que no era mala la idea. Desde ahí podía llamar a Lucía y decirle que viniera a buscarme, lo que sería mucho más conveniente que exponerme a un nuevo encuentro con él.

Mientras dudaba, una mujer con dos hijos ingresó al edificio, provocando con sus retos que Rafael se diera vuelta y me viera, de pie en medio del pasillo, con cara de fugitiva.
Traté de disimular, aunque hubiera preferido mostrar mi fastidio de manera genuina.

Me saludó con la mano en alto y una enorme sonrisa a través del vidrio. Yo no hice ningún ademán que denotara alegría por verlo.

Salí y se acercó a saludarme con un beso y un abrazo de esos que abundan en los aeropuertos.
Hacía apenas unas horas que me había visto y se comportaba como si nos hubieran separado meses de ausencia.

Sin intentar parecer educada, lo primero que hice cuando logré desprenderme de su abrazo, fue preguntarle por la plata.

- ¿Me trajiste los veinte dólares?


Se quedó mirándome como si yo fuera inoportuna, y me respondió.


- ¿Tenía que dártelos hoy?


Quise interpretar el sentido de sus palabras, pero sin encontrárselos y apurada por saber el desenlace, le dije:

- No sé, ¿vos cuándo pensabas devolvérmelos?

- Uno de estos días. Creí que una persona como vos no tendría tanta urgencia en recuperar el equivalente a una propina...


Quise encontrarle un justificativo, un atenuante.
Revolví en mi cabeza buscando un motivo para entenderlo, pero fue inútil.
Las ganas de decirle en la cara que era un desubicado me recorrían todo el cuerpo y descubrí que a esa altura ya no quería callarme.

Cuando abrí la boca para insultarlo y dejarle bien en claro como eran las cosas, me quedé descolocada frente al sonido de su voz, que esta vez me interrumpía con una frase muchísimo peor...

domingo, 7 de junio de 2009

Pequeño intruso

Brindamos varias veces por el posible éxito del musical y nuestro camino en la actuación.

Ibamos por el tercer trago cuando quiso saber algo sobre mí.
Hizo preguntas básicas: mi estado civil, mi origen, mi edad, como si el resto no importara. Incluso el hecho de que pronunciara la palabra "casada" no lo invitó a ahondar sobre el asunto y se limitó a beber y a formular una nueva pregunta.

Rafael era extrañamente encantador.Sus atributos físicos estaban a la vista.
El resto, lo que hablaba y lo que callaba, lo convertía en una mezcla explosiva, en un ser ingenuo y adorable envuelto en un halo de misterio que invitaba a cualquier mortal a querer correr el velo de la incertidumbre para develar la incógnita. Yo era uno de esos mortales. Lo miraba entre seducida y pensante, tratando de imaginar la realidad de su vida.

Cuando se fue haciendo la hora de la cena, le dije que tenía que irme, que me esperaban para comer. Gentilmente se ofreció a acompañarme.
Tomamos un taxi hasta la casa de Lucía y Gerardo. Pensé que Rafael continuaría el recorrido hasta su casa, pero bajó del auto conmigo.Supuse que su caballerosidad lo obligaba a hacerlo, y sonreí pensando lo afortunada que era al encontrar siempre hombres de esa categoría.

Caminamos hasta la puerta.

- La pasé muy bien - dije, dejando entrever mi intención de despedirlo.

-Yo también- dijo él- ¿Acá vivís?

- Sí. Es la casa de un matrimonio amigo.

- Ah, un matrimonio. ¿Vas a cenar con ellos?-preguntó

- Si, claro.

- ¿Puedo conocerlos?

-¿Ahora? - dudé al preguntar- ¿Querés verlos ahora?

-Si. ¿Dije algo malo?- preguntó con su cara de inocencia habitual

-No, no, nada malo. Esperá.

Me sentía tonta y a la vez desubicada ante su pregunta.
Nada había de malo en que se los presentara, sólo que ya me parecía suficiente el tiempo compartido entre nosotros y necesitaba respirar un poco de libertad. Sentía que Rafael estaba metiendo su naríz en mis cosas, y no quería. Me había esperado el tiempo que había durado mi audición, me había invitado a tomar algo, me acompañaba hasta la puerta de mi casa y ahora quería conocer a Lucía y Gerardo. Era demasiado.
"Tal vez me volví arisca", pensé fugazmente.
Quizás no había nada de malo en la actitud de Rafael y cualquier otra hubiera muerto por estar en mi lugar.Era un tipo lindo, muy lindo, caballero, seductor, que mostraba interés en mi.Definitivamente, mi mala experiencia reciente con los hombres me había vuelto susceptible ante ciertas actitudes, pero él no tenía la culpa.Yo estaba comportándome como una idiota.

No era momento de explicarle todo eso, así que me callé y abrí la puerta.
Ingresé al hall llamando a Lucía, como queriendo advertirle que no estaba sola.

Detrás de mí, venía Rafael, quién rápidamente había cerrado la puerta a sus espaldas y hasta había encendido un cigarrillo.

viernes, 5 de junio de 2009

Inocencia



- Qué bonito nombre -dijo - pero no contestaste a mi pregunta.

- Ah, si, si, quedé seleccionada, aunque tengo que tomar clases de canto urgente porque soy pésima. Se ve que me eligieron por esa vocación suicida que tengo o porque les di pena - reí y él rió más fuerte.

- Eres graciosa- agregó- Te mereces que te invite a tomar algo para festejar.

- ¿Por lo graciosa que soy? Eso me parece una excusa barata - dije

- No, claro, por que ambos quedamos seleccionados.

- Claro, eso dejaría de ser excusa para convertirse en un motivo concreto,¿no?

- Así es, y si no fuera ese, buscaría otro- volvió a sonreír mientras lo decía.

- Bueno, parece que no tengo alternativa, además de que tampoco tengo demasiadas ocupaciones en mi agenda - dije, mientras comenzaba a moverme en dirección a la esquina.

-Genial, conozco un lugar acá cerca que va a gustarte.


Fuimos a Bar on A, un lugar bastante tranquilo, con buena música. Yo pedí cerveza y Rafael un gin & tonic.
Lo primero que le pregunté fue de dónde era, porque si bien hablaba en español su acento no era argentino. Resultó ser de Venezuela, pero radicado desde hacía un largo tiempo en los Estados Unidos. Un nómade típico, buscador de emociones o desilusionado tratando recobrar la esperanza perdida, como tantos otros.
Vivía solo, en un pequeñísimo departamento.
Sus padres seguían en Venezuela, al igual que su única hermana menor.
No había querido regresar, y tampoco quiso entrar en detalles cuando le pregunté por qué se había ido.
Había recorrido muchas ciudades, hasta llegar a Nueva York, hacía catorce meses, y se había ganado la vida siempre como actor.Eso incluía haber pasado hambre y haber dormido en una plaza abrazando su bolso pensando en que el ruido de su estómago lo dejara conciliar el sueño.

Así resumía su vida, mientras pedíamos tragos de repuesto.

Algo decían sus ojos, y no era precisamente lo que transmitía su inocente sonrisa.
Había algo más, que él callaba y que yo no alcanzaba a descifrar.

Pero no podía imaginar qué sería.

jueves, 4 de junio de 2009

Tarde de sonrisas




- Bueno - continuó Laurie- la idea de la canción era que no supieras y que actuaras bajo presión. Lo cierto es que es un musical y que tu voz no es buena,tenemos que admitirlo.

- Lo sé, Laurie, soy pésima, sólo puse voluntad- sonreí, era lo único que podía hacer.

- También es cierto que vimos un gran potencial como actriz , y que si bien no podemos darte un papel de los protagónicos, por el tema de tu voz, vamos a darte uno secundario, y ya mismo te vas a ver a Carol B. de parte mía. Ella te dará alguna clases de canto, como para defenderte al menos, aunque nunca te tocará cantar sola.

- ¡Eso es genial! - dije casi gritando, sin poder contener la emoción.

- Me alegra que estés contenta- agregó- Ahora mi secretaria te comunicará con mi mujer para que se ocupe de tu contrato, ella tiene amigos en la embajada y te conseguirá enseguida la green card para que no tengas problema acá. Son bastante estrictos con el papelerío.

- Gracias, Laurie. De verdad, gracias. Necesitaba esto en mi vida.

- Bueno, para agradecerme podrías invitarme nuevamente con una rica cena casera- bromeó

- Cuando quieras, será un placer- dije sin dejar de sonreír

- Ahora Tony- dijo señalando a otro asistente- te va a dar el guión para que le vayas dando un vistazo.Los ensayos empiezan el lunes próximo a las once de la mañana.

- Perfecto. ¿Ya puedo irme? - pregunté

- Ya mismo, Miranda, derecho a ver a Carol- rió- Y no te dejes estar con el trámite de la green card. Decile a mi asistente que te comunique con mi mujer, que la llame ahora al celular.

- Gracias, Laurie, le digo.

Me despedí, después de saludar a todos, y habiendo recibido la copia del guión.

En el hall, busqué a su secretaria y le pedí que me comunicara con la esposa de Laurie, quien me indicó los pasos a seguir para obtener la green card y poder trabajar en Estados Unidos sin inconveniente. Me contó que gran parte de los actores que interpretaban papeles pequeños eran extranjeros, así que realizaban este tipo de trámite con frecuencia.

Cuando me iba, alguien me detuvo frente a la puerta del teatro.

- Disculpame- dijo

Era alto y estaba apenas bronceado.Nariz recta, enorme sonrisa, y ojos grandes y oscuros con los que me miró mientras continuó diciéndome en perfecto español:

- Me quedé a esperarte para saber si habías quedado en el elenco. Soy Rafael, y voy a interpretar el papel de Gerónimo en la obra.

- Soy Miranda- dije, y sonreí.



Era una tarde ideal para sonreír.

miércoles, 3 de junio de 2009

La improvisación



Temblé como una hoja en medio de un viento huracanado.
No sabía cantar.
Mi voz podía ahuyentar a las palomas y hacer que un niño llorara si intentaba dormirlo con una canción de cuna.

Pero me di cuenta que no había alternativa. Si quería subir a las tablas de Broadway debía intentarlo. Así que ocultando mi falta de talento y el temblequeo de mis manos dije:

- ¿Estará disponible la pista de My heart will go on?

Me maldije apenas finalicé la pregunta. ¿Acaso me creía capaz de emular la voz de Celine Dion?
Creo que mi futuro se veía más cerca de chocar con un iceberg, que de abrazar al viento en la proa de mi destino.

La música comenzó a sonar, y no me quedó otra que abrir la boca para soltar algunos sonidos.
Desafiné tanto en los agudos, que de haber habido ventanales en la sala hubieran estallado en mil pedazos.

Traté de actuar la canción, era lo único que podía salvarme.
Le imprimí dramatismo, al borde del llanto, mientras arqueaba sutilmente mi cuerpo envuelta en una supuesta angustia.

Los acordes finales sonaron, y pude volver a respirar con normalidad.

Las caras en la platea no eran demasiado alentadoras, y me preparé para lo peor.

- Vení, Miranda- dijo Laurie

Me acerqué, forzando una sonrisa y esperando lo peor.

- Ya tomamos una decisión - agregó

lunes, 1 de junio de 2009

La audición

Amanecí mejor, como sumergida en un sueño nocturno que permanecía vigente aún en la vigilia.

Tal vez la emoción de estar frente a una jornada distinta me provocaba una amnesia forzada de lo ocurrido el día anterior, o quizás eran simplemente las ganas de volver a estar bien.


Tomé el texto que había elegido para presentarme a la selección y lo repasé varias veces en el desayuno, frente a una Lucía que soportaba con paciencia mis interrupciones y mis quejas, y que hasta improvisó aplausos cuando logré decirlo sin una sola mueca de insatisfacción.


Después, elegimos juntas la ropa que usaría: un vestido negro, simple, de algodón y unas sandalias sin taco. Me puse una vincha en el pelo, tomé mi cartera y salí.





Seríamos alrededor de treinta personas los que estábamos en el hall de acceso al teatro, a la espera de alguna indicación. Yo pregunté por Laurie, tal como él me había indicado, pero su asistente me ordenó que aguardara junto al resto hasta ser llamada.


La audición era privada, por lo que se hacía bastante tedioso aguardar a que alguno saliera, para al menos conjeturar según sus gestos si la prueba había sido más o menos exitosa.


Algunos repasaban sus textos, otros hablaban entre ellos, o daban vueltas en círculos.

Yo aprovechaba para fumar en la puerta intentando calmar mi ansiedad.


Me tocó ingresar en quinto lugar.

La sala no era demasiado grande, pero el escenario era lo suficientemente lindo como para opacar cualquier mala impresión.


En la primera fila distinguí a Laurie y me acerqué a saludarlo. Sonriente, me presentó al director, al guionista y a dos personas de prensa que se encontraban a su lado.

Después de la presentación, me preguntaron algunos datos, y me hicieron subir a escena.


Con luz tenue, y nervios recorriéndome el cuerpo, comencé a leer mi texto.

No había sonido alguno, más allá de mi voz y mis latidos.

No titubeé un segundo, y pude interpretar mi personaje tal como pretendía.

Sólo faltaba la devolución. de Laurie y compañía.


Levanté la mirada, tratando de interpretar sus rostros.

Parecían conformes con mi actuación pero no emitían una sola palabra.

Me quedé sobre el escenario esperando una indicación, cuando Laurie por fin habló:



- Muy bien, Miranda, muy bien. Ahora queremos escuchar la canción que preparaste.



- ¿Canción? – pregunté - ¿Qué canción?



- Uh – dijo llevándose las manos a la cabeza – No te dije, ¿verdad? Esto es un musical, y necesitamos probar tu talento en el canto.




- No, Laurie, no me dijiste, y además…. – estuve a punto de decirle que era espantosa cantando, pero me contuve.- estuve algo resfriada.




Mentí, con la esperanza de que esa pequeña excusa me permitiera salir corriendo de ahí a tomar clases de canto intensivas para volver a probarme otro día.


Pero la cara de Laurie sugería que no habría tal alternativa.