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viernes, 18 de septiembre de 2009

Mi Buenos Aires querido



- ¿Tenés todo listo? - la escuché decir a Lucía- No me hagas como la última vez que te olvidaste todos los regalos en casa.

- No, tengo todo - le respondió Gerardo sonriendo como si recordara el episodio.

- Bueno, vamos saliendo entonces - dijo Javier sin dejar de acariciarme la mano.


Después de desayunar los cuatro en la casa de Lucía a modo de despedida, era hora de que Javier nos llevara al aeropuerto John F. Kennedy.
Manejó casi veinte kilómetros al sur de Manhattan sin dejar de repetirme lo mucho que iba a extrañarme y que trataría de llamarme todos los días. Me pidió que me cuide, que disfrute, que aproveche y todas esas cosas que uno le desea a alguien que quiere cuando está a punto de viajar.
En el asiento trasero, Lucía y Gerardo repasaban mentalmente el contenido del equipaje para confirmar que nada había quedado olvidado sobre la cama o el sillón.

La despedida me partió el corazón. No hubo llantos ni dramatismo pero sí una mirada intensa y un abrazo prolongado que hubiera querido que se me tatuara al cuerpo. Cuando abordé el avión y me senté junto a la ventanilla del asiento veintidós, aún sentía el perfume de Javier impregnado en mi pelo.



Después de un vuelo tranquilo, en el que aproveché para hablar en detalle con Lucía sobre mi relación con Javier y el miedo que me daba enfrentarme a Octavio, llegamos a la tierra conocida y anhelada, al lugar donde esperaban los afectos.
Corrí a abrazar a Clara, que aguardaba de pie junto al Tano en el hall de arribos, visiblemente emocionada. Toqué su panza, apenas crecida, y lloré como una loca imaginando a mi sobrino.

Estaba feliz de estar otra vez en mi Buenos Aires querido aunque fuera el inicio de unas vacaciones tormentosas de las que me arrepentiría en un futuro.
Y no precisamente por Clara.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Cambio de planes

Todo estaba arreglado para el regreso triunfal(?) a Buenos Aires. Sendos pasajes, ropa para la fiesta, algunos regalos para los amigos y, lo más preocupante, el trabajo. Había podido organizar las fechas de las campañas para que me quedaran veinte días libres y hasta había diseñado un cartel imaginario que dijera: Vuelvo pronto, esperenme.

Faltando tres días para el viaje, una noticia arrasó como un Tsunami con mis planes.




- Gorda, sentate que tengo algo para decirte - me dijo Javier esa noche, mientras cenábamos en la tranquilidad de su departamento.

- Ay, que cara, Javi. ¿Qué pasó? ¿Me preocupo? - contesté dejando el tenedor al costado del plato.

- No es para preocuparte, pero sin duda te va a fastidiar la noticia.

- Por favor decime, sabés que soy ansiosa.

- No voy a poder viajar - contestó sin anestesia.

- ¿Qué? ¿Cómo? ¿Por qué? - pregunté todo junto, mientras acomodaba la frase de Javier en el casillero de las desilusiones de mi vida, que para entonces estaba lleno.

- Salió un trabajo en Roma. Es una campaña para Nike, pagan demasiado bien y encima engrosa mi currículum - respondió.

Traté de razonar un segundo. Debía dejar mi decepción de lado y entender a Javier pero ¿podía hacerlo? Ir sin Javier a Buenos Aires era darle lugar a Octavio para que pensara que seguía esperándolo, era dejarle un espacio a la Rubia oxigenada para que se burlara de mi soledad. ¿Podía hacer a un costado mi propio ego y decirle a mi novio que lo felicitaba? Tal vez no pude como lo hubiera hecho hoy en que tengo otra perspectiva, pero algo parecido a esto fue lo que le dije:

- Eso es positivo para vos, ¿no? Así que mala suerte para mí.

- Che, no es mala suerte para vos. Vas a estar compartiendo un momento único en la vida de tu amiga y quien sabe ni notes mi ausencia de tanto que vas a querer estar con ella. Dale, cambiá la cara, que una vez que pase el casamiento estamos juntos otra vez.

- Si - dije poco convencida- tenés razón. Supongo que todo pasa por algo, así que en algún momento encontraré la explicación para la cancelación de tu viaje.


Por supuesto que la explicación llegó la noche de la boda y se ubicó justo delante de mis ojos.

miércoles, 29 de julio de 2009

Flores en agua



Clara y El Tano se instalaron en la casa de Lucía y Gerardo.
De sólo pensar que durante los próximos días iba a poder compartir el desayuno con mi amiga me daban ganas de saltar en el lugar como cuando era chica y me alegraba con los sobres que contenían las figuritas del álbum que me faltaban.

Esa noche fuimos a cenar todos juntos. Competimos, sin quererlo, para ver quién hablaba más en la mesa. Queríamos decirnos todo al mismo tiempo, comer, pedir más vino y hasta brindar por el reencuentro y el estreno. Demasiado. Un exceso de felicidad impensado.

Claro que en el paseo de vuelta pude tener a Clara para mí sola. Me pegué a su lado para fumar mientras andábamos y para que me pusiera al tanto de lo que pasaba en Buenos Aires.

No sabía nada de Manuel, lo que me dejaba tranquila aunque siempre a la espera de que en algún momento decidiera fastidiarme con su incapacidad para resignarse. Mamá y papá le habían dado un regalo para mí, que me lo daría al llegar a la casa de Lucía, y que resultó ser una cadenita con dijes que auguraban buena suerte al por mayor.

Con El Tano las cosas iban muy encaminadas, lo que me daba un plus de alegría al ver como brillaban sus ojitos al mirarlo de reojo mientras me lo contaba.

Llegó el turno de Octavio.

- Hace unos días que ni El Tano ni yo lo vemos. Sólo lo llamé dos veces por teléfono para hablar de tus notas que aparecían en la web y para tratar de convencerlo de que viniera. Pero bueno, no pudo, ¿viste?

- Sí, ya me lo contaste. ¿Cómo fue que te dijo que no podía venir? ¿Qué excusa te dio?

- Ya te dije, la falta de guita, Miru. Ah, y tenía un proyecto grande en el laburo, creo.

- Bueno, me alegro por él.

- Dale, zonza, alegrate en serio. Seguro que te mandó mail. ¿Ya los chequeaste?


Al llegar a casa fue lo primero que hice. Abrí mi cuenta de Gmail y ahí estaba.


Para:mirandarey@gmail.com
De:octavio@gmail.com
asunto:¡Exitos!

Mir, no sé si alcanzo a saludarte y pegarte un abrazo virtual antes del estreno. De todas maneras sabés que voy a estar ahí presente en una butaca especial, al menos con mi imaginación.

Me hubiera gustado estar en este día y entregarte las flores en mano, pero...también me hubiera gustado que muchas cosas fueran distintas.
La idea que me persigue desde que leí tu nota y fantaseé con los tipos que puedan andar detrás tuyo, no me deja dormir. No sólo eso, ya se adueñó bastante de mis días. Ese pensamiento, que tal vez te parece ridículo, me asalta sin aviso mientras me lavo los dientes, cuando manejo y cada vez que quiero concentrarme en algo. Ahí está, jodiéndome sin tregua.

Tal vez sea una señal, un aviso de algo que no podés decirme, no sé. ¿Tendré que entender que la distancia te hará enamorarte de otro?

Por ahora, sólo se me ocurre pedirte un tiempo para ver como sobrevivo a esta pequeña tortura que me inventé para tener algún motivo nuevo para enojarme con vos.

Cuidá mis flores.

Y perdoname.

Yo





Cerré los puños al mismo tiempo que mis ojos, llena de desencanto y bronca.
Conté hasta doscientos, encendí un cigarrillo y puse las flores en agua.






lunes, 27 de julio de 2009

El estreno



Se levantó el telón ante una sala llena.

Los minutos previos habían estado plagados de nervios y flores. Seis ramos llegaron a mi camarín durante la tarde. Uno de Laurie, otro de Lucía y Gerardo, uno de Mamá y Papá, otro inmenso y blanco de Octavio, uno más pequeño de Clara y el último, de Rafael. Me emocionaba ser la receptora de tanto afecto, al menos por un rato.

Después, la concentración final mientras preparaba mi voz para salir al escenario.

Una magia particular se percibía entre las bambalinas.
Nunca me imaginé que decenas de luces y un aplauso cerrado me hicieran sentir tan diminuta. El peso de la alegría era tan grande que supuse que mis piernas no serían lo suficientemente fuertes para sostenerlo. Fue raro, y maravilloso a la vez, distinguir esa masa de espectadores anónimos a la que creía estar acostumbrada en Buenos Aires pero que a miles de kilómetros se sentía tan distinto.
Si uno llevara una lista de acontecimientos inolvidables de la vida sin duda ese día estaría entre los primeros cinco de la mía.


La función fue un éxito. Lo que sucedió después, aún más.

Lucía y Gerardo me esperaban en la puerta del teatro, pero no estaban solos. A sus espaldas, semi escondidos, distinguí los rostros de mi querida amiga Clara y de El Tano.
El abrazo que nos dimos nos dejó los huesos cansados y el corazón latiendo acelerado.

Sólo se quedaban tres días que los imaginé como una tregua en medio de todo lo que me había pasado y de esa soledad a la que no podía acostumbrarme.

Cuando la emoción dio paso a la razón hice la pregunta obligada:

Miranda
- Clar, ¿hablaste con Octavio?

Clara
- Mmm...sí. Me dijo que te mandara un par de flores en su nombre.

Miranda
- Ah...¿no las mandó él?

Clara
- No, no, sólo me dio la plata. Las mandé yo junto con las mías. Ojo, que me dijo que fueran blancas, eso sí.

Miranda
- ¿ Y no podía venir?

Clara
- No, dijo que se había quedado sin un peso después del viaje anterior pero que le hubiera encantado estar acá.

Miranda
- Bueno, mala suerte, ¿no?

Clara
- Dale, che, no pongas esa cara. Es el día del debut, estamos nosotros, ¿que más querés?

Miranda
- Nada, nada. Tenés razón, me sobran motivos para estar feliz hoy. Gracias por venir, amiga, fue una enorme sorpresa...


Pero en parte le mentía.
Me faltaba un motivo para coronar el día.
Me faltaba Octavio.




Nota extra: Gracias a todos los que me mandaron mails y mensajes por mi cumpleaños. Siempre es bienvenida una cuota adicional de afecto. ¡Gracias!

viernes, 24 de julio de 2009

Ensayo final



Los sucesivos días de ensayo fueron más de lo mismo.
Un ritual metódico que incluía camarines, arreglos de vestuario, conversar un poco con el resto de los actores y, al finalizar, tomar cerveza en algún bar.

La publicación de mi foto en ciertos periódicos significó, para algunos del elenco, considerarme una molesta rival en el camino a la posible fama. Me costó varias sonrisas post ensayos que intentaran verme como una más del elenco.
A esa altura ya me había acostumbrado a la idea de que tal vez esas miradas celosas regresaran el día del estreno.
Por suerte, Lucía y Gerardo festejaban a la par mía cada pequeña nota que incluía mi nombre o mi foto en los diarios y hasta un par de comentarios que se oyeron en la radio.

Era raro estar ahí disfrutando de un inmerecido reconocimiento, sobre todo, porque los elogios hacían más referencia a mis virtudes físicas que a mis aptitudes interpretativas.
Esto último no le cayó de buena manera a Octavio, que una vez que se enterara por medio de Clara, me envió un mail diciendo: Espero que sepas cuidarte. Imagino una hilera de hombres intentando conocer en vivo a esa Miranda de la que hablan los medios.

Supongo que a través de la boca de Clara, y la exageración que la caracteriza, lo mínimo que se habrá imaginado era mi foto en primera plana del New York Times y un séquito de maduros esperándome en la puerta del teatro con los labios entreabiertos dejando a la vista sus colmillos.

No le contesté. Si no había tenido el gusto de conocer mi forma de comportarme en determinadas situaciones, no se las iba a explicar vía mail.

El ensayo final fue un rotundo éxito. Laurie y el resto de la producción aplaudieron entusiasmados cuando sonó la nota final. Habíamos logrado un musical digno y, en lo personal, me asombraba por lo pasable que resultaba mi voz en los pasajes cantados.


En el teatro sólo se oían risas y festejos, y se veían rostros orgullos delante de los flashes.

Todo estaba listo para el estreno.
Para que se levantara el telón y que el tiempo de la felicidad empezara a correr.




miércoles, 8 de julio de 2009

Cerca




Los días siguientes transcurrieron en aparente calma.

Seguí tomando mis lecciones de canto y fui descubriendo algunos avances que me entusiasmaban un poco más cada día. Todavía desafinaba, pero la leve sonrisa de mi profesora me hacía sentir al menos una alumna digna y con intenciones de aprender, que no abusaba de su tiempo.

Lucía y Gerardo me sorprendieron una noche con un regalo sobre mi cama. No es para controlarte sino para cuidarte- decía la tarjeta- Ahora vamos a estar más tranquilos.
Un celular, diminuto y sofisticado, se incorporaba a mis pertenencias gracias al cuidado que me daban mis amigos. Sin su compañía y sin su recibimiento, me preguntaba cuál hubiera sido mi destino un par de semanas atrás.

Había una sola cosa que no me dejaba disfrutar de mis pequeños logros cotidianos: Rafael.
Misteriosamente, se había llamado al silencio. Ya no merodeaba por la puerta de la casa en que vivía, ni me esperaba a la salida de mis clases de canto.
Pero algo impedía que me sintiera libre y distendida. Mi sexto sentido me mantenía alerta, pendiente de movimientos sigilosos a mis espaldas que, por más que provinieran de una anciana en pleno paseo por Manhattan, me obligaban a frenar bruscamente frente a una vidriera hasta que el reflejo me advirtiera que los pasos no le pertenecían a él.

Estuve una semana percibiendo su proximidad. Desafiaba mi propia suerte en cada esquina con el temor latente, creyendo ver su cara al doblar.
Cada vez que les comentaba sobre estas sensaciones a Lucía y a Gerardo me decían que era lógico que me sintiera perseguida, que eran las secuelas normales que dejaba un acoso.
Yo no podía definirlo aún con ese término y creo que en el fondo intentaba justificar su comportamiento hasta el punto de culparme, creyendo que le había dado motivos para ilusionarse. Tal vez una mirada inoportuna al conocerlo, en plena contemplación de sus atributos físicos o, quizás, una sonrisa entusiasta al considerar la posibilidad de tener un nuevo amigo actor a cientos de kilómetros de casa, le habían hecho pensar en mí como una posible conquista.

Me negaba a aceptar que él hubiera claudicado en su cacería. Las muestras de conducta que me había dado no encajaban con su desaparición repentina y sin cuestionamientos.
Lo imaginaba apareciendo en una escena cotidiana o al subir a un ascensor u observando mi rutina a pocos metros.

Fui incorporando nuevas costumbres: Crear señales con Lucía que con un simple sonar de mi celular al de ella le advirtieran que estaba con él, correr la cortina de mi habitación varias veces antes de dormirme hasta sentirme relativamente segura de que no estaba de pie junto a la entrada, mirándome, y hasta ceder mi puesto de cocinera a Lucía por mi temor de acercarme a la ventana.

Me había convertido en una paranoica, siempre a la espera de que alguna maniobra de Rafael me diera la razón.

Hasta que una mañana cualquiera, él se ocupó de que yo misma confirme que no me equivocaba.



Nota: El premio al blog que debería ser ficción se quedó en casa. No sé si eso es bueno o es malo, pero al menos ganamos. ¡Gracias por los votos! =) ¡Salú!

sábado, 4 de julio de 2009

Como un loco




Un par de ojos se asomaban detrás del cristal.
Intentaba sonreír, pero se le notaba el esfuerzo desmedido que hacía por lograrlo.
En un acto reflejo, Lucía dejó caer nuevamente la cortina ocultando la cara de Rafael.

Ella y yo nos miramos y en una simultánea reacción ambas llamamos a Gerardo.
Se acercó corriendo para ver qué pasaba y con señas le advertimos de la presencia de mi perseverante admirador.

Pensó un breve momento frunciendo el entrecejo en busca de alguna solución. Un segundo después, abría la puerta de calle y se acercaba a Rafael. Nosotras, con paso temeroso, nos aproximamos a contemplar la escena pero desde el umbral.

Gerardo:
- Che, loco, ¿qué hacés golpeando en la ventana?

Rafael:
- Sólo vi movimiento en la cocina y quise saludarlas.

Gerardo:
- ¡A esta altura deberías estar en tu casa! Y si querías saludar tocabas timbre o llamabas por teléfono. ¿Qué es eso de aparecerte en la ventana como un fantasma?

Rafael:
- ¡Qué poco sentido del humor tienes! Vaya, me sorprendes.

Gerardo:
- Más vale que tuerzas tus patas hacia la vereda y que desaparezcas de mi casa, si no querés que te saque de otra manera.

Rafael:
- Okey, okey, ya me marcho.Uf...qué rara es la gente...

Gerardo:
- Rajá de acá, loco.¡Volá!


Rafael me echó una última mirada llena de ironía, burla y un algo más que no alcanzaba a definir.
Yo bajé la cabeza y entré, con una extraña sensación de temor que no me la esperaba. Detrás entraron Lucía y Gerardo, mientras despotricaban contra él.

Tomamos un té en el living, donde aprovecharon a darme consejos para el día siguiente. Que no me detuviera a hablarle, que era necesario que tuviera un teléfono celular, que Lucía podía acompañarme si tenía que salir, fueron algunas de las cosas que dijeron.
Yo me sentía incómoda por revolucionar sus tranquilas vidas con una historia que yo no había buscado. La culpa me invadía al recordar que ellos me habían recibido con total predisposición, que me habían conseguido un trabajo y que no me reclamaban absolutamente nada.Yo, a cambio, les trastornaba su rutina.

Nos fuimos a dormir, con la esperanza de que al día siguiente todo fuera un mal recuerdo.
Me acosté, evocando las palabras de Octavio para tratar de conciliar el sueño.


A las cuatro de la mañana, hora que marcaban los números fluorescentes de mi reloj despertador, me desperté. No sabía qué motivo había sido la causa de mi desvelo, hasta que escuché un sonido que no podía definir qué era. Sonaba a vidrio y a pasos.
Me asomé a mi ventana con vista a la calle, y lo descubrí a Rafael, un piso más abajo, jugando en la vereda con una botella a modo de pelota.

Hacía más de seis horas que Gerardo lo había echado y por alguna extraña razón él continuaba ahí. ¿Se había ido para luego regresar o siempre había permanecido ahí, observando?

Un signo de preguntaba daba vueltas por mi cuarto. Necesitaba terminar con eso, pero no podía despertar a Lucía y a Gerardo para causarles un nuevo problema.

Así que abrí el placard, saqué un jean, una remera y un par de zapatillas, y me vestí.

Era hora de enfrentar a ese loco que merodeaba por mi vida sin permiso.

viernes, 3 de julio de 2009

Marca personal



Cuando Lucía abrió la puerta lo primero que hizo fue notar la expresión de mi cara. Yo me esforzaba por hablarle con los ojos, que parecían salirse de órbita en el esfuerzo porque reconociera mi pedido de ayuda.

Rápida y astuta, me dijo:

- Se ve que cuando te fuiste estabas tan mal que hasta te olvidaste las llaves...¿ya te sentís mejor?

Noté que la eterna sonrisa de Rafael se iba desdibujando en un aparente estado de desconcierto ante la pregunta de Lucía.

- No, no me siento demasiado bien. Traté de explicarle a Rafael que había estado con una fuerte migraña, pero creo que no me creyó. ¿No, Rafael? - dije girando mi cara hacia su persona, que nunca me había parecido tan desagradable como hasta ese momento.

- Sí, me había dicho, pero no pensé que fuera tan grave - respondió

- Rafael, Rafael - dijo Lucía en tono de madre - parece que hay cosas de Miranda que no sabés. Ella sufre de jaquecas horribles, y toma medicación para eso. Yo le dije que se quedara en casa hoy, pero es tan responsable que no quiso perderse su clase de canto.

Le hice una seña a Lucía tratando de que entendiera que no hacía falta exagerar tanto.

- Ah, ya... Perdona, Miranda si te platiqué por demás en tu estado de malestar - dijo acongojado

- Ya está, ahora quisiera descansar si no te molesta - agregué con la esperanza de que hubiera entendido de que esa era una elegante forma de decir: ¡Por favor andate de una buena vez!

Pero lejos estaba de mostrarse comprensivo, o mejor dicho, su forma de querer solidarizarse con mi dolor de cabeza y mi necesidad de relajarme no eran las que yo necesitaba.

- Te preparo un té mientras tú te recuestas, ¿quieres? - me preguntó, recuperando la sonrisa perdida hacía unos momentos.

- ¡¿Qué?! - dije al punto de querer romperle la nariz de una trompada - Dije que necesito acostarme, Rafael, a-cos-tar-me. Eso te deja fuera de los planes.

- Pero yo puedo quedarme a tu lado en silencio, por si necesitas algo - agregó, sin vergüenza.

- Mirá, Rafael - interrumpió Lucía- Si necesita algo estamos nosotros para mimarla, no creo que sea un buen momento para que ella haga sociales.

- Está bien, comprendo - dijo

Creí que "está bien" significaba que había entendido, que se iría, que me dejaría descansar de su molesta presencia por lo menos hasta el día siguiente. Pero me equivocaba.

Lucía y yo lo saludamos, antes de entrar a la casa. Cerramos la puerta a nuestras espaldas y nos sentamos en el sillón del living a contarle a Gerardo lo que había pasado.

Cuando llegó la hora de los preparativos para la cena, acompañé a Lucía a la cocina para ayudarla.

Estaba en plena confesión sobre mis sentimientos por Octavio, y un detalle pormenorizado de sus mails, cuando escuchamos un ruido en la ventana.

El sonido era un toc toc persistente que obligó a que Lucía corriera la cortina.

Detrás de los vidrios, la sonrisa detestable de Rafael aparecía como un fantasma en medio de la noche.






Nota: Por una invitación que me llegó vía mail, verán que en el margen derecho del blog hay una imagen que dice VOTE. Les pido, a los que tengan ganas de colaborar, que hagan click ahí para votar mi blog, así me gano un lindo premio que prometo compartir con todos ustedes. ¡Gracias!

miércoles, 10 de junio de 2009

Un breve respiro




Le di veinte dólares. Era el precio de mi tranquilidad.

Me dio un beso casi rozándome los labios, y se acercó a la puerta. Desde allí saludó a Lucía y a Gerardo, con un gracias y hasta pronto sin esforzarse en ademanes y gestos.

Antes de girar el picaporte, pellizcó un poco de cheesecake que estaba sobre la mesada y lo embuchó sin respirar, como si aún le quedara hambre por saciar.

- Te veré mañana - dijo, y se fue.


Mañana. No había chance de verlo al día siguiente. No había ensayo, ni ninguna reunión pactada por Laurie. Yo sí debía reunirme con su mujer por la firma del contrato y la gestión de la green card, pero eso no lo incluía a Rafael.

El único lugar donde podría llegar a cruzarlo era en las clases de canto, pero tenía que tener mucha mala suerte para que Laurie también le hubiera indicado a él que ejercitara, y tenía que estar directamente embrujada para que coincidiéramos en el horario.

Lucía se acercó a la cocina. Notó mi mirada, que continuaba contemplando la puerta por dónde se había ido Rafael minutos antes, y me dijo:

- Tipo raro éste, ¿no?

- Demasiado. Si te digo que me esperó a la salida del teatro, que fuimos a tomar algo creyendo que me quería levantar y que terminó comiendo con nosotros y pidiéndome que le preste plata para el taxi, ¿que me decís?

- ¿Qué? - expresó Lucía sin poder creer mis palabras - ¡Ah, pero es un caradura! Pero me hubieras avisado y le decía a Gerardo que lo pusiera en su lugar.

- No, Lu, es que lo voy a tener que ver todos los días, por eso no quise decir nada.

- Si, bueno, pero una tiene límites.

- A mi me resultó rara su mirada cuando estábamos en el bar. ¿Viste esa gente que dice algo al hablar, pero que a la vez te dice otra cosa con los ojos? -dije tratando de hacer entender mi concepto

- Si, claro, un mentiroso, Miru.

- Bueh, sí, algo así. No lo había pensado de esa forma.

- Bueno. Ahora te diría que lo pienses.




El que dice con la boca lo contrario a lo que dicen sus ojos no es más que un mentiroso, pensé.

Agradecí a Lucía por tan simple y lógico razonamiento, y por estar ahí, reemplazando a Clara, y jugando un poco el rol de esos afectos que no estaban.

Pensé en Octavio, en Buenos Aires, en sus calles.

Y respiré.

Respiré nostalgia y libertad.



-

martes, 9 de junio de 2009

Puro humo



Encendió otro cigarrillo,y esta vez le entregué el cenicero para que lo sostuviera con la mano que le quedaba libre.
Me sonrió, como si no interpretara mi indirecta o no le molestara.

Puse la mesa. Cuatro platos, cuatro vasos, cuatro pares de cubiertos.
Lo hice a desgano, sin que mi cara mostrara ningún signo de felicidad.

Se acercó y me tomó por la cintura mientras acomodaba las servilletas.

- Epa, ¿qué hacés? - dije, corriéndole la mano.

- Un gesto de cariño, ahora que estamos en confianza.

Lo miré sin pestañear, y juro que le hubiera dicho que en mi país eso lo tildaría de confianzudo y desubicado, y no de digno de confianza como él pretendía, pero considerando que debía verle la cara durante los ensayos, le dije:

- Se te está por caer la ceniza en la alfombra, para eso te di el cenicero - y le mostré los dientes, en lo que simulaba ser una sonrisa.



Al rato lo tenía sentado frente a mí, en la mesa.

En el tiempo que duró la cena fue poco lo que dijo, pero mucho lo que comió.

Cuatro panes, dos porciones enormes de carne y su correspondiente guarnición de verduras que se ocupó de repetir. Se tomó él solo una botella de malbec y tuvimos que contemplarlo mientras terminaba de comer la segunda porción de cheesecake.

Durante la sobremesa, la cosa se puso aún peor.
Ya entonado con el vino, que empezaba a hacerle efecto, comencé a sentir un molesto roce sobre mi pierna.

Una y otra tuve que rotar en el asiento, acompañando el movimiento con cara de fastidio.
Le clavé la mirada en varias oportunidades, pero lejos de tomarlo como un intento desesperado de decirle que me estaba cansado con su desafortunado histeriqueo, parecía interpretarlo como un juego de seducción de mi parte, así que me sonreía y volvía a rozarme con su pie por debajo de la mesa.

Fastidiada, pero queriendo mantener la calma ante Lucía y Gerardo que nada tenían que ver en todo esto, me levanté de la mesa, con la excusa de recoger los platos.

Se ofreció a ayudarme, y me siguió hasta la cocina.

- Escuchame Rafael, me parece que es suficiente por hoy, creo que deberías ir yendo - dije, intentando evitar cualquier tipo de comentario sobre lo sucedido que nos pusiera en una situación incómoda.

- Como quieras, bella, pero necesito pedirte un favor.

- Decime, ¿qué necesitás? - pregunté

- Si puedes prestarme dinero para el taxi de regreso, porque he gastado todo lo que traía en nuestra salida. Yo mañana te lo regreso.


A mi me quedaba muy poca plata, pero con tal de que se fuera, le hubiera dado hasta el último peso.

lunes, 8 de junio de 2009

El cuarto plato



- Hola Miru,¿cómo te fue? - alcanzó a preguntarme Lucía antes de sorprenderse ante la presencia de un desconocido.

- Bien, me contrataron- dije sonriente - Él es Rafael, un compañero de la obra que me acompañó hasta acá.

- Dejame que primero te felicite - dijo Lucía y me abrazó - Hola Rafael, ¿cómo estás?

Noté sutilmente como Lucía bajaba su mirada hasta su mano y se detenía en el cigarrillo. Sin duda no le molestaba que fumara, pero debería pensar lo mismo que yo en ese momento: ¿no podía haber preguntado si se podía?


- Gerardo - gritó Lucía- Vení a felicitar a Miranda que es actriz de Broadway.

Gerardo apareció con el diario en la mano, a medio leer. Enseguida sus ojos se posaron en Rafael, pero así y todo vino a saludarme primero.

- Te felicito mi querida, me debés unas pastas caseras- dijo - Me alegro muchísimo.

Rafael estaba de pie, junto a una enorme planta de hojas verdes y amarillas, volcando la ceniza en la maceta, con total tranquilidad. Me acerqué, y con tono irónico le dije:

- ¿Querés un cenicero?

- No hace falta, ya lo termino.

Juro que quise echarlo por la misma puerta por la que había entrado.
¿Dónde estaba el hombre caballero que me había acompañado hasta mi casa?
La duda se instalaba en mi mente. Había una posibilidad, que dejaba de ser remota ante su vulgar comportamiento, y era que en realidad el amable Rafael no lo hubiera hecho de puro caballero, ni como un gesto de cortesía,sino que ocultara una segunda intención... pero de eso no iba a enterarme en ese momento.

- ¿Vos sos de acá? - preguntó Lucía interrumpiendo el incómodo silencio que reinaba entre los dos.

- No, nací en Venezuela, pero hace tiempo que estoy en los Estados Unidos.

- Ah, y sos actor parece...

- Si, pues, vivo de eso - presumió Rafael

- Mirá qué suerte - dijo Lucía, haciéndole una radiografía con la mirada.

- ¿ Ya está la cena, amor? - preguntó Gerardo

- Creo que sí, está en el horno, fijate por favor- le respondió Lucía.


Gerardo sacó del horno una fuente humeante de carne y verduras.

La pregunta obligada salió entonces de la boca de Lucía.

- Rafael, ¿querés quedarte a cenar?

Rafael no tardó un segundo en contestar.

Por supuesto, su respuesta fue un si rotundo y contundente, y un cuarto plato fue agregado en la mesa esa noche.

domingo, 7 de junio de 2009

Pequeño intruso

Brindamos varias veces por el posible éxito del musical y nuestro camino en la actuación.

Ibamos por el tercer trago cuando quiso saber algo sobre mí.
Hizo preguntas básicas: mi estado civil, mi origen, mi edad, como si el resto no importara. Incluso el hecho de que pronunciara la palabra "casada" no lo invitó a ahondar sobre el asunto y se limitó a beber y a formular una nueva pregunta.

Rafael era extrañamente encantador.Sus atributos físicos estaban a la vista.
El resto, lo que hablaba y lo que callaba, lo convertía en una mezcla explosiva, en un ser ingenuo y adorable envuelto en un halo de misterio que invitaba a cualquier mortal a querer correr el velo de la incertidumbre para develar la incógnita. Yo era uno de esos mortales. Lo miraba entre seducida y pensante, tratando de imaginar la realidad de su vida.

Cuando se fue haciendo la hora de la cena, le dije que tenía que irme, que me esperaban para comer. Gentilmente se ofreció a acompañarme.
Tomamos un taxi hasta la casa de Lucía y Gerardo. Pensé que Rafael continuaría el recorrido hasta su casa, pero bajó del auto conmigo.Supuse que su caballerosidad lo obligaba a hacerlo, y sonreí pensando lo afortunada que era al encontrar siempre hombres de esa categoría.

Caminamos hasta la puerta.

- La pasé muy bien - dije, dejando entrever mi intención de despedirlo.

-Yo también- dijo él- ¿Acá vivís?

- Sí. Es la casa de un matrimonio amigo.

- Ah, un matrimonio. ¿Vas a cenar con ellos?-preguntó

- Si, claro.

- ¿Puedo conocerlos?

-¿Ahora? - dudé al preguntar- ¿Querés verlos ahora?

-Si. ¿Dije algo malo?- preguntó con su cara de inocencia habitual

-No, no, nada malo. Esperá.

Me sentía tonta y a la vez desubicada ante su pregunta.
Nada había de malo en que se los presentara, sólo que ya me parecía suficiente el tiempo compartido entre nosotros y necesitaba respirar un poco de libertad. Sentía que Rafael estaba metiendo su naríz en mis cosas, y no quería. Me había esperado el tiempo que había durado mi audición, me había invitado a tomar algo, me acompañaba hasta la puerta de mi casa y ahora quería conocer a Lucía y Gerardo. Era demasiado.
"Tal vez me volví arisca", pensé fugazmente.
Quizás no había nada de malo en la actitud de Rafael y cualquier otra hubiera muerto por estar en mi lugar.Era un tipo lindo, muy lindo, caballero, seductor, que mostraba interés en mi.Definitivamente, mi mala experiencia reciente con los hombres me había vuelto susceptible ante ciertas actitudes, pero él no tenía la culpa.Yo estaba comportándome como una idiota.

No era momento de explicarle todo eso, así que me callé y abrí la puerta.
Ingresé al hall llamando a Lucía, como queriendo advertirle que no estaba sola.

Detrás de mí, venía Rafael, quién rápidamente había cerrado la puerta a sus espaldas y hasta había encendido un cigarrillo.

lunes, 1 de junio de 2009

La audición

Amanecí mejor, como sumergida en un sueño nocturno que permanecía vigente aún en la vigilia.

Tal vez la emoción de estar frente a una jornada distinta me provocaba una amnesia forzada de lo ocurrido el día anterior, o quizás eran simplemente las ganas de volver a estar bien.


Tomé el texto que había elegido para presentarme a la selección y lo repasé varias veces en el desayuno, frente a una Lucía que soportaba con paciencia mis interrupciones y mis quejas, y que hasta improvisó aplausos cuando logré decirlo sin una sola mueca de insatisfacción.


Después, elegimos juntas la ropa que usaría: un vestido negro, simple, de algodón y unas sandalias sin taco. Me puse una vincha en el pelo, tomé mi cartera y salí.





Seríamos alrededor de treinta personas los que estábamos en el hall de acceso al teatro, a la espera de alguna indicación. Yo pregunté por Laurie, tal como él me había indicado, pero su asistente me ordenó que aguardara junto al resto hasta ser llamada.


La audición era privada, por lo que se hacía bastante tedioso aguardar a que alguno saliera, para al menos conjeturar según sus gestos si la prueba había sido más o menos exitosa.


Algunos repasaban sus textos, otros hablaban entre ellos, o daban vueltas en círculos.

Yo aprovechaba para fumar en la puerta intentando calmar mi ansiedad.


Me tocó ingresar en quinto lugar.

La sala no era demasiado grande, pero el escenario era lo suficientemente lindo como para opacar cualquier mala impresión.


En la primera fila distinguí a Laurie y me acerqué a saludarlo. Sonriente, me presentó al director, al guionista y a dos personas de prensa que se encontraban a su lado.

Después de la presentación, me preguntaron algunos datos, y me hicieron subir a escena.


Con luz tenue, y nervios recorriéndome el cuerpo, comencé a leer mi texto.

No había sonido alguno, más allá de mi voz y mis latidos.

No titubeé un segundo, y pude interpretar mi personaje tal como pretendía.

Sólo faltaba la devolución. de Laurie y compañía.


Levanté la mirada, tratando de interpretar sus rostros.

Parecían conformes con mi actuación pero no emitían una sola palabra.

Me quedé sobre el escenario esperando una indicación, cuando Laurie por fin habló:



- Muy bien, Miranda, muy bien. Ahora queremos escuchar la canción que preparaste.



- ¿Canción? – pregunté - ¿Qué canción?



- Uh – dijo llevándose las manos a la cabeza – No te dije, ¿verdad? Esto es un musical, y necesitamos probar tu talento en el canto.




- No, Laurie, no me dijiste, y además…. – estuve a punto de decirle que era espantosa cantando, pero me contuve.- estuve algo resfriada.




Mentí, con la esperanza de que esa pequeña excusa me permitiera salir corriendo de ahí a tomar clases de canto intensivas para volver a probarme otro día.


Pero la cara de Laurie sugería que no habría tal alternativa.

viernes, 29 de mayo de 2009

Otra vez su sombra


Quedé convertida en una estatua de piedra, sosteniendo el teléfono, sin emitir un sonido o expresar un gesto.

Muy dentro mío, como la lava de un volcán, sentía acumularse la ira en un rincón.

De pronto exploté.

Lloré y grité al mismo tiempo.
Grité y lloré.
Maldije en voz alta y otro tanto en silencio, con los puños apretados y el ceño fruncido.

Me sentía una completa idiota, cubierta por la burla de aquél a quien le estaba dando la posibilidad de enmendar su imagen.


Lucía subió corriendo para saber qué me pasaba, imaginando algo de lo acontecido.
Se limitó a abrazarme, las dos sentadas en el borde de la cama, y a repetirme que yo no era tonta, sino simplemente una mujer que no estaba acostumbrada a lidiar con gente hipócrita.

Tal vez era eso, mi necesidad de creer que detrás de un gran humo negro podía aparecer otra vez la nitidez de un horizonte.

Me había equivocado. Manuel no había cambiado. Su naturaleza permanecía inalterable, y sólo se había visto debilitada bajo los efectos del whisky, impulsándolo a un acto irracional, similar al mío, a mi llamada.

Nada más había, y ya no podía seguir escarbando en esa relación, ni en su persona.

Ahora me culpaba por haber corrido a llamarlo, sin determe a pensar un segundo en qué hubiera pasado si su perdón era cierto.¿Cuánto le habría durado? ¿Qué hubiera hecho con mi amor por Octavio? ¿Iba a dejarlo en el camino por darle una oportunidad a aquél que había traicionado mi absoluta confianza? ¿Tan débil era en el fondo?

Necesita pensar, buscar la punta del hilo y acomodarlo lentamente en la madeja otra vez.

Todo era cuestión de apretar el freno, desmenuzar lo sucedido y repartir la baraja una vez más.

Lucía me dejó sola, para que intentara descansar.




No sé cuánto tiempo había pasado cuando volvió a ingresar por la puerta del dormitorio y encendió la luz con el teléfono en la mano.

- Es una amiga tuya – me dijo


Medio dormida, pensé que si no era Clara nadie que dijera ser mi amiga podía llamarme a Estados Unidos, pero un impulso me obligó a atender.


- Hola – dije, mientras Lucía se alejaba

- Hola, Miranda. Tanto tiempo sin hablarnos.


Era la voz de Laura.

jueves, 28 de mayo de 2009

Un triste personaje


Mientras meditaba, regresó Lucía cargando bolsas del supermercado.

- Pensé que te habías vuelto a dormir - dijo - ¿qué quería Clara?

- Avisarme que la había llamado Manuel pidiendo el teléfono de acá - contesté

Le conté todo lo que había pasado, y se sintió culpable por haber salido de compras sin avisarme.

- Te compenso el mal momento invitándote con un paseo y un cafecito rico por ahí - me dijo.

- Dale, vamos.

Subí a cambiarme la remera y a ponerme un par de zapatillas. Mientras me ataba los cordones volvió la imagen de Manuel a mi mente. Se me aparecía ahora como una tarea pendiente, como cuando uno sabe que ese día no puede pasar sin pagar la luz o sin comprar café para el desayuno.
Lo sentía más como un compromiso moral que otra cosa, pero así y todo me molestaba.
Bajé las escaleras, y salimos, de paseo por New York.


Regresamos casi a las seis de la tarde, cansadas de tanto caminar y apenas mojadas por la reciente lluvia que nos había sorprendido a pocos metros de llegar.
Subí a darme una ducha, mientras Lucía acomodaba las compras del supermercado que habían quedado sobre la mesada desde el mediodía.

Envuelta en el vapor del agua caliente, lo que antes era un compromiso, ahora se convertía en una deuda. Sentía que le debía a Manuel ese llamado. Que su disculpa había sido un cheque en blanco que yo tenía que reintegrar de alguna forma. Al menos, pensaba, debía decir si lo aceptaba o no, pero no podía dejar que un silencio y kilómetros de distancia hablaran por mí.

Me anudé una toalla al pecho, y crucé a la habitación de Lucía, dejando una pequeña estela de mínimas gotas en el pasillo. Tomé el teléfono de al lado de su cama y me encerré en mi dormitorio.
Marqué el número de su celular.

- Hola.

- Manuel, soy yo.

- ¿Miranda? - preguntó sorprendido

- Sí, soy yo. Te llamo porque me quedé pensando en lo que hablamos hoy. Creo que no estuve bien en hablarte así, y te pido disculpas.

- Comprendo - dijo

- Me preocupa, y por eso te llamo. Quería saber si era cierto que habías cambiado, o que por lo menos había una voluntad de cambio concreta de tu parte. Tal vez yo soy injusta si no te doy una oportunidad de demostrármelo, no sé... me es difícil decirte esto, después de haber dicho que quería terminar con lo nuestro, pero a su vez, siento que tengo que hacerlo, que necesito decirte algunas cosas, o al menos escucharte a vos, que me repitas lo de hoy a la mañana y confirmar que esás volviendo a ser el que yo conocí. ¿Entendés?

- Entiendo, ajá - se limitó a decir.

- Manuel, ¿podrías decirme algo un poco menos escueto? - pregunté - Te estoy llamando para ver si vale la pena salvar nuestro matrimonio y vos me decís "comprendo, entiendo", como si fueras policía del destacamento.Te pido que me digas otra cosa, algo que me aclare el panorama, que me confirme si hubo una reflexión de tu parte, una autocrítica, no sé, algo.

- No puedo hablar ahora.Tengo que cortar - dijo

- ¡Esperá! - grité - Decime solamente si tengo que creerte lo que me dijiste hoy a la mañana totalmente borracho como estabas.

- No, mejor olvidate de ese llamado.


Antes de que cortara, en esos segundos antes del silencio que indican el final de la llamada, pude escuchar con claridad, la voz de una mujer.

lunes, 25 de mayo de 2009

Excesos y súplicas


Bajé corriendo los escalones que me quedaban y busqué a Lucía por la planta principal de la casa.

No había rastro de ella.

- Lucía - grité, mientras el teléfono continuaba sonando.

Nada. Sólo silencio. Pensé un segundo, y atendí.

- Hola - dije.

Del otro lado, como era de esperarse, la voz de Manuel,casi irreconocible.

- Te extraño Miranda - balbuceó -Soy un idiota, un perfecto idiota. ¿Te perdí? Decime que no te perdí, por favor decímelo.

- ¿Qué es esta escenita Manuel? ¿Qué hacés tomando a esta hora de la mañana? - pregunté

- Es que ya no sé qué hacer - hizo una pausa en la que lo imaginé tratando de sostenerse e hilvanando alguna frase medianamente lógica para decirme
- Pensé que si te cortaba el crédito vendrías a casa otra vez conmigo, pero no.... Yo te perdono lo del flacucho ese, ¿sabés? Te perdono, te perdono, Mirandita.

- ¿De qué flacucho me hablás? ¿De Octavio? Mirá Manuel, no es momento para hablar, y me parece patético de tu parte que te aferres a una botella de whisky para pedirme disculpas y decirme que me perdonás. Ya hablamos todo, ya no hay más.No insistas por favor y dejame hacer mi vida - dije, demasiado seria para el estado en que él se encontraba.

- No, no quiero.No puedo estar sin vos. ¡Soy un idiota! - gritó

- Sí, lo sos - lo interrumpí- pero eso ahora no importa. Dejá de comportarte como un adolescente y asumí las cosas como son. En algún momento te vas a sentir mejor.

- Si querés las tarjetas de crédito te las habilito de nuevo, eh. Te lo juro. ¿Qué más querés? Decime, amor, decime.

- Quiero que no me digas más amor, por empezar. Y después, quiero que no me llames más.

- Miranda.... - hizo otro breve silencio.De fondo sólo se escuchaba la radio - no me voy a dar por vencido. Sos lo que más amo en este mundo. Voy a luchar por nuestro amor, lo prometo. Voy a cambiar, voy a cambiar.

- Manuel ....

El "tu, tu" de la línea ahogó las palabras que iba a decirle.

Manuel había cortado, después de un ataque de sinceridad que sólo se lograba con una alta dosis de whisky.

Yo sólo podía preguntarme si en algún momento Manuel sería capaz de entender que lo nuestro había llegado a su fin.

Apoyé el teléfono y fui a la cocina a prepararme una enorme taza de capuchino.

domingo, 24 de mayo de 2009

Cerca de la meta



- El casting es pasado mañana, así que te espero en el teatro a las 14 hs - dijo Laurie con una amplia sonrisa.

- Allí estaré - respondí - Muchas gracias.

- Nada que agradecer - agregó.

Era pasada la medianoche cuando comenzaron a despedirse, contentos por la agradable cena que habíamos disfrutado.

Apenas se cerró la puerta, todo fueron abrazos y risas entre Lucía y yo, mientras Gerardo sólo repetía que sería mi representante.

En ese hogar de Nueva York, de a poco encontraba la calma y me acercaba a mi nueva meta, casi sin proponérmelo.


A la mañana siguiente, un tironeo en mi brazo izquierdo me obligó a escaparme de esa ciudad imaginaria en la que me encontraba en el sueño.
Abrí los ojos y la vi a Lucía, de pie junto a mi cama, sosteniendo el teléfono.

- Es Clara. Dice que es urgente.


Me senté de un sólo movimiento y la atendí.

- Hola Clar, ¿estás bien?

- Hola Mir, sí, sí - hablaba rápido, acelerada, como si quisiera decirme todo al mismo tiempo - Yo estoy muy bien. Lo que pasa es que me llamó Manuel para preguntarme si sabía algo de vos, bueno, le dije que no sabía nada, imaginate, pero siguió hablando y hablando y me terminó pidiendo el teléfono de Lucía. En realidad me dijo "de tu prima la hippie", y yo en un primer momento le dije que no lo tenía, pero después me acordé que me habías contado que esa vez cuando te llamó y vos estabas con Octavio en Nueva York le habías dicho que estabas con mi prima, así que pensé que si le mentía iba a ser peor. ¡Ay, Miru! ¿Metí la pata, no?

- ¿ Se lo diste? - pregunté cuando hizo un breve espacio para poder respirar.

- Si.

- Bueno, ya está. Dejame que piense que voy a hacer ahora que ya sé que lo tiene. Tampoco es tan grave, al menos está en Buenos Aires - dije para tranquilizarla.

- Si, pero me siento culpable.

- No te preocupes, vos no tenés la culpa de nada. ¿Cuándo fue esto? - pregunté

- Recién. Acaba de cortar.

- Listo. Voy a hablar con Lucía. Beso enorme, amiga.

- Otro Miru - dijo antes de cortar



Me levanté dispuesta a buscar a Lucía y explicarle la situación para que mintiera en caso de que Manuel llamara.

Cuando estaba bajando el segundo peldaño de la escalera, el teléfono sonó en mi mano.

Supe que era él.

sábado, 23 de mayo de 2009

Cena de negocios


Con las provisiones sobre la mesada de la cocina, que habíamos ido a comprar con Lucía apenas Gerardo confirmaba el evento de la noche, nos atamos el delantal a la cintura y comenzamos a preparar los ingredientes.

Mi menú no era demasiado elaborado.

Pequeñas tartas individuales de diferentes sabores y variedad de ensaladas para la entrada.

Como plato principal, un lomo a la cerveza con papas a la crema y de postre, tiramisú.
Recetas por demás ensayadas en la intimidad de mi matrimonio y que habían logrado más de un elogio por parte de Manuel y hasta de su exigente familia.

Mientras una supervisaba que nada fuera a quemarse, la otra aprovechaba para bañarse.Así nos alternamos para llegar a estar listas ,y sin que se notara nuestro esfuerzo, para las nueve y media de la noche en que Laurie y su mujer llegaron.


Laurie era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo algo canoso, pequeños ojos grises y nariz prominente.Elegante al vestir y ameno al hablar. Se lo notaba culto y viajado. Había estado viviendo un tiempo en Madrid, unos quince años atrás, en el intento de dedicarse a la gastronomía con una novia española de aquel entonces.Luego del fracaso de la relación y del negocio, había regresado a Estados Unidos y conocido a Diane, con quien se casó a los cinco meses de conocerla."Cosas del amor"- decía al llegar a esta parte de su relato - "aparece cuando uno ya no lo espera".

Desde ese entonces producía obras de teatro, además de ser dueño de algunas salas del Off-Broadway junto a dos socios.


Durante la cena, intentó hablar conmigo un poco en español para comprobar que aún recordaba el idioma.Sonrió al recordar ciertas expresiones lo que imprimió de cierta cordialidad extra la noche y nos acercó de un modo especial.

Mi comida le parecía exquisita, y Diane no dejaba de pedirme que le pasara la receta de mi salsa hecha a base cerveza.


Nadie había hablado de los motivos que me tenían de huésped en casa de Lucía y Gerardo, hasta que llegó el postre.

Cuando Laurie estaba por llevarse a la boca el primer bocado de tiramisú, Gerardo soltó la esperada frase y la dejó flotar en el aire.


- Miranda es actriz, y de la buenas. No estaría mal que le dieras un papel en tu próxima obra.


Sentí como si la escena se congelara de golpe y comenzara a reproducirse nuevamente pero en cámara lenta.

Mi plato intacto, con mi porción de postre esperando a ser probada y mi taza de café humeante a un costado. La cara de Gerardo, despreocupado, junto a una Lucía atenta y ansiosa.
Diane concentrada en su propio mundo de recetas que ella no prepara, y Laurie con un gesto de quien medita una respuesta apropiada.

En el medio yo, sintiendo que me debatía entre lo que podía haber sido y lo que era.

- Creo que sería una buena idea. Si es tan buena actuando como cocinando, seguramente tendré un lugar para ella.

Sonrió, y todos reímos.

Yo reí, cruzando una mirada cómplice con Gerardo y con Lucía, reí mucho.

Actuaba mejor de lo que cocinaba, así que mi último item de la lista podía tacharse de una buena vez.

viernes, 22 de mayo de 2009

Nuevos rumbos


A las diez de la mañana Lucía me pasó a buscar por la puerta del hotel.
Mi valija y yo aguardábamos desde hacía diez minutos, intentando ser puntuales.

Su casa era grande y blanca, muy blanca, por dentro y por fuera.Los detalles de color los daban las exquisitas pinturas que decoraban las paredes y algunos tapices rústicos que me obligaban a pensar en el sur, dónde Lucía había vivido por un tiempo.

Gerardo no estaba.Era dueño de dos galerías de arte y además dictaba clases de pintura, destreza que desempeñaba con talento desde su juventud.
Lucía me acompañó hasta mi cuarto, en el piso de arriba, para que pudiera acomodar mis cosas, y después me orientó por el resto de las habitaciones para que pudiera moverme sin necesidad de estar preguntando como suelen hacer las visitas.
Realmente se la notaba contenta con mi presencia y en su entusiasmo al explicarme la rutina de sus días interpreté que contemplaba la idea de que me quedara un buen tiempo.


A las seis de la tarde llegó Gerardo.Había cambiado bastante desde la última vez que lo había visto.Estaba mucho más delgado, y su pelo largo había sido reemplazado por un corte moderno que resaltaba sus grandes ojos negros.Sonrió al verme.

- Mirandita, qué bueno tener visitas.Me dijo Lu que sos buena cocinera.

- Bueno, me ponés en un compromiso, después de tanta fama me voy a tener que esmerar - le contesté

- Siempre linda vos, eh - rió - ¿Así que todo mal con tu marido?

- ¿Ya te contó Lucía? Y sí, se terminó todo, se portó muy mal conmigo, es una larga historia que te iré contando en mi estadía. Tenemos tiempo por delante - dije sin ánimos de recordar lo que había pasado.

- Bueno, pero tenés otro merodeando - agregó

- ¡Gera! - interrumpió Lucía - dejala en paz a la pobre, que ya no tiene ni ganas de pensar en esos dos.Más bien fijate si podés conseguirle un trabajito para que tenga su cabeza ocupada.

- ¿Un trabajo? Hmm.... - se llevó dos dedos al mentón como si pensara entre sus conocidos dónde poder ubicarme o a quien pedirle un favor - ¿Trabajo de qué?

- Y....yo soy actriz. Es lo único que sé hacer bien.Y sé hablar bien inglés- dije.

- Ah, bueno, se acortan los contactos.Dejame pensar.Alguien de teatro, algún director o algún guionista... - dijo

-Dale Gera, conocés a medio Broadway, y si no tu papá, él debe conocer- agregó Lucía.

- Ya sé quien.Laurie, el productor, el marido de Diane.Los que vinieron a cenar ese día que nevaba tanto que no podíamos abrir la puerta amor- dijo tratando de que Lucía recordara.

- Ah, si, si. Llamalo, llamalo - le dijo Lucía pasándole el teléfono.

- Dame la agenda que está en el portafolio.Lo dejé en el sillón - le indicó.


Yo miraba los movimientos de ambos, mientras tomaba Coca Cola y fumaba un cigarrillo mentolado de los de Lucía.


- Hola Laurie....


Gerardo habló con Laurie, que estaba por comenzar el casting para una obra de teatro que empezaría a ensayarse el mes siguiente.Los actores principales ya estaban seleccionados, pero quedaban vacantes algunos papeles secundarios.

Laurie vendría a cenar esa noche, con su esposa Diane.
Gerardo no le había dicho nada de mí por teléfono, se lo diría personalmente.

Mientras con Lucía pensábamos en la cocina qué menú diseñar, Gerardo se asomó por la puerta y me dijo:

- Preparate para estar en las tablas del Astor Place Theater.

Sonreí, llena de ansiedad.

jueves, 21 de mayo de 2009

Manojo de ideas


Después de una corta espera vi ingresar a Lucía por la doble puerta de acceso del hotel. Se acercó sonriente a mi encuentro, y me abrazó.

-Miranda, qué lindo verte- dijo

- No sabés lo que significa para mi ver una cara amiga- dije intentando lo más parecido a una sonrisa.

-Contame qué es lo que pasa, te escucho.

Nos sentamos en los sillones de la recepción, junto a la vidriera que daba hacia a la noche de Nueva York.
Relaté los hechos desde el comienzo, desde Laura, desde el loquero y mis averiguaciones junto a Clara. Ubiqué a Octavio en la historia, continué con Miami, con Nueva York, el regreso a Miami, la sorpresa de Manuel en nuestra habitación, la despedida de Octavio y el final, con la venta de mi alianza y la poca plata que tenía en la billetera.

Se quedó callada por un breve instante.

Yo conocía a Lucía desde hacía muchísimo tiempo. Habíamos compartido cumpleaños, vacaciones, clases de teatro y anécdotas de todo tipo.Era una persona práctica, liberal, de mente abierta, que le había valido la etiqueta de hippie por gente conservadora como Manuel, pero que simplemente basaba su vida en la búsqueda de su propio bienestar, lo que no se limitaba exclusivamente a lo económico.

- Bueno, vayamos por parte. Con la plata que te queda, ¿para qué te alcanza?-preguntó

- Para comer, uno o dos días a lo sumo – respondí

- ¿Tenés pago el hotel?

- Sólo esta noche.

- ¿Querés volver a Buenos Aires o quedarte en Usa?

- No puedo volver.No quiero enfrentar a Manuel, ni ver a Octavio todavía.No así.

- Perfecto.

- ¿Perfecto?- pregunté. No veía nada que se acercara a la perfección en el asunto.

- Bueno, mi casa no es una mansión, pero hay lugar, así que podés quedarte con nosotros un tiempo. Ese tema estaría solucionado.

- Gracias – dije, y esbocé la primera sonrisa sincera de la noche.

- Comida no te va a faltar. Eso sí, si sabés cocinar me harías un gran favor porque nunca fue mi fuerte – se rió.

- Ningún problema, yo cocino – dije contenta

- Y listo – agregó – Se acabaron tus problemas en New York.

- No, faltan – dije – Me queda cambiar el pasaje a Miami para no perderlo. ¿Me podrás llevar al aeropuerto?

- ¡Seguro! Lo tomamos como un paseo – dijo muy relajada.

- Y hay algo más – dije recordando mi lista – quería preguntarte si Gerardo no tiene algún contacto en los teatros, como para conseguir algo, aunque sea chico….Sabés que lo único que sé hacer es actuar, no me imagino haciendo otra cosa.

- No te preocupes, que por el trabajo de él, conoce a medio Broadway. Mañana le preguntamos. Algo te vamos a conseguir – respondió.


Lucía me acompañó al aeropuerto a cambiar el pasaje y después me dejó nuevamente en el hotel, para que aprovechara mi última noche paga. A la mañana siguiente, me estaría mudando con ellos.

Antes de dormirme, en mi habitación, tomé del bolsillo de mi pantalón la lista que había improvisado horas antes. Pude tachar aquello que se refería al alojamiento y al pasaje. Detrás de la frase que incluía conseguir un contacto en el ambiente teatral ubiqué un signo de pregunta.

Todavía mi esperanza seguía intacta.