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domingo, 4 de abril de 2010

Primera Ecografía


A mi primera ecografía fui acompañada por Clara.
Javier había intentado pedirme perdón pero yo no había sido capaz de atender sus llamados o responder sus mensajes. El ruido de la puerta al cerrarse se había convertido en un eco que se agigantaba con el correr de los días. Mi amor mutaba a rabia, a bronca y no podía perdonarlo.
La única que siempre estaba, sin hacer mayores preguntas, era Clara.

Lamenté que el mal momento que atravesaba me impidiera disfrutar de ese acontecimiento como siempre había soñado. Pero la ausencia de Javier era, de pronto, una enorme presencia. Una nube gris sobre mi cabeza. Un pedacito de mí que se había ido.

Entramos a la clínica y atravesamos el pasillo para tomar el ascensor que llevaba al segundo piso.
Una vez ahí, nos anunciamos en la recepción. Nos indicaron que siguiéramos caminando hasta el fondo y que allí dobláramos hacia la derecha.
En medio del recorrido, sentí que Clara me apretaba el puño con fuerza, como si tratara de advertirme sobre algo. En el mismo instante, oí una voz que pronunciaba mi nombre.


- Miranda, qué sorpresa.¿Qué hacés acá?

- ¿Vos qué hacés acá? - respondí, pálida, como si me encontrara en presencia de un fantasma.

Enseguida identifiqué un yeso en la pierna izquierda de Manuel y supuse cual sería su respuesta.


- Una fractura- dijo - ¿Vos?

- Se intoxicó - mintió Clara.

- Espero que no haya sido culpa mía - río - Fue un chiste de mal gusto, lo sé.

- Fiel al resto de tu persona - atiné a decir- Siempre tan desagradable.

Empecé a caminar. A mi lado, Clara balbuceaba insultos. Al llegar al final del pasillo, doblamos tal como la recepcionista nos había indicado.

Por suerte no había nadie, así que apenas dos minutos después el médico nos hizo ingresar.


La sensación de ver a mi bebé por primera vez fue suficiente para hacer desaparecer de mi mente a los Javieres, Octavios y Manueles. Nada había más importante que esa pequeña personita a quien no conocía pero amaba.
Por unos quince minutos fui feliz. Completamente feliz.
Me sentí viva, radiante. Nueva.
Clara lloraba sin parar y trataba de disimularlo para no contagiarme. Yo hubiera querido llorar pero la emoción era tanta que llorar hubiera sido poco.


Al salir, Manuel estaba esperándome, sentado en los sillones de la recepción. Yo seguí de largo como si él no existiera.

- Miranda - dijo - esperame, quiero decirte algo.


No me detuve, ni lo miré siquiera. Manuel insistió.


-Miranda, escuchame - volvió a decir mientras se levantaba y caminaba detrás nuestro arrastrando su pierna enyesada.

- No quiere hablarte- le respondió Clara - ¿no entendés?


- ¡Miranda! - gritó fuerte.

Me detuve como si ese grito fuera la señal de algo peor que estaba por venir.

- Me mentiste. Viniste hacerte una ecografía porque estás embarazada. Y yo sé que ese hijo es nuestro - dijo.

- Estás enfermo - le respondí antes de seguir caminando hacia el ascensor.

- Voy a ser padre, Miranda. Vamos a ser una familia otra vez - dijo



Y sentí miedo.




lunes, 1 de febrero de 2010

Blanca y radiante

Y llegó el día.
Ya instalados en el hotel, no había más que pensar que en la boda.
Octavio quedaba atrás. Manuel, a un costado.
Delante, Javier y la posibilidad de un nuevo comienzo, recortado del pasado y de las malas experiencias.
Volver a cero, al purgatorio después de haber puesto los pies en el infierno.


Yo ultimaba detalles con el personal del hotel mientras Javier se ocupaba de recibir a la familia y los amigos. Pocos, nada más que un grupo reducido de afectos entre los que estaba mi fiel amiga Clara.


Ella subió para ayudarme con el vestido y para controlar que la maquilladora no me produjera como para un musical, ni el estilista convirtiera mi pelo lacio en un adoquín lleno de spray.
Entre medio, hubo tiempo para los abrazos y los chimentos de su luna de miel.
Nuestra felicidad hubiera sido motivo de envidia para cualquiera que nos observara a través de la cerradura.

La alegría se notaba en mis pupilas y en la comisura de mis labios. Me sentía adolescente en esa charla entre amigas y a la vez adulta cuando recuperaba la consciencia de saber dónde me encontraba.

Era el día esperado, con la gente anhelada, con la pareja soñada.

Clara subió el cierre de mi vestido y me acomodó por enésima vez las flores del tocado.
Me dio una pulsera nueva, un dije que ella había usado en su casamiento y una liga azul que cumplía con la tradición y me auguraba buena suerte.


Así, con mi solero claro, mis zapatos apenas caminados por la alfombra de un departamento en Nueva York y un amuleto improvisado por mi amiga del alma, salí al pasillo del hotel y empecé el largo recorrido hacia el altar.

Blanca.
Y radiante.
Más que nunca.
No para siempre.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Vestida para la ocasión





Estaba tan feliz con la noticia de Clara que me olvidé por completo de las fotos y la carta de Manuel y corrí a abrazar a Javier, llena de emoción.










- ¿Vas a venir, no? - le pregunté.

- ¿Estoy invitado?

- ¡Obvio! Es mi mejor amiga, como una hermana te diría. Por supuesto que estás invitado.



- Entonces vamos - sonrió - Hace bastante que no ando por Buenos Aires, así que me parece una buena excusa para visitar a mis afectos.


Le devolví una enorme sonrisa mientras mi cabeza festejaba a escondidas la idea de que Octavio me viera acompañada. Me sentí humanamente mal por mi pensamiento, pero no podía evitarlo. No quería aparecer sola en esa fiesta a la que él seguramente iría acompañado por la "rubia oxigenada" luciendo el embarazo.
Al llegar a ese punto de mi reflexión sentí una mano estrangulándome la boca del estómago y percibí que mi rostro se transformaba sin poder ocultarlo.

- Estás pálida - dijo Javier.

- Debe ser porque al final no desayunamos - mentí - Dale, tomemos el café y vayamos de compras. Necesito un lindo vestido de fiesta para el casamiento de mi amiga.

- Ya veo en qué vas a gastar tu nuevo sueldo. Mujeres... - suspiró Javier.


Traté de concentrarme en el hombre que tenía frente a mis ojos. Incapaz de negarse a un plan que me incluyera como compañía, siempre dispuesto a complacerme y mimarme sin oponerse a mis caprichos.

Salimos de recorrido por el Soho, donde me compré un vestido negro de organza con una faja en la cintura y un par de sandalias soñadas, decoradas con una flor marfil, único toque de color para la ocasión.

Javier sólo se compró una corbata. Tenía un traje apenas estrenado y zapatos a los que sólo les faltaba un buen lustre.

Tomamos un Creme Caramel con dos cookies en Starbucks y nos olvidamos del almuerzo.

Apenas regresamos al departamento tomé prestada la notebook de Javier para escribir un mail.


Amiga, ya tengo la ropa para tu fiesta. ¿El regalo te lo compro acá o espero a estar en Buenos Aires? Contame si ya te hiciste ecografía...¡quiero ver a mi sobrino! (dije sobrino en lugar de sobrina, así que como soy medio bruja andá pensando nombres de varoncito).
En quince días estoy por allá así te ayudo con los últimos preparativos.
Viajo con Javier, me imagino que está invitado...Por favor ubicanos lejos de la mesa de Octavio.
Gracias Clari, no veo la hora de darte un abrazo.
Te adoro, Mir.


Claro que a mi nunca me salían los planes tal como los pensaba.




martes, 15 de septiembre de 2009

Casamiento con yapa.



- ¡Clara, qué lindo escucharte! - fue lo primero que dije.

- Amiga, se te escucha bien, ¿ o me equivoco? - preguntó.

- No, bueno, estoy bien, aunque siempre hay algo que opaca la felicidad.

Le resumí el episodio con Manuel y escuché los insultos de Clara recordando nuestra época de espías ambulantes. Después de alentarme, continuó con su relato.

- Te llamo para contarte algo - dijo.

- Soy toda oídos - le contesté a la espera de sus palabras.

- Me caso - dijo emocionada.

- ¿¿¿Qué??? - fue lo que atiné a decir - ¿ Con el Tano?

- Y si, Miru - rió - ¿con quién si no?

- Ay, perdoname, es que me dejaste tarada con el notición. ¡Me muero de alegría! ¿Vos estás feliz?

- Muy feliz, casi me caigo cuando me lo propuso. Lo hubieras visto, te morías de ternura. Quiso hacerlo como en las películas y le salió mal - volvió a reír - el anillo salió rodando en pleno restaurante y tuvo que pedirle al camarero que lo ayude rescatarlo de atrás del mostrador. Para colmo, cuando por fin lo tuvo nuevamente en sus manos, resultó ser tan grande que hasta me bailaba en el pulgar.

- Me lo imagino, siempre tan torpe. Al menos tendrán una linda anécdota para contarle a sus hijos.

- Claro, Mir, al que está en camino - dijo aprovechando el pie.

- ¿ Es una broma? - pregunté desorientada.

- No, no, ninguna broma. Vas a ser tía y madrina y todo lo que quieras ser.

- ¡Me vas a matar de un infarto! ¿Cómo hago para abrazarte a miles de kilómetros, Clara?

- No te preocupes, me los das todos juntos cuando vengas - respondió.

- ¿Cuándo? ¿Cuándo tengo que ir? - pregunté.

- Me caso el tres del mes que viene, antes de que se me empiece a notar la panza. Así que andá comprándote el vestido. Quiero que seas la más linda de la fiesta y que te luzcas con tu novio nuevo ante la mirada de Octavio.

- Me había olvidado de ese detalle. Gracias por recordarlo - dije con el tono de voz opacado.

- Olvidate, que si este Javier es tan increíble como me contaste en el mail, Octavio pasa a la historia.



La frase de Clara me hizo recordar que Octavio estaba ahí, pendiente. Era un punto suspensivo, un párrafo sin terminar.
Tal vez el casamiento de Clara era la oportunidad perfecta, que me regalaba la vida, para poner fin a las idas y vueltas con él y para recuperar las pruebas que me hacían falta para enfrentar a Manuel.

De algún modo, el destino se ocupaba de encaminar aquello que yo dilataba para que pudiera liberarme de aquello que de a ratos me asfixiaba.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Detrás de la actriz



La semana se convirtió en un caldero donde se mezclaban la partida de Clara, mi desilusión por la paternidad de Octavio y la propuesta de Manuel.
Todo revuelto, crudo, cocinándose en mi cabeza.

El toque de condimento llegó de la mano de Laurie. Miranda, no creo que duremos mucho tiempo en escena. Las críticas suelen afectar la boletería y esto, más allá del arte, es un negocio.

A ocho días del estreno, Laurie sentenciaba el final de mi ilusión de triunfar en Broadway.
El era entendido en ganancias y pérdidas de producciones teatrales. Yo, sólo de aquellas del corazón.

Lo miré con desazón y le pedí que me contara cuáles eran sus planes a corto plazo. Si esto no se revierte bajamos el telón.

Habíamos terminado una nueva función con varias butacas vacías que ya no se llenaban con familiares y amigos. Los aplausos sonaban opacos y sin entusiasmo. El brillo sólo le pertenecía al vestuario y ciertos toques de maquillaje.

El éxito me esquivaba en mi vida personal y profesional. Las dudas se convertían en mi almuerzo diario. Octavio, Manuel, Nueva York, ¿qué hacer con ellos?
La distancia no favorecía ninguna de mis decisiones. De haber estado cerca de Octavio hubiera podido mirarlo a los ojos y saber al menos si estaba enamorado de ella, de mí. Con Manuel, lo mismo.

Até los cordones de mis zapatillas, me recogí el pelo con una hebilla y me despedí de los actores.
Vi a Laurie hablando con otro productor que fruncía el ceño cuando salía.

Al llegar a la puerta, dos hombres me miraron. ¿Miranda Rey? preguntó el más alto. Se acercaron apenas hice un gesto afirmativo.Me entregaron su tarjeta y comenzaron a hablar.


El día que el teatro bajó el telón por última vez, yo ya no formaba parte del elenco.


jueves, 13 de agosto de 2009

Desconsolada



En esos minutos en que abracé a Clara sentí el doble de mi propio peso en cada párpado.
La tristeza, la duda y la indignación se habían apoderado por completo de mi mente y no quedaba lugar para un mínimo de razonamiento.

Cuando Clara me alejó de su lado, para acomodarme el pelo y secarme las lágrimas en un gesto de ternura, se encontró con mi mirada perdida, viajando a miles de kilómetros de donde estábamos.

Insistió en que le prestara atención a lo que estaba por decirme. Juraría que tuvo que repetirlo varias veces aunque no podría precisar cuántas.

- Mir, escuchame. Tenés que ser fuerte, que no se acaba el mundo - dijo - Tal vez era algo que estaba en tu destino. Quien sabe lo que viene sea mejor para vos, ¿entendés?


Ni un gesto de mi parte. No podía asimilar lo que ella me decía ni aunque hubiera sabido que sus palabras eran un mantra divino.
Mi cuerpo estaba frente a Clara pero mi mente buscaba oxígeno en alguna verdad que no estaba en condiciones de suponer, ni con fuerza suficiente como para averiguar.

- Miranda, basta. Mañana tenés función, vos no podés estar así. Está tu carrera en juego, tu sueño, tu oportunidad - volvió a decirme - Entremos, dale. Te hago un tecito y nos sentamos juntas a charlar de otras cosas, ¿querés?

Yo no quería, pero me obligó a entrar.

No lo supe en ese momento, pero más tarde Clara me contaría que mi cara de desilusión era tan notoria que apenas atravesamos la puerta El Tano le hizo un gesto de advertencia, indicándole que después hablarían.
Cuando me lo contó sentí culpa pero a ella no pareció importarle. Vos sos mi amiga, me dijo, él llegó después. Y con eso dio por sentado lo que yo ya sabía, que su amistad era incondicional.


Cuando recobré el mínimo de lucidez, después de fumar casi medio atado y tomar un té sin azúcar, me senté frente a la computadora y escribí:

Octavio, sin duda no te imaginabas este mail.
Te aseguro que yo tampoco.
Cuando me pediste que respetara tu decisión de alejarte un tiempo, lo primero que hice fue bloquearte porque no quería enterarme nada de vos. Claro que en mi interior sabía que si tenías ganas de ubicarme encontrarías la forma. Después de todo no hubiera sido tan difícil, ¿no? Ahora entiendo porqué no diste señales...

Por más que decidí mantenerme fuera de tu alcance, hoy las noticias vinieron a mí. Me cayeron encima con todo el peso de lo que habíamos construido y proyectado para los dos, sin aviso.

Así, inerte y desconsolada como estoy ante la novedad, decidí escribirte.
Sólo quiero decirte que me decepcionaste más que el mismísimo Manuel, y eso es decir demasiado. ¿Y sabés por qué? Porque de vos jamás, pero jamás, hubiera esperado semejante acto irracional. Mucho menos que me lastimaras de esta forma.

De nada sirve lo que te escribo ahora, lo sé.
No puede borrarse lo que pasó y hacer de cuenta que nunca existió. Qué fácil sería ¿no?

Sólo me quedaría desearte suerte, si acaso pudiera.
Pero ni eso me sale decirte.

Miranda.



Apreté enviar y me quedé contemplando un rato la copia en el buzón de salida, dándole voz a mis propias palabras, intentando convencerme del final.


Estaba con la mente ausente y los ojos fijos en el monitor, cuando sonó mi celular.

Era Manuel.

viernes, 7 de agosto de 2009

Rimmel




Encendí un cigarrillo antes de que Clara comenzara a hablar.


Clara
- Hablé con en El Tano. Le dije que me contara por qué motivo te había mandado un mail pidiéndote tiempo.

Miranda
- Bueno, decime. No des tanta vuelta. Si es malo prefiero saberlo de una sola vez.

Clara
- Y... es malo, amiga. No sé cómo decírtelo.

Miranda
- Clara, ¡por favor! Ya está, tarde o temprano me lo vas a decir, entonces hablá.

Clara
- ¿Viste que él andaba con la rubia?

Miranda
- Sí, eso lo sabemos. ¿Qué pasa con la rubia?

Clara
- Está embarazada.

Miranda
- ¿Qué? ¿Cómo embarazada? ¿De Octavio?

Clara
- Sí, Mir, de Octavio. Si fuera de otro no te lo contaría como algo malo...

Miranda
- No puede ser, no. Si Octavio es un tipo inteligente...no pudo descuidarse así. Es imposible Clara, ¿estás segura?

Clara
- Me lo dijo El Tano y es su mejor amigo. Yo creo que...

Miranda
- Que me tengo que olvidar, ¿no? ¿Eso me ibas a decir?

Clara
- Sí, es lo mejor.

Miranda
- ¿Me decís vos cómo hago para olvidarme del tipo del que me enamoré y por el cual dejé mi matrimonio? Por él estoy acá, ¿entendés?

Clara
- No, Mir. No mezcles las cosas. Vos dejaste a Manuel porque era una basura que te cagaba con una loca, y vos estás acá porque era tu destino. Acá pudiste intentar ser algo más corriéndote de la mirada de tu entorno. ¿ O no lo ves?

Miranda
- No veo nada, Clara. No puedo ver nada.



Realmente no podía ver.
Las lágrimas me nublaban la vista y la tristeza me apretaba la garganta.

Apagué el cigarrillo con el taco, presionando con rabia las baldosas.
Tenía la mente en blanco cuando Clara me abrazó.
Apoyé mi cabeza en su hombro y dejé que mis lágrimas cargadas de rimmel corrieran sobre el blanco de su camisa.

martes, 4 de agosto de 2009

La mala hora



Mi sexto sentido me torturaba.
Desde que me levantaba, hasta la hora de dormir, sentía el peso de un nubarrón cargado de tormenta sobre la nuca y una piedra del tamaño de un pomelo en la boca del estómago.
Algo andaba mal.

Lo único que me hacía olvidar de a ratos el sentimiento premonitorio, era Clara.
Paseamos todo lo que pudimos y hablamos hasta quedar afónicas.

Por supuesto, fue ella la que me contuvo cuando los medios se ocuparon de la obra.
Después de haber rescatado mi persona - conste que no mi talento - se dedicaron a criticar la puesta en escena, la dirección, la pobre interpretación y hasta la coreografía.

El ánimo en el teatro no se parecía en nada al del estreno, cuando las carcajadas y las miradas esperanzadas se asomaban entre las bambalinas. Ahora todo era silencio en los camarines, interrumpido por algún rumoreo en voz baja que sin duda tenía que ver con las noticias.

La cara de Laurie evidenciaba preocupación y eso se trasladaba a todos los que conservábamos la ilusión de protagonizar un éxito. A la prensa no le había gustado. Era una realidad y había que asumirlo.

La sensación de que algo malo estaba por ocurrir seguía latente, acompañándome por donde fuera. Había algo más, que no tenía que ver con el hecho de estar protagonizando un fracaso, y que aún no podía descifrar qué era.

Hasta que llegué a casa después de la función y vi las señas de Clara, alertándome de que tenía algo para decirme.
Le pregunté si me acompañaba a la puerta a fumar, aprovechando que la noche estaba linda. Por la mirada del Tano, que nos atravesó la espalda, supongo que intuía que ella iba a contarme lo que él había revelado sobre Octavio. Su cara de resignación fue lo último que recuerdo haber visto antes de concentrarme en las palabras de Clara.

La verdad que tenía para decirme confirmaba que mi sexto sentido funcionaba como un reloj.
Ese reloj marcaba el inicio de la mala hora.

viernes, 31 de julio de 2009

Recreo


No le respondí. Preferí que el silencio dijera todo por mí.

Claro que eso no significaba que me alegrara su mail, ni que me resignara a ese tiempo entrecomillado al que me sometía sin quererlo. Lo único que podía pensar era en su decisión. ¿Qué podía hacer ante un pedido de su parte ? ¿Había forma de modificar lo que él sentía o de eliminar los fantasmas que lo perseguían aún estando a la luz del sol?

Sentí un poco de impotencia que se agravó al acomodar las flores y recortar las hojas menos verdes. Un pensamiento insólito se clavó en mi desconfianza y, sin quererlo, la idea de que Octavio disimulaba una verdad fue creciendo con el paso de las horas.


Miranda
- Clara, creo que Octavio sigue con la rubia.

Clara
(entrando en la cocina con el resto de las flores)
- ¿Qué dice el mail? No me dijiste.

Miranda
- Me pide un tiempo. Dice que está torturado con la idea de que todos los hombres de Nueva York quieran conquistarme por un par de fotos mías que salieron en los medios.

Clara
- ¡Qué exagerado! Y bueno, es hombre, ¿qué pretendés?

Miranda
- Octavio no es así. Se bancó una relación clandestina mientras yo estaba con Manuel, ¿entendés? Pensá que debería tener más certezas que dudas sabiendo que yo dejé mi matrimonio por amor a él.

Clara
- Te entiendo, ¿y entonces ?

Miranda
- Se me metió en la cabeza que sigue con ella. Creo que por eso manejó todo por teléfono, para no verte.

Clara
- Pucha, puede ser. El Tano debería saber, ¿no? Será su mejor amigo pero también es mi pareja. Y hay ciertas cosas que una novia puede lograr que un amigo no. Dejámelo a mí.



Necesitaba un recreo después de tanto ajetreo emocional. Clara estaría a mi lado sólo por tres días y pretendía aprovecharla. El éxito me invitaba a dormir abrazados y Rafael ya no me acosaba. Tenía que permitirme disfrutar y, para eso, no debía permitir que se filtraran motivos que arruinaran mi momento.

Si era tiempo lo que él necesitaba, iba a dárselo.

Apelé a lo más racional de mí y me prometí no pensar en él.
Sólo me atreví a recordar su nombre en dos oportunidades.
La primera, cuando lo bloqueé de mi casilla de correo.
La segunda, cuando tiré las flores que me había regalado.



miércoles, 29 de julio de 2009

Flores en agua



Clara y El Tano se instalaron en la casa de Lucía y Gerardo.
De sólo pensar que durante los próximos días iba a poder compartir el desayuno con mi amiga me daban ganas de saltar en el lugar como cuando era chica y me alegraba con los sobres que contenían las figuritas del álbum que me faltaban.

Esa noche fuimos a cenar todos juntos. Competimos, sin quererlo, para ver quién hablaba más en la mesa. Queríamos decirnos todo al mismo tiempo, comer, pedir más vino y hasta brindar por el reencuentro y el estreno. Demasiado. Un exceso de felicidad impensado.

Claro que en el paseo de vuelta pude tener a Clara para mí sola. Me pegué a su lado para fumar mientras andábamos y para que me pusiera al tanto de lo que pasaba en Buenos Aires.

No sabía nada de Manuel, lo que me dejaba tranquila aunque siempre a la espera de que en algún momento decidiera fastidiarme con su incapacidad para resignarse. Mamá y papá le habían dado un regalo para mí, que me lo daría al llegar a la casa de Lucía, y que resultó ser una cadenita con dijes que auguraban buena suerte al por mayor.

Con El Tano las cosas iban muy encaminadas, lo que me daba un plus de alegría al ver como brillaban sus ojitos al mirarlo de reojo mientras me lo contaba.

Llegó el turno de Octavio.

- Hace unos días que ni El Tano ni yo lo vemos. Sólo lo llamé dos veces por teléfono para hablar de tus notas que aparecían en la web y para tratar de convencerlo de que viniera. Pero bueno, no pudo, ¿viste?

- Sí, ya me lo contaste. ¿Cómo fue que te dijo que no podía venir? ¿Qué excusa te dio?

- Ya te dije, la falta de guita, Miru. Ah, y tenía un proyecto grande en el laburo, creo.

- Bueno, me alegro por él.

- Dale, zonza, alegrate en serio. Seguro que te mandó mail. ¿Ya los chequeaste?


Al llegar a casa fue lo primero que hice. Abrí mi cuenta de Gmail y ahí estaba.


Para:mirandarey@gmail.com
De:octavio@gmail.com
asunto:¡Exitos!

Mir, no sé si alcanzo a saludarte y pegarte un abrazo virtual antes del estreno. De todas maneras sabés que voy a estar ahí presente en una butaca especial, al menos con mi imaginación.

Me hubiera gustado estar en este día y entregarte las flores en mano, pero...también me hubiera gustado que muchas cosas fueran distintas.
La idea que me persigue desde que leí tu nota y fantaseé con los tipos que puedan andar detrás tuyo, no me deja dormir. No sólo eso, ya se adueñó bastante de mis días. Ese pensamiento, que tal vez te parece ridículo, me asalta sin aviso mientras me lavo los dientes, cuando manejo y cada vez que quiero concentrarme en algo. Ahí está, jodiéndome sin tregua.

Tal vez sea una señal, un aviso de algo que no podés decirme, no sé. ¿Tendré que entender que la distancia te hará enamorarte de otro?

Por ahora, sólo se me ocurre pedirte un tiempo para ver como sobrevivo a esta pequeña tortura que me inventé para tener algún motivo nuevo para enojarme con vos.

Cuidá mis flores.

Y perdoname.

Yo





Cerré los puños al mismo tiempo que mis ojos, llena de desencanto y bronca.
Conté hasta doscientos, encendí un cigarrillo y puse las flores en agua.






lunes, 27 de julio de 2009

El estreno



Se levantó el telón ante una sala llena.

Los minutos previos habían estado plagados de nervios y flores. Seis ramos llegaron a mi camarín durante la tarde. Uno de Laurie, otro de Lucía y Gerardo, uno de Mamá y Papá, otro inmenso y blanco de Octavio, uno más pequeño de Clara y el último, de Rafael. Me emocionaba ser la receptora de tanto afecto, al menos por un rato.

Después, la concentración final mientras preparaba mi voz para salir al escenario.

Una magia particular se percibía entre las bambalinas.
Nunca me imaginé que decenas de luces y un aplauso cerrado me hicieran sentir tan diminuta. El peso de la alegría era tan grande que supuse que mis piernas no serían lo suficientemente fuertes para sostenerlo. Fue raro, y maravilloso a la vez, distinguir esa masa de espectadores anónimos a la que creía estar acostumbrada en Buenos Aires pero que a miles de kilómetros se sentía tan distinto.
Si uno llevara una lista de acontecimientos inolvidables de la vida sin duda ese día estaría entre los primeros cinco de la mía.


La función fue un éxito. Lo que sucedió después, aún más.

Lucía y Gerardo me esperaban en la puerta del teatro, pero no estaban solos. A sus espaldas, semi escondidos, distinguí los rostros de mi querida amiga Clara y de El Tano.
El abrazo que nos dimos nos dejó los huesos cansados y el corazón latiendo acelerado.

Sólo se quedaban tres días que los imaginé como una tregua en medio de todo lo que me había pasado y de esa soledad a la que no podía acostumbrarme.

Cuando la emoción dio paso a la razón hice la pregunta obligada:

Miranda
- Clar, ¿hablaste con Octavio?

Clara
- Mmm...sí. Me dijo que te mandara un par de flores en su nombre.

Miranda
- Ah...¿no las mandó él?

Clara
- No, no, sólo me dio la plata. Las mandé yo junto con las mías. Ojo, que me dijo que fueran blancas, eso sí.

Miranda
- ¿ Y no podía venir?

Clara
- No, dijo que se había quedado sin un peso después del viaje anterior pero que le hubiera encantado estar acá.

Miranda
- Bueno, mala suerte, ¿no?

Clara
- Dale, che, no pongas esa cara. Es el día del debut, estamos nosotros, ¿que más querés?

Miranda
- Nada, nada. Tenés razón, me sobran motivos para estar feliz hoy. Gracias por venir, amiga, fue una enorme sorpresa...


Pero en parte le mentía.
Me faltaba un motivo para coronar el día.
Me faltaba Octavio.




Nota extra: Gracias a todos los que me mandaron mails y mensajes por mi cumpleaños. Siempre es bienvenida una cuota adicional de afecto. ¡Gracias!

sábado, 18 de julio de 2009

Alegría por tres



Después de mi clase de canto, y llevándome a cuestas las felicitaciones de la profesora por mis grandes avances, decidí ir a caminar por el Soho.


Una vez ahí, la idea de pasear sola y poder disfrutar de la ausencia de Rafael, dejó de parecerme una buena alternativa cuando vi a Laurie tomando café en el mismo bar al que yo acababa de entrar.
Apenas me vio le hizo señas a su acompañante, un hombre unos diez años mayor que él, y se acercó a saludarme.

Hablamos sólo unos minutos, los suficientes como para pedirme disculpas por el episodio de la mañana y por haber sido descortés sobre el final.

Sin duda, lo que yo creía que podía llegar a jugarme en contra en mi carrera, sólo había sido un inoportuno traspié producto de mi personalidad impulsiva.

Todo está en orden - pensé mientras lo saludaba con la promesa de vernos en el ensayo.

Tomé un capuccino macchiato junto a la vidriera, mientras dejaba mi mente en blanco por una media hora.

Lentamente, volvía a ser la misma Miranda de antes de conocer a Rafael.




Cuando llegué a la casa de Lucía, lo primero que hice fue tomar el teléfono y marcar el número de Clara. Realmente extrañaba a mi amiga.


Clara
- Hola.

Miranda
- ¡Hola amiga!

Clara
- ¿Mir? No te puedo creer...¡justo estábamos hablando de vos!

Miranda
- ¿Hablando? ¿Quiénes?

Clara
- El Tano, Octavio y yo...

Miranda
- Escuchame atentamente, Clara. No se te ocurra decir nada que les permita darse cuenta que estamos hablando en clave. Vos sólo decime si o no a lo que yo te pregunto. ¿Dale? Bueno, tampoco seas muy obvia, no digas "si, no, si, no" como un ping pong, ¿okey?

Clara
(comprendiendo)
- Ah, dale, dale.

Miranda
- ¿Está solo o está con la chiruza?

Clara
- Sí, está bien.

Miranda
- ¡Genial! ¡Te preguntó por mí?

Clara
- Como siempre, Miru.

Miranda
- ¡Ay, qué lindo!¿Sigue saliendo con la enana pigmea?

Clara
- Me mataste...hace unos días te hubiera dicho que sí, hoy no sé. Está raro el clima.

Miranda
- ¿El clima? ¿Qué clima?

Clara
(riendo)
- Ay, nena. ¡Al final la lerda sos vos!

Miranda
- Ah...perdoname. ¿Te parece que están raras las cosas entre ellos, decís?

Clara
- Tal cual, tal cual. Uh, esperá, esperá, que alguien te quiere hablar. Besit...

Antes de que pudiera despedirse por completo, Octavio le robaba el tubo y me sorprendía del otro lado del teléfono.

Octavio
- Hola bombona.

Miranda
- Epa, como estamos de cariñosos. ¿Te suprimeron la dósis de mimos marca rubia desteñida?

Octavio
(divertido)
- No cambiás más, eh. Igual sabés que yo te quiero así, ¿no?

Miranda
- Bueh, quién sabe. Digamos que sí, pero no es un sí rotundo, que te quede claro.

Octavio
- ¿Y para que sea un sí rotundo que debería pasar?

Miranda
- Primero, enterarme que a la mongui esa no la ves más. Segundo, que me demuestres que me amás más allá de un par de mails. Tercero...

Octavio
- ¿Tercero?

Miranda
- No sé, a veces creo que te exijo demasiado.

Octavio
- Veo que soplan aires de cambio en Nueva York. Me alegra que seas capaz de reconocer algunas cosas.

Miranda
(cambiando el rumbo de la charla)
- ¿ Vos para que me querías hablar?

Octavio
- Para desearte suerte. Me dijo Clara que empezás los ensayos el lunes.

Miranda
- Ah, sí, sí, gracias. ¿Sólo eso te contó?

Octavio
- Sí. ¿Había más para contarme?

Miranda
(recordando el mail a Clara dónde le contaba la aparición de Rafael)
- Supongo. De todas maneras, lo que te comentó es lo más importante hoy por hoy. Bueno, tengo que ir cortando. Ya sabés que acá no pago nada, no me gusta abusar.

Octavio
- ¿Te puedo llamar yo en estos días?

Miranda
- Sí, dale, anotá mi celular y de paso dáselo a Clarita. Es xxxxxxxx. ¿Anotaste?

Octavio
- Sí, lo agendé en el mío. Te llamo. Cuidate mucho y no te olvides de mí. Te quiero.

Miranda
- Yo también. Besos.


Después de unos cuantos días de angustia, la recompensa había llegado por triplicado.
Mi apuesta a Broadway seguía intacta y con un plus de reconocimiento por parte de mi profesora.
Mi amiga Clara me demostraba, una vez más, lo enorme que era como amiga y, como frutilla del postre, un Octavio "disponible" al menos en apariencia, volvía a recordarme que mi paso por New York tenía un único objetivo: Volver a convertirme en la persona de la que él se había enamorado.

domingo, 14 de junio de 2009

Noticias importadas




Al día siguiente amanecí renovada y focalizada en mi meta.

Tenía mis horas programadas para dedicarme a comenzar mis clases de canto y para reunir los papeles del trámite de la green card. Sentía que hacer eso era dar un paso en mi carrera, como si concretara de a poco mi objetivo con sólo ponerme en movimiento en esa dirección.

Desayuné con Lucía, cuchicheando como buenas amigas. Rafael seguía siendo el eje de nuestra charla. Tejimos conjeturas sobre su pasado, le inventamos un pasado turbio del que quiso alejarse, y un presente engañoso que ocultaba detrás de su sonrisa.

Estábamos en pleno café cuando sonó el teléfono. Lucía corrió a atender, temiendo no llegar a alcanzarlo antes de que se cortara porque no recordaba dónde lo había dejado. Era Clara.
Ambas sonreímos. Terminé mi café mientras ellas hablaban de sus cosas, hasta que Lucía me pasó el teléfono.

- Hola amiga, qué sorpresa- dije

- Hola, Miru. Sorpresa no es que te llame, sino lo que tengo para contarte- dijo

- ¿ Te casás? - bromeé

- No, no. Tuve un cumpleaños anoche- dijo

- ¿Esa es la sorpresa, Clara, un cumpleaños?

- No, callate, nena, dejame hablar. En el cumple estaba Octavio.

- Ah.

Me quedé muda por unos instantes. De pronto el nombre de Octavio sonaba ajeno y distante, y a la vez removía en mi interior un montón de sensaciones pausadas.


- Miranda,¿me escuchaste?- me preguntó

-Sí, claro, es que no pensaba que fueras a contarme eso.

- Bueno, acá viene el problema, y es que tengo una buena noticia y una mala para darte. ¿Por cuál empiezo?

- Empezá por la mala, como siempre-dije

- Bueno, como decirte... Octavio no estaba solo - hizo una pausa y continuó- estaba con una chica.

- ¿Cómo una chica? ¿Qué clase de chica?¿Quién era?- pregunté notoriamente alterada.

- No sé, una rubia, medio bajita, que se yo, nadie importante me imagino.

- ¿Rubia y bajita? ¡Pero si a él no le gustan las rubias! Y además si no fuera importante no me lo estarías diciendo, Clara.

- Bueno, Mir, creí que tenía que contártelo, pero no porque ella fuera importante , sino porque me pareció que te interesaría saber que lo vi, y lo que vino después- dijo

- ¿Qué vino después? ¿Te la presentó y salieron juntos los cuatro?- la ironía brotó de mi boca.

- Tonta, no. Después vino la buena noticia que te decía al principio- agregó

- ¿Y cuál era?- pregunté

- Cuando me estaba yendo, se acercó a saludarme, y sin que nadie nos viera me preguntó por vos. Me dijo que si tenía oportunidad de hablarte te dijera que piensa en vos.



No supe qué hacer frente a la flamante noticia. Me sonaba familiar que alguien pensara en mí mientras se refugiaba en otros brazos y la imagen asociada al recuerdo de Manuel llegaba a provocarme nauseas.

Claro, Octavio no era Manuel, pero así y todo no me gustaba que en tan poco tiempo se pavoneara en público con un reemplazo.

¿Serían así todos los hombres? ¿ O cabía la posibilidad de que Octavio realmente me amara y que la rubia de turno sólo fuera una excusa para lograr que Clara me llamara para alertarme?

Había una sola forma de saberlo.

domingo, 24 de mayo de 2009

Cerca de la meta



- El casting es pasado mañana, así que te espero en el teatro a las 14 hs - dijo Laurie con una amplia sonrisa.

- Allí estaré - respondí - Muchas gracias.

- Nada que agradecer - agregó.

Era pasada la medianoche cuando comenzaron a despedirse, contentos por la agradable cena que habíamos disfrutado.

Apenas se cerró la puerta, todo fueron abrazos y risas entre Lucía y yo, mientras Gerardo sólo repetía que sería mi representante.

En ese hogar de Nueva York, de a poco encontraba la calma y me acercaba a mi nueva meta, casi sin proponérmelo.


A la mañana siguiente, un tironeo en mi brazo izquierdo me obligó a escaparme de esa ciudad imaginaria en la que me encontraba en el sueño.
Abrí los ojos y la vi a Lucía, de pie junto a mi cama, sosteniendo el teléfono.

- Es Clara. Dice que es urgente.


Me senté de un sólo movimiento y la atendí.

- Hola Clar, ¿estás bien?

- Hola Mir, sí, sí - hablaba rápido, acelerada, como si quisiera decirme todo al mismo tiempo - Yo estoy muy bien. Lo que pasa es que me llamó Manuel para preguntarme si sabía algo de vos, bueno, le dije que no sabía nada, imaginate, pero siguió hablando y hablando y me terminó pidiendo el teléfono de Lucía. En realidad me dijo "de tu prima la hippie", y yo en un primer momento le dije que no lo tenía, pero después me acordé que me habías contado que esa vez cuando te llamó y vos estabas con Octavio en Nueva York le habías dicho que estabas con mi prima, así que pensé que si le mentía iba a ser peor. ¡Ay, Miru! ¿Metí la pata, no?

- ¿ Se lo diste? - pregunté cuando hizo un breve espacio para poder respirar.

- Si.

- Bueno, ya está. Dejame que piense que voy a hacer ahora que ya sé que lo tiene. Tampoco es tan grave, al menos está en Buenos Aires - dije para tranquilizarla.

- Si, pero me siento culpable.

- No te preocupes, vos no tenés la culpa de nada. ¿Cuándo fue esto? - pregunté

- Recién. Acaba de cortar.

- Listo. Voy a hablar con Lucía. Beso enorme, amiga.

- Otro Miru - dijo antes de cortar



Me levanté dispuesta a buscar a Lucía y explicarle la situación para que mintiera en caso de que Manuel llamara.

Cuando estaba bajando el segundo peldaño de la escalera, el teléfono sonó en mi mano.

Supe que era él.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Una cárcel cinco estrellas- parte final




Salí del hotel,con algo de cambio y mis cigarrillos.

Una nueva idea rondaba mi mente.


Marqué el número de Clara.


- Hola amiga, no tengo mucho tiempo para hablarte, pero necesito que me hagas un favor.


- Si, Miru,decime.¿Estás bien?


-Complicada, Manuel me cortó los víveres.Necesito que me pases el teléfono de tu prima- dije


- Ok, esperá que ya te lo doy- dijo.


Escuché los pasos de Clara y la imaginé buscando su agenda en el interior de alguna cartera.

De pronto la extrañé tanto que hubiera sido capaz de llorar, de no ser porque justo su voz me interumpió nuevamente.


- Anotá.

Me dió su celular, el teléfono particular, y su mail, para que pudiera ubicarla.


- Gracias amiga. ¿Tu relación nueva bien?-pregunté


- Sí, viento en popa, no digamos nada- se rió, y por un momento su alegría llegó a contagiarme.


-Me pone feliz que me digas eso.Te extraño-dije


- Y yo a vos, Mir.


- Tengo que cortar, en cuanto pueda te llamo.Gracias, besos.


- Otro enorme. Cuidate y no hagas locuras- dijo antes de cortar.


Sin soltar el tubo, marqué el número de Lucía.Del otro lado, una voz en inglés me respondía.


- Hola


- Hola Lu, soy Miranda, la amiga de Clara.


- Hola, Miru.¡Qué sorpresa!-dijo


-Perdoname que te llame a esta hora, es que estoy en New York- agregué


-¡Cómo no avisaste qué venías!¿Estás de vacaciones con Manu?



- No, no, estoy sola, él ya se fue, y necesito verte- dije sin dar demasiado detalle.


- Uh, parece grave el asunto.¿Querés venir o que vaya a verte? - preguntó


- Estoy en el Millennium Broadway,te espero en la recepción, ¿dale?


- Dale, ya salgo-dijo


- Beso y gracias


- No es nada, un beso- dijo



Caminé media cuadra hasta el hotel.
Al llegar, le pedí a la recepcionista un papel y un lápiz y anoté:


Preguntarle a Lucía:


1. Si puedo quedarme unos días en su casa

2.Si conoce a alguien vinculado al teatro

3.Si me lleva al aeropuerto a cambiar el pasaje



Si lograba tachar estos items antes de que finalizara la noche, mi vida se encontraría nuevamente encaminada.

viernes, 15 de mayo de 2009

¿A dónde se va el amor?




Me quedé de golpe con las manos vacías, en medio de un hall que recibía turistas de reluciente sonrisa, en busca de emoción.

Yo había perdido todas las emociones en la kermesse de los afectos.Un solo disparo que había ido directo al corazón y me había dejado sin premio consuelo.

Estaba sola, con mis lágrimas y una sensación de derrota que se aferraba a mis tobillos y me obligaba a quedarme inerte, de pie donde estaba.

Quería un abrazo que nadie podía darme, una explicación que no podía encontrar y un bálsamo para mi pena que se agigantaba.

Como pude llegué a mi habitación, y sin encender la luz me recosté sobre la cama, inventando ese abrazo que pudiera contenerme.

No podía dejar de repasar las palabras de Octavio.

¿A dónde había ido a parar el amor?
¿En que curva del camino lo habíamos perdido?
¿Cómo no me había dado cuenta a tiempo que todo tiene un límite, hasta el mismo Octavio?

Tenía sus motivos y yo los conocía.Había tirado de la soga pensando que resistiría el peso de mi abandono esporádico, de mi indecisión, de mi inmadurez, pero la soga se había cortado en el preciso instante en que yo iba a soltarla.

De pronto todo perdía sentido.Mi apuesta a lo nuevo, mi certeza tardía de que a su lado estaba mi felicidad, mi estúpida convicción de que Octavio era el hombre para mi.

La soledad me invadía de una forma extraña,con un dolor novedoso que me cegaba y que me impedía decidir el próximo paso.
Ya no había tablero dónde moverme, ni fichas para jugar.Sólo estaba la necesidad de Octavio, su pedido, su adiós, que se convertía en un cruel verdugo ofreciéndome su castigo.

Nada. No había nada más allá de intentar un absurdo olvido...

Necesité el oído de una amiga, de esas que callan para que se oiga sólo nuestro llanto.La única era Clara.

Marqué el número de su celular, que sonaba en algún lugar de Buenos Aires.


- Hola

- Hola Clara, soy yo- dije apenas atendió.

- Hola Miru, que voz tenés.¿Pasó algo? - preguntó

- Necesito que vengas, te pago el pasaje con la tarjeta- respondí

- Miru, pará...¿qué pasó?Contame.

- Octavio me dejó, se cansó de mi, de Manuel, de esperarme....justo cuando pude ponerle fin a mi matrimonio.Estoy mal, te necesito- dije sin pausa.

-Pero volvé vos, acá estamos los que te queremos, dale- dijo con voz calma.

- No puedo...no sé adónde ir, ni con quien...está Manuel, no quiero verlo.No quiero nada.

-Mir, sabés que no puedo ir, están a punto de ascenderme en el laburo y además,bueno, es que tengo que contarte algo,pero no viene al caso- agregó.

- Contame. Me había olvidado lo de tu trabajo, perdoname-dije intentando sonar menos egoísta.

- Nada, es que empecé una relación con alguien- dijo feliz

- Ah, ¡me alegro tanto! Entiendo, entiendo, no te preocupes.Igual prefiero quedarme, lejos, para poder pensar. Pero decime quién es.¿Lo conozco?- pregunté

- Si, lo conocés. Estoy saliendo con El Tano- dijo

- ¿El Tano? ¿El amigo de Octavio?- pregunté sin querer escuchar la respuesta.

- Si, con él- dijo Clara.


Y ahí supe que estaría condenada a enterarme de la vida de Octavio, aunque pusiera toda mi voluntad para querer olvidarlo.

lunes, 16 de marzo de 2009

Mi única carta



Poco más de un mes estuve fuera de mi casa.
El tiempo necesario para organizar mi mente, diseñar mi plan y reconstruirme con la ayuda de Clara.

Tejí una trama que me garantizara el éxito a futuro sin importarme cuánto perdiera de mi misma en el camino.El precio de la recompensa justificaba que de ahora en adelante me viera sometida a una eterna actuación frente a los ojos de Manuel.

En esos días aproveché para retomar mis clases de teatro y distenderme con mi grupo en medio de largas sesiones en las que intentamos adaptar una obra.Los ensayos me alejaron bastante de la realidad que me esperaba cada tarde al salir del teatro...la inminente puesta en marcha de mi plan, donde aparentaría ser la mujer ideal, que perdona todo y que todo lo comprende, simplemente para cobrarme a mi manera y el día menos pensado la inmensa tristeza a la que me condenaron.


Laura había recibido parte de su merecido. Había seguido a su marido, Andrés, desde la salida de su casa hasta la oficina.Lo había interceptado en la entrada y lo había convencido de tomar un café. No escatimé ni un poco de la verdad y vomité frente a sus ojos toda la historia de Manuel y Laura, la pasada y la actual.
Me dio pena por él, que intentaba hacerse el desentendido con tal de no asumirse engañado.Al fin y al cabo, con las pruebas que puse sobre la mesa y que abarcaban pagos de la clínica hechos por Manuel, giros de dinero a la cuenta de Laura, compras de regalos para las hijas y hasta fechas en que viajaron juntos, no le quedó otra posibilidad que creerme.

Varias veces había sonado mi celular y me había sorprendido con la voz de Laura envuelta en un grito y modulando un insulto.Sin decir nada le cortaba, y ella volvía a insistir hasta cansarse.
Sabía que nada le molestaría más que mi silencio, que la dejaba sola en la pelea, luchando contra los molinos de viento.

Imaginé un poco de ese caos: Andrés reprochándole a Laura la infidelidad, Laura negándolo todo y llamándome a escondidas para desquitarse.Después, el llamado obligado a Manuel quien no sabría , ni podría justificar mi actitud. Sólo una porción de veneno para Laura comparada con la dosis interminable que me había hecho beber a mi.

Manuel llamó cientos de veces y nunca lo atendí. En ocasiones me esperó en la casa de Clara, o en la puerta del teatro o en la casa de mis padres. Yo me subía al primer taxi que pasaba sin siquiera mirarlo.

Cuando me sentí lo suficientemente fuerte y entera como para soportar lo que venía, me dispuse a volver a la casa de Manuel, que volvía a ser mi casa.

En mi mano un bolso y en mi bolsillo mi única carta dispuesta a ser jugada.

domingo, 15 de marzo de 2009

La hora de Miranda


- ¿Puedo instalarme unos días en tu casa, Clara? - le pregunté

- Claro.Todo el tiempo que quieras - me respondió sin dudar

- ¿Me acompañás a casa a armar el bolso? No tengo ganas de estar a solas con Manuel y tengo miedo que no quiera quedarse en la quinta y decida regresar - dije

- Dale, vamos.Yo te acompaño - dijo


Una hora de ruta nos separaba de mi casa. Sesenta minutos en los que fui compartiendo mi plan con Clara, sólo para contar con una aliada, con alguien que avalara mis ideas y no creyera que eran absurdas ni descabelladas.
Clara estuvo de acuerdo.Tal vez sólo porque era mi amiga y prefería verme en acción que adormecida por el dolor.


El auto de Manuel no estaba en la puerta, tampoco en el garage.Nos movimos tranquilas, sin la presencia de él en casa.

Clara preparó café mientras yo separaba la ropa para llevarme que alcanzaría para pasar un largo tiempo fuera de mi hogar.

Cuando el café estuvo listo, me senté con Clara en la cocina y encendí un cigarrillo. Por primera vez en mucho tiempo pude recordar preguntarle a Clara cómo estaba, y me sentí en la obligación de pedir disculpas por el egoísmo que me había atrapado en nuestros últimos encuentros.Clara sonrío, como si supiera que el poder pensar un segundo en ella era una buena señal de que mi mente todavía tenía lugar para alguien que no fuera Manuel, ni Laura, ni ese entorno.


Escuchamos la puerta de calle, y segundos después, los pasos de Manuel en la entrada. Antes de que pudiéramos reaccionar, él estaba delante nuestro, en la cocina.

- Miranda, viniste - dijo

En sus ojos se notaba el paso del llanto y de la angustia, de un regreso en auto que imaginaba demasiado lleno de culpa.

- Miranda, estás acá - volvió a decir

- Saludá a Clara, no seas maleducado - dije sin levantar la mirada de mi taza de café

Se saludaron.Clara ni siquiera sonreía.Manuel, mucho menos.

- Vine a llevarme mis cosas - agregué - en diez minutos nos vamos

- Amor, es una idiotez que te vayas, hablando vamos a poder solucionar todo - dijo Manuel

- No hay nada que yo quiera solucionar, y no tengo ganas de hablar con vos.

Clara se levantó a lavar las tazas recién usadas.El ruido del agua generaba una suave interferencia en las palabras de Manuel y me permitía escuchar mejor mis propios pensamientos.

- No te vayas.Irte no arregla las cosas ni borra el pasado.Ya te dije que te amo, que sos la mujer que elegí para toda mi vida,Miranda.Por favor pensá lo que estás haciendo - dijo

- Ya lo pensé. No tengo ninguna intención de seguir escuchando más mentiras, y la verdad que se me hace demasiado difícil creer que soy la mujer de tu vida.Salvo que tengas un concepto demasiado errado de lo que es el amor - respondí mientras caminaba hacia al lado de Clara - ¿Vamos Clara?


Clara me siguió hasta el dormitorio, dejando atrás a un Manuel pensativo y triste. Armamos el bolso y salimos de la habitación.
Junto a la puerta, Manuel, de pie, mirándonos.


- No voy a dejar que te vayas de esta casa - dijo

- Me voy a ir aunque tenga que escaparme por el techo - respondí

Hubo un silencio, y el posterior paso al costado de Manuel, dejando libre la salida.

- Perdón - dijo - Mil veces perdón.

- Tarde querido, tarde - dije - Eso hubiera sonado más apropiado mucho tiempo atrás.

- Te prometo que todo va a ser como antes - dijo

- ¿Como antes cuándo? Si siempre me mentiste... No quiero que nada sea como antes, pero tampoco sé cómo quiero que sea, así que te pido que me dejes en paz hasta que yo lo necesite.

- Está bien - respondió


Salimos de casa y al cerrar la puerta sentí que era libre, que me desprendía de una telaraña de mentiras que me había apresado durante el último tiempo.

Si bien en mi memoria continuaban presentes y no iba a poder alejarlas aunque recorriera cientos de kilómetros, había llegado el momento de ocuparme de mí, de algo que me hiciera recuperar el protagonismo. Mi hora había llegado.

viernes, 13 de marzo de 2009

Tiempo de pensar


Clara había interrumpido mi caminata llamándome varias veces para que le indique el camino.
Aún estaba a unos minutos de llegar, así que una vez que encontré la estación de servicio, decidí esperarla sentada, tomando un café.

A medida que pasaba el tiempo, las ideas se acomodaban y yo me convertía en una mujer segura, que podía transformar el dolor en ingenio.

Vi detenerse el auto de Clara junto a la vidriera, y me sentí mejor.


- Miru, ¿qué pasó? - preguntó apenas se sentó en mi mesa

- Hablé con Manuel - respondí

- ¿Estaba escondido en la quinta ese hijo de puta?

- Sí, escondido, a oscuras, como un prófugo - dije

- ¡No te lo puedo creer! ¿Le preguntaste todo? - quiso saber

- Casi. Su historia es insustentable por donde la mires. Quiere venderme la idea de que Laura es la gran culpable, que lo volvía loco con tal de estar con él y que para preservarme me ocultó la verdad - dije

- Ah, bueno... un idiota.¿Le creíste? - preguntó

- No. Sólo en un momento, con la historia de la adopción.

- ¿Adopción? - dijo Clara mostrando signo de desconcierto


Le conté toda mi charla con Manuel, sin omitir un sólo detalle.Le hablé de Laura y su enfermedad, de las hijas, de su nuevo marido y de la infidelidad asumida de Manuel. Cuando terminé el relato le dije:


- No puedo quedarme de brazos cruzados y tampoco puedo perdonarlo. Sé que necesito ser más astuta que él y hacerle pagar el dolor que me causó con tanta mentira.


- ¿Pero vos lo amás todavía? - preguntó Clara

- Hoy no siento nada más que odio. Me pregunto en qué lugar se habrá escondido el amor que sentía hasta ayer.Sólo quiero que se de cuenta que al casarse conmigo sin decirme la verdad me estafó, vendiéndome la imagen de tipo bueno que nunca fue - dije

- Entiendo - dijo Clara - ¿Y qué pensás hacer?

- Hacerme pasar por la idiota que él cree que soy. Actuar mi mejor papel mientras disfruto de pequeñas jugadas que le van a hacer vivir un infierno.

- No entiendo, sé más específica - dijo

- Por empezar, voy a tomar un café con el marido de Laura.Me parece que ese tipo no sabe con quién se casó y yo se lo voy a contar.

- Estás loca.Laura se va a poner fatal - dijo

- ¿Y qué puede hacerme, si yo ya sé la verdad? - agregué

- ¿Y qué más? - preguntó

- Tomarme unos días y después volver y decirle a Manuel que lo perdoné, para que no sospeche nada. Después, empezaré a hacer mi vida sin que me importe nada de él.

- ¿Con qué fin?¿Sólo vengarte? - preguntó Clara

- Vengarme y ganar tiempo - dije

- ¿Para qué?

- Para juntar la mayor cantidad de pruebas posibles para iniciarle una demanda de divorcio controvertido.Con pruebas de la infidelidad y del engaño desde el día que nos casamos, Manuel no va a tener más ganas de sonreír, y mucho menos de seguir viendo a Laura.Quiero que se quede solo, que se ahogue en un mar de ausencias, que quiera volver el tiempo atrás sin poder lograrlo.Que sienta lo mismo que siento yo hoy.

miércoles, 11 de marzo de 2009

El camino de la duda



Marqué el número de Clara.

- Hola

- Hola, Clar, soy yo - dije

- Hola, nena, ¿dónde estás? - preguntó

- Saliendo de la quinta. Necesito pedirte que me vengas a buscar - dije

- Más vale, decime por dónde

- Kilómetro 49 y medio, dónde esta la estación de servicio.Yo te espero ahí - contesté

- Dale, ya salgo. Si me pierdo te llamo al celu , besos - dijo y cortó


Desde la entrada de la quinta hasta la estación de servicio tenía un kilómetro, que me dispuse a recorrer sin miedo, como si supiera que nada peor podría pasarme.

Era de noche, y las pocas casas de la zona parecían sometidas al más solitario de los silencios. De vez en cuando, un perro que cruzaba me recordaba la existencia de vida en medio de la oscuridad.

En el tiempo que tardé en llegar, mis pensamientos y yo nos abrazamos a la duda.Las palabras de Manuel que habían sonado apenas convincentes, perdían convicción a cada uno de mis pasos.
La endeble historia de un hombre obligado a acceder a los deseos de una loca enamorada me parecía extraída de un manual barato del marido infiel, y me llenaba de impotencia y de rabia.

Tenía a Laura, el cerebro corroído por el amor que justificaba sus actos escudada en la depresión post aborto de un hijo que ella había deseado tener.
Por otro lado, una adopción en la que mi marido había participado como mero voluntario pero con serias consecuencias: que una niña lo llame papá.
Por último, un tonto que accede a casarse con ella y que enterado o no de la existencia de Manuel, acepta el pasado de ambos sin chistar, como un buen samaritano.

Y yo. El eslabón perdido de la cadena. La pieza suelta que no encaja en ninguna figura.
La ciega, sorda y muda a la que es preferible mentirle con tal de conservarla.
El hazmereír de varios protagonistas de la historia.
La tonta, la silenciosa, la que no molesta.

Miranda.
La Miranda que en medio de ese camino de árboles y dudas, decidió que Manuel era el más culpable de los culpables, y que con tal de que pague su culpa iba a hacer todo lo que estuviera a su alcance.