domingo, 31 de mayo de 2009

Reflexiones


Le dije a Lucía que no quería ni comer, ni hablar.

Entendió, y fue tan comprensiva que no me preguntó nada más.



Me encerré en el cuarto.

Me necesitaba sólo a mi.



Después de la ira había llegado la calma

Una calma rara, como atravesada por un dejo de inconsciencia, como si no tuviera noción concreta de lo sucedido.


Había una sola cosa que para mí estaba clara: Manuel era un hijo de puta, y Laura, lo más parecido que él había podido encontrar en este mundo.


Yo no quería tener ningún vínculo más con ellos. No quería enterarme de sus vidas, ni que supieran de la mía. Al final de cuentas, cada vez que yo había sacado apenas la cabeza fuera del agua, ellos se habían ocupado de devolverme al mar.


No era justo.


El tiempo invertido en descubrir sus mentiras, las de ambos, tenían que servirme para algo. Tenía que anotármelo en la frente, tatuármelo en el cuerpo…no podía volver a caer en ningún manejo de la mente retorcida de Manuel, y mucho menos de alguien mentalmente insano como Laura.


Necesitaba descansar. Dormir sin despertarme hasta el día siguiente.

Tenía que recuperar la cordura y la calma porque ese no sería un día más.

Era el día de la audición que tanto había esperado, y no podía permitir que el recuerdo de lo que había pasado con Manuel y Laura me arruinaran mi momento.


Bastante había tolerado hasta el momento.


Era tiempo de decir basta, con convicción, y focalizarme en lo que realmente quería:


. Cambiar de vida

. Volverme autosuficiente

. Recuperar a Octavio

viernes, 29 de mayo de 2009

Ira



- ¿Quién habla? – pregunté, aunque ya había reconocido su voz.

- Laura. Lamento que pensaras que era alguna amiga – rió

- No entiendo ni tu llamado ni tu risita- dije

- Sencillo, mi querida, tomé tu número del identificador de llamadas del celular de Manuel y decidí decirte unas palabritas, por si acaso te hubieras olvidado de mi existencia- me aclaró en todo irónico

- No creo que me interese escuchar nada que venga de tu persona.

- Yo creo que si. Una advertencia nunca viene mal a gente como vos que parece que no termina de entender las cosas –agregó, con ánimo de irritarme

- Decime de una vez, se me hace insoportable tener que escucharte- dije elevando apenas el tono de voz.

- Que no jodas más. Que te dejes de buscar a mi Manuel – hizo hincapié al pronunciar la palabra “mi”- Sobre todo, que entiendas de una vez que ya perdiste la batalla, y que tu figura sólo nos inspira pena, y mucha risa, a carcajadas, cuando estamos juntos.

Nada me había alterado realmente hasta el momento, hasta que imaginé la escena de ellos burlándose de mi llamada. Manuel cortando el teléfono, abrazando a Laura, y ella pidiendo que le relate mis palabras. Después las risas, la burla, la hipocresía de Manuel, el regodeo de Laura, victoriosa, mala.


- Morite – dije – por mi, morite. Quedate con la lacra de Manuel, si son tal para cual. Lamento haberme casado él, ojalá me hubieras evitado semejante chasco –dije, con toda la ira que venía acumulando durante meses.

- No quieras engañarme, que sé muy bien lo que te duele que él ya se haya olvidado de vos. Jamás vas a perdonarle que te haya hecho cornuda, sobre todo porque seguís enamorada de él. Pero asumilo, que así es más fácil…

- Mirá – la interrumpí- podés pensar lo que quieras. Yo estoy empezando una vida nueva, con alguien mejor que Manuel. Y acordate vos, que así como me engañó a mí te puede engañar a vos.Así que lo más probable es que seas la próxima cornuda de esta historia. Y eso, morite, me da lo mismo, todo lo de ustedes me da igual. Se acabó, se terminó, ¿me escuchás? Se a-ca-bó. ¡Matate infeliz!


Corté, abruptamente, sin darle tiempo a que respire, ni a que agregue ni un punto ni una coma.

La ira me había impulsado a ponerme a su altura.
Había gritado como una loca, resentida, furiosa, pero había dicho la verdad y me sentía increíblemente aliviada.

Otra vez su sombra


Quedé convertida en una estatua de piedra, sosteniendo el teléfono, sin emitir un sonido o expresar un gesto.

Muy dentro mío, como la lava de un volcán, sentía acumularse la ira en un rincón.

De pronto exploté.

Lloré y grité al mismo tiempo.
Grité y lloré.
Maldije en voz alta y otro tanto en silencio, con los puños apretados y el ceño fruncido.

Me sentía una completa idiota, cubierta por la burla de aquél a quien le estaba dando la posibilidad de enmendar su imagen.


Lucía subió corriendo para saber qué me pasaba, imaginando algo de lo acontecido.
Se limitó a abrazarme, las dos sentadas en el borde de la cama, y a repetirme que yo no era tonta, sino simplemente una mujer que no estaba acostumbrada a lidiar con gente hipócrita.

Tal vez era eso, mi necesidad de creer que detrás de un gran humo negro podía aparecer otra vez la nitidez de un horizonte.

Me había equivocado. Manuel no había cambiado. Su naturaleza permanecía inalterable, y sólo se había visto debilitada bajo los efectos del whisky, impulsándolo a un acto irracional, similar al mío, a mi llamada.

Nada más había, y ya no podía seguir escarbando en esa relación, ni en su persona.

Ahora me culpaba por haber corrido a llamarlo, sin determe a pensar un segundo en qué hubiera pasado si su perdón era cierto.¿Cuánto le habría durado? ¿Qué hubiera hecho con mi amor por Octavio? ¿Iba a dejarlo en el camino por darle una oportunidad a aquél que había traicionado mi absoluta confianza? ¿Tan débil era en el fondo?

Necesita pensar, buscar la punta del hilo y acomodarlo lentamente en la madeja otra vez.

Todo era cuestión de apretar el freno, desmenuzar lo sucedido y repartir la baraja una vez más.

Lucía me dejó sola, para que intentara descansar.




No sé cuánto tiempo había pasado cuando volvió a ingresar por la puerta del dormitorio y encendió la luz con el teléfono en la mano.

- Es una amiga tuya – me dijo


Medio dormida, pensé que si no era Clara nadie que dijera ser mi amiga podía llamarme a Estados Unidos, pero un impulso me obligó a atender.


- Hola – dije, mientras Lucía se alejaba

- Hola, Miranda. Tanto tiempo sin hablarnos.


Era la voz de Laura.

jueves, 28 de mayo de 2009

Un triste personaje


Mientras meditaba, regresó Lucía cargando bolsas del supermercado.

- Pensé que te habías vuelto a dormir - dijo - ¿qué quería Clara?

- Avisarme que la había llamado Manuel pidiendo el teléfono de acá - contesté

Le conté todo lo que había pasado, y se sintió culpable por haber salido de compras sin avisarme.

- Te compenso el mal momento invitándote con un paseo y un cafecito rico por ahí - me dijo.

- Dale, vamos.

Subí a cambiarme la remera y a ponerme un par de zapatillas. Mientras me ataba los cordones volvió la imagen de Manuel a mi mente. Se me aparecía ahora como una tarea pendiente, como cuando uno sabe que ese día no puede pasar sin pagar la luz o sin comprar café para el desayuno.
Lo sentía más como un compromiso moral que otra cosa, pero así y todo me molestaba.
Bajé las escaleras, y salimos, de paseo por New York.


Regresamos casi a las seis de la tarde, cansadas de tanto caminar y apenas mojadas por la reciente lluvia que nos había sorprendido a pocos metros de llegar.
Subí a darme una ducha, mientras Lucía acomodaba las compras del supermercado que habían quedado sobre la mesada desde el mediodía.

Envuelta en el vapor del agua caliente, lo que antes era un compromiso, ahora se convertía en una deuda. Sentía que le debía a Manuel ese llamado. Que su disculpa había sido un cheque en blanco que yo tenía que reintegrar de alguna forma. Al menos, pensaba, debía decir si lo aceptaba o no, pero no podía dejar que un silencio y kilómetros de distancia hablaran por mí.

Me anudé una toalla al pecho, y crucé a la habitación de Lucía, dejando una pequeña estela de mínimas gotas en el pasillo. Tomé el teléfono de al lado de su cama y me encerré en mi dormitorio.
Marqué el número de su celular.

- Hola.

- Manuel, soy yo.

- ¿Miranda? - preguntó sorprendido

- Sí, soy yo. Te llamo porque me quedé pensando en lo que hablamos hoy. Creo que no estuve bien en hablarte así, y te pido disculpas.

- Comprendo - dijo

- Me preocupa, y por eso te llamo. Quería saber si era cierto que habías cambiado, o que por lo menos había una voluntad de cambio concreta de tu parte. Tal vez yo soy injusta si no te doy una oportunidad de demostrármelo, no sé... me es difícil decirte esto, después de haber dicho que quería terminar con lo nuestro, pero a su vez, siento que tengo que hacerlo, que necesito decirte algunas cosas, o al menos escucharte a vos, que me repitas lo de hoy a la mañana y confirmar que esás volviendo a ser el que yo conocí. ¿Entendés?

- Entiendo, ajá - se limitó a decir.

- Manuel, ¿podrías decirme algo un poco menos escueto? - pregunté - Te estoy llamando para ver si vale la pena salvar nuestro matrimonio y vos me decís "comprendo, entiendo", como si fueras policía del destacamento.Te pido que me digas otra cosa, algo que me aclare el panorama, que me confirme si hubo una reflexión de tu parte, una autocrítica, no sé, algo.

- No puedo hablar ahora.Tengo que cortar - dijo

- ¡Esperá! - grité - Decime solamente si tengo que creerte lo que me dijiste hoy a la mañana totalmente borracho como estabas.

- No, mejor olvidate de ese llamado.


Antes de que cortara, en esos segundos antes del silencio que indican el final de la llamada, pude escuchar con claridad, la voz de una mujer.

Grandes dudas y pequeñas supersticiones



Junto al capuchino, decidí hacerme unas tostadas.

Tomé dos rodajas de pan integral y los coloqué en la tostadora eléctrica. Abrí la heladera para sacar la manteca, y ésta se me deslizó hasta golpear contra la cerámica reluciente del piso.

Pensé que la torpeza era producto de los nervios tras el llamado matutino de Manuel, y busqué un trapo para poder limpiar.
Abrí nuevamente la heladera, y tomé otro pan de manteca sin abrir. Unté las tostadas que estaban recién hechas.
Pensé que un toque de miel no le vendría nada mal a mi desayuno, y abrí la alacena en busca del envase, dejándolo caer segundos más tarde.

Al ver estrellarse el frasco contra el piso, recordé las palabras de mi abuela: “Cuando algo se te cae, Miranda, tenés que pensar el nombre de una persona que comience con la inicial del objeto que acaba de caerse. Significa que esa persona está pensando en vos.” Era una tradición hacer este juego en la familia, al igual que aquél que evoca rumores sobre uno, cuando nos zumba un oído.

-Manteca. Miel – pensé en voz alta – ¡Manuel!

De pronto, mi capuchino y mis tostadas hechas en una cocina en Nueva York, no eran suficientes para sentirme una mujer nueva, segura e independiente.

Me sentí débil, apenada, dubitativa.

¿Y si acaso Manuel realmente estaba arrepentido?

¿Y si yo estaba dejando escapar la posibilidad de reconstruir un matrimonio, con todo lo que había hecho para lograrlo, simplemente por ser incapaz de ver un real cambio en Manuel?

Me senté. Bebí varios sorbos de café, y sólo probé un bocado de una tostada, ante la miel pegajosa esparcida junto a los trozos de vidrio.
Así de roto estaba lo nuestro. Pequeños pedazos de aquello que había sido un entero y que hoy ya no sabían como darle forma al envase original de la relación.

Manuel se había desarmado en disculpas y promesas, ante una tibia Miranda en la que me había convertido. Por un momento sentí pena, y hasta un dejo de vergüenza.
De un amor pleno y un matrimonio para toda la vida, habíamos pasado a un juego patético, a una cacería absurda, a un remate de compromisos y afectos duraderos.
Perdíamos el tiempo buscando la forma de dañar al otro, detectando su talón de Aquiles para volverlo débil y vulnerable, pendiente de algo que le quitara el sueño.

El que había llamado seguía siendo mi marido y no podía fingir que no me importaba en absoluto.
Algo, en el fondo de mí, aún se veía afectada por esa súplica y ese pedido de perdón.
Algo, en el fondo de mí, sentía una pequeña duda.

Si mi abuela tenía razón, Manuel también estaría pensando en mí, justo en ese momento.

Con esa imagen me quedé, ahí sentada.
Y con una decisión.

La de llamarlo.

lunes, 25 de mayo de 2009

Excesos y súplicas


Bajé corriendo los escalones que me quedaban y busqué a Lucía por la planta principal de la casa.

No había rastro de ella.

- Lucía - grité, mientras el teléfono continuaba sonando.

Nada. Sólo silencio. Pensé un segundo, y atendí.

- Hola - dije.

Del otro lado, como era de esperarse, la voz de Manuel,casi irreconocible.

- Te extraño Miranda - balbuceó -Soy un idiota, un perfecto idiota. ¿Te perdí? Decime que no te perdí, por favor decímelo.

- ¿Qué es esta escenita Manuel? ¿Qué hacés tomando a esta hora de la mañana? - pregunté

- Es que ya no sé qué hacer - hizo una pausa en la que lo imaginé tratando de sostenerse e hilvanando alguna frase medianamente lógica para decirme
- Pensé que si te cortaba el crédito vendrías a casa otra vez conmigo, pero no.... Yo te perdono lo del flacucho ese, ¿sabés? Te perdono, te perdono, Mirandita.

- ¿De qué flacucho me hablás? ¿De Octavio? Mirá Manuel, no es momento para hablar, y me parece patético de tu parte que te aferres a una botella de whisky para pedirme disculpas y decirme que me perdonás. Ya hablamos todo, ya no hay más.No insistas por favor y dejame hacer mi vida - dije, demasiado seria para el estado en que él se encontraba.

- No, no quiero.No puedo estar sin vos. ¡Soy un idiota! - gritó

- Sí, lo sos - lo interrumpí- pero eso ahora no importa. Dejá de comportarte como un adolescente y asumí las cosas como son. En algún momento te vas a sentir mejor.

- Si querés las tarjetas de crédito te las habilito de nuevo, eh. Te lo juro. ¿Qué más querés? Decime, amor, decime.

- Quiero que no me digas más amor, por empezar. Y después, quiero que no me llames más.

- Miranda.... - hizo otro breve silencio.De fondo sólo se escuchaba la radio - no me voy a dar por vencido. Sos lo que más amo en este mundo. Voy a luchar por nuestro amor, lo prometo. Voy a cambiar, voy a cambiar.

- Manuel ....

El "tu, tu" de la línea ahogó las palabras que iba a decirle.

Manuel había cortado, después de un ataque de sinceridad que sólo se lograba con una alta dosis de whisky.

Yo sólo podía preguntarme si en algún momento Manuel sería capaz de entender que lo nuestro había llegado a su fin.

Apoyé el teléfono y fui a la cocina a prepararme una enorme taza de capuchino.

domingo, 24 de mayo de 2009

Cerca de la meta



- El casting es pasado mañana, así que te espero en el teatro a las 14 hs - dijo Laurie con una amplia sonrisa.

- Allí estaré - respondí - Muchas gracias.

- Nada que agradecer - agregó.

Era pasada la medianoche cuando comenzaron a despedirse, contentos por la agradable cena que habíamos disfrutado.

Apenas se cerró la puerta, todo fueron abrazos y risas entre Lucía y yo, mientras Gerardo sólo repetía que sería mi representante.

En ese hogar de Nueva York, de a poco encontraba la calma y me acercaba a mi nueva meta, casi sin proponérmelo.


A la mañana siguiente, un tironeo en mi brazo izquierdo me obligó a escaparme de esa ciudad imaginaria en la que me encontraba en el sueño.
Abrí los ojos y la vi a Lucía, de pie junto a mi cama, sosteniendo el teléfono.

- Es Clara. Dice que es urgente.


Me senté de un sólo movimiento y la atendí.

- Hola Clar, ¿estás bien?

- Hola Mir, sí, sí - hablaba rápido, acelerada, como si quisiera decirme todo al mismo tiempo - Yo estoy muy bien. Lo que pasa es que me llamó Manuel para preguntarme si sabía algo de vos, bueno, le dije que no sabía nada, imaginate, pero siguió hablando y hablando y me terminó pidiendo el teléfono de Lucía. En realidad me dijo "de tu prima la hippie", y yo en un primer momento le dije que no lo tenía, pero después me acordé que me habías contado que esa vez cuando te llamó y vos estabas con Octavio en Nueva York le habías dicho que estabas con mi prima, así que pensé que si le mentía iba a ser peor. ¡Ay, Miru! ¿Metí la pata, no?

- ¿ Se lo diste? - pregunté cuando hizo un breve espacio para poder respirar.

- Si.

- Bueno, ya está. Dejame que piense que voy a hacer ahora que ya sé que lo tiene. Tampoco es tan grave, al menos está en Buenos Aires - dije para tranquilizarla.

- Si, pero me siento culpable.

- No te preocupes, vos no tenés la culpa de nada. ¿Cuándo fue esto? - pregunté

- Recién. Acaba de cortar.

- Listo. Voy a hablar con Lucía. Beso enorme, amiga.

- Otro Miru - dijo antes de cortar



Me levanté dispuesta a buscar a Lucía y explicarle la situación para que mintiera en caso de que Manuel llamara.

Cuando estaba bajando el segundo peldaño de la escalera, el teléfono sonó en mi mano.

Supe que era él.