
La primera vez que pude contarle lo que había sucedido en el encuentro con Manuel fue mientras terminábamos de armar el equipaje.
Le hice señas a Javier para que dejara lo que estaba haciendo y se sentara a mi lado en el sillón.
Encendí un cigarrillo y, entre pitada y pitada, fui relatando la noche pasada con la intención de desecharla de mi mente una vez que Javier estuviera al tanto de todo. Quería ubicarla en el casillero del olvido, en un lugar apartado de lo cotidiano, desde el que no me pudiera dañar.
Escuchó con atención evitando interrumpirme.
Sólo habló para llenar el silencio que dejaba mi punto final.
- ¡Pero este tipo está loco! Hay que denunciarlo, es un hijo de puta - dijo mientras la rabia desfiguraba el contorno de sus labios.
- Lo sé, pero no es lo indicado. Manuel es un gran abogado, tiene demasiados contactos, mucha influencia en su ambiente y siempre, pero siempre, saldríamos perdiendo.
- No, Miranda, esto no puede quedar así. O voy y lo mato o hacemos la denuncia como corresponde. Yo no puedo permitir que te haga esto...o que haya querido hacerte algo peor, o que piense hacerte daño más adelante. ¡Si está enfermo que lo internen, carajo! - comenzó a caminar en círculos mientras hablaba - Algo tenemos que hacer. Algo tengo que hacer.
- Amor, ya está. Tenemos que aprender a convivir con esto. Tomemos ese avión y volvamos a pensar en nuestra vida juntos, lejos de él.
- Pero algún día vamos a querer volver, Miranda, ¿no te das cuenta? ¿Y si esto sigue?
- Javi, vení, sentate. Yo sólo necesito que vos me entiendas y me apoyes. No quiero vivir más atada al fantasma de Manuel. Hace tiempo que convivo con ese temor y no lo quiero más. Necesito empezar a pensar en mí, más allá de que él quiera impedírmelo. Esa es la única forma en que yo siento que gano la batalla: si puedo ser feliz.
Esas cuatro palabras quedaron dando vueltas en la habitación provocando un cambio de reacción en Javier.
Me abrazó y me pidió disculpas.
- Perdoname, fui egoísta. Sólo estaba pensando en sacarme a ese tipo de encima para no tener que convivir en un futuro con su presencia. Tenés razón, sólo tengo que pensar en lo que a vos te haga bien porque eso es lo que me importa.
- Gracias - fue todo lo que pude decirle.
- Terminemos de armar las valijas, no quiero que perdamos ese avión que es el pasaje a nuestra vida normal.
- Eso quiero, una vida normal.
Pura ilusión.
En mi interior sabía que Manuel jamás me dejaría tener lo que cualquiera consideraría una vida normal.
Por más que por un tiempo me rodeara una aparente calma.





